Выбрать главу

Cuando había algún asunto que llevar a cabo, Cuckoo olía el dinero que hubiese en él como una rata huele el sebo, y limpiándose las manos en el delantal dijo rápidamente:

– Estoy pronta a servir al señor.

Wang Lung dudaba, y dudando fijó la mirada en el rostro astuto de la mujer, pero Loto exclamó alegremente:

– ¡Es verdad! Cuckoo irá a ver al comerciante Liu, que la conoce bien, y la cosa se hará porque Cuckoo es muy lista, y, si se hace, los honorarios del casamiento serán para ella.

– ¡Pues eso haré! -exclamó con vehemencia.

Rióse pensando en la buena plata que iba a ganar, se quitó el delantal apresuradamente y añadió con solicitud:

– Voy a ir ahora mismo, pues la carne está preparada y a punto de guisar, y los vegetales, lavados.

Pero Wang Lung no había meditado suficientemente sobre el asunto ni quería decidirlo con tanta rapidez.

– No -exclamó-; todavía no he decidido nada. Tengo que reflexionar durante unos días y ya os diré lo que determine.

Las mujeres estaban impacientes, Cuckoo por la plata y Loto porque esto era algo nuevo, que la divertía; pero Wang Lung se fue diciendo:

– No; se trata de mi hijo y quiero esperar.

Y hubiera podido esperar durante muchos días, pensando en unas cosas y en otras, si el muchacho, su primogénito, no hubiera un día llegado a casa al amanecer, con la cara ardiente y roja de beber vino, el aliento fétido y los pies vacilantes. Wang Lung le oyó tropezar en el patio, salió corriendo para ver quién era y el muchacho se puso malo y vomitó ante él, pues no tenía costumbre de beber otra cosa que el flojo vino de arroz fermentado que hacían de su propia cosecha. Luego se desplomó al suelo y allí quedó, yaciendo sobre lo vomitado, como un perro.

Wang Lung, asustado, llamó a O-lan, y entre los dos levantaron al muchacho y O-lan le lavó y le tendió en la cama de su propio cuarto, y al cabo de un rato el mozo se durmió como un muerto y no pudo contestar nada a las preguntas de su padre. Entonces Wang Lung fue a la habitación donde dormían los dos muchachos y encontró allí al segundo bostezando, desperezándose y envolviendo sus libros en un paño cuadrado, para llevárselos a la escuela, y le preguntó:

– ¿Se acostó tu hermano mayor contigo anoche?

Y el muchacho contestó de mala gana:

– No.

Había en su rostro una expresión de miedo, y, viéndola, Wang Lung le gritó ásperamente:

– ¿Adónde fue?

Y como él no quisiera contestar, su padre le cogió por el cuello y le sacudió con fuerza, gritándole:

– ¡Ahora dímelo todo, perro!

Esto asustó al chico, que empezó a llorar y a sollozar, y entre sollozos confesó:

– ¡Mi hermano mayor dijo que no tenía que contároslo y que si os lo contaba me pincharía y me quemaría con una aguja ardiente, y que si no os lo contaba me daría peniques!

Y Wang Lung, fuera de sí al oír esto, rugió:

– ¿Contarme qué, tú que debías morir?

El muchacho miró en torno a sí y dijo desesperadamente, viendo que su padre le ahogaría si no contestaba:

– Ha pasado fuera tres noches, pero adónde va no lo sé, excepto que va con el hijo de vuestro tío, nuestro primo.

Wang Lung soltó la mano del cuello de su hijo, le apartó de un empujón y entró en las habitaciones de su tío. Allí encontró al hijo de éste rojo y ardiente por el vino, como su propio hijo, pero con los pies firmes porque era mayor y estaba habituado a las costumbres de los hombres.

– ¿Adónde has llevado a mi hijo? -le gritó Wang Lung.

Más el joven le miró con mofa y repuso:

– ¡Ah, el hijo de mi primo no necesita que le lleven! Sabe ir solo.

Pero Wang Lung repitió su pregunta, y esta vez pensó para sus adentros que ahora iba a matar a este hijo de su tío, a deshacer esta cara dura y desvergonzada, y gritó con voz terrible:

– ¿Dónde ha estado mi hijo esta noche?

Al oír esta voz, el joven se asustó y repuso bruscamente y de mala gana:

– Estuvo en casa de la ramera que vive en un cuarto de los que pertenecieron a la casa grande.

Wang Lung, entonces, dejó escapar un gemido, porque esta ramera era bien conocida de muchos hombres y sólo los más pobres y vulgares iban a ella, pues ya no era joven y estaba dispuesta a dar mucho por poco.

Sin detenerse a tomar alimento, Wang Lung salió de su casa y atravesó sus campos. Por primera vez no se fijó en nada de lo que crecía de su tierra, ni notó lo que la cosecha prometía, debido a esta perturbación que su hijo le había traído. Marchaba con los ojos fijos, atravesó la puerta de la muralla que rodeaba la ciudad y fue a la casa que había sido grande.

Las pesadas puertas estaban ahora abiertas de par en par, pues nadie se tomaba la molestia de hacerlas girar sobre sus gruesos goznes de hierro. Wang Lung entró y halló las habitaciones y los patios llenos de gente baja que alquilaba los cuartos, uno por familia, y vivía hacinada en ellos. La suciedad reinaba en aquel lugar; los viejos pinos habían sido abatidos, los que quedaban en pie estaban muriéndose y los estanques se hallaban cegados con basura.

Pero Wang Lung no vio nada de esto. Entró en el patio del primer edificio y preguntó:

¿Dónde está la mujer llamada Yang, que es una ramera?

Sentada en un taburete de tres patas, remendando una suela de zapato, se hallaba una mujer que levantó la cabeza, señaló una puerta que se abría al patio y continuó con su costura, como si hubiera contestado muchas veces a esta pregunta hecha por hombres.

Wang Lung fue hasta esa puerta y llamó a ella. Una voz irritada contestó:

– ¡Marchaos! He terminado mi trabajo por esta noche y ahora tengo que dormir.

Pero él volvió a llamar y la voz preguntó:

– ¿Quien es?

Wang Lung no contestó, pero repitió la llamada porque estaba decidido a entrar.

Al fin oyó ruido y una mujer abrió la puerta, una mujer que ya no era joven, que tenía un rostro cansado, labios gruesos y caídos, y que llevaba una espesa capa de pintura blanca en la frente y otra de pintura roja en los labios y en la cara, que aun no se había lavado. La mujer le miró y dijo vivamente:

– No, no puedo antes de esta noche, por la noche puedes venir tan pronto como quieras, pero ahora es preciso que duerma.

Pero Wang Lung la interrumpió bruscamente, porque la vista de esta mujer le daba náuseas y la idea de su hijo en este lugar se le hacía insoportable, y le dijo:

– No vengo por mí… Yo no necesito una como tú. Es por mi hijo.

Y sintió de pronto que la garganta se le hinchaba de sollozos por su hijo.

La mujer preguntó:

– Bueno, ¿y qué pasa con tu hijo?

Y Wang Lung contestó con voz temblorosa:

– Anoche estuvo aquí.

– Anoche estuvieron aquí los hijos de muchos hombres -replicó la mujer- y no sé cuál era el tuyo.

Entonces Wang Lung dijo suplicante:

– ¿No recuerdas a un muchacho muy joven, alto para sus años, pero no un hombre todavía?

Y ella, recordando, exclamó:

– ¿Eran dos, y uno de ellos un mozo con la nariz respingada y una expresión en los ojos de saberlo todo, y con el sombrero ladeado sobre una oreja? ¿Y el otro, como tú dices, un muchacho espigado, ansioso de ser hombre?

Wang Lung dijo:

– Sí, sí, ése… ¡Ése es mi hijo!

– ¿Y qué pasa con tu hijo? -inquirió la mujer.

– Esto: si alguna vez vuelve por aquí, recházalo…, dile que sólo quieres hombres…, dile lo que quieras, pero cada vez que lo rechaces te daré el doble de tu paga en buena plata.

La mujer se rió entonces y dijo con súbito buen humor:

– ¿Y quién no diría que sí a esto, a ser pagada sin trabajar? Yo también digo que sí. Además es cierto que prefiero hombres; estos muchachitos proporcionan escaso placer.

Asintió con la cabeza y miró de soslayo a Wang Lung, que sintió otra vez náuseas al mirar su rostro y dijo rápidamente:

– Que así sea entonces.

Se dio vuelta apresuradamente y se encaminó a su casa, y mientras andaba iba escupiendo para librarse de las náuseas que le producía el recuerdo de esa mujer.

Aquel mismo día, pues, le dijo a Cuckoo:

– Que se haga lo que dijiste. Ve al negociante en granos y arregla el asunto. Y que la dote sea buena, pero no demasiado importante si la muchacha conviene y las cosas pueden arreglarse.

Cuando le hubo dicho esto a Cuckoo regresó a la habitación donde estaba su hijo dormido y se sentó a su lado, atormentándose al ver lo joven que era y su rostro puro y suave en el sueño. Entonces pensó en aquella mujer cansada y pintarrajeada, y en sus gruesos labios; su corazón se llenó de asco y de cólera, y permaneció allí sentado, murmurando en voz baja.

Mientras estaba allí entró O-lan y contempló al muchacho, y al ver el sudor que le empañaba la piel trajo agua caliente con vinagre y lo lavó suavemente, como solían lavar a los jóvenes señores en la casa grande cuando habían bebido demasiado. Y entonces, mirando aquel rostro delicado e infantil, sumido en el sueño de la borrachera del que ni siquiera el lavaje podía hacerle despertar, Wang Lung se levantó y, llevado por su cólera, fue al cuarto de su tío, olvidó que era el hermano de su padre y sólo recordó que este hombre era el padre del holgazán y desvergonzado mozo que había echado a perder a su hijo, y fue a él y gritó:

– ¡He dado protección a un nido de sierpes desagradecidas y ahora me han picado!

Su tío, que estaba inclinado sobre la mesa, tomando el desayuno, pues nunca se levantaba antes del mediodía, ya que no tenía trabajo alguno que hacer, alzó los ojos al oír estas palabras y dijo indolentemente:

– ¿Cómo es eso?

Entonces Wang Lung le contó, medio ahogándose, lo que había pasado, y su tío se rió y dijo:

– Bueno, ¿y es que se puede impedir que un chico se convierta en hombre? ¿Y es que se puede evitar que un perro joven se acerque a una perra perdida?

Al oír su risa, Wang Lung recordó, acumulado en un breve instante, todo lo que había tenido que sufrir por causa de su tío: cómo, tiempo atrás, su tío había intentado obligarle a que vendiera su tierra; cómo se habían instalado aquí los tres, bebiendo, comiendo y holgazaneando; cómo su mujer se atracaba de los platos caros que Cuckoo compraba para Loto, y cómo ahora el hijo de su tío había estropeado a su propio hijo, que era sano y decente, y se apretó la lengua entre los dientes al decir:

– ¡Fuera de mi casa con los vuestros! ¡Ya no hay más arroz para ninguno de vosotros desde este momento, y antes prenderé fuego a la casa que dar cobijo en ella a vosotros, que no sabéis tener gratitud ni en la ociosidad!

Pero su tío permaneció sentado donde estaba y continuó comiendo, y Wang Lung, con la sangre hirviéndole en las venas, al ver que su tío no le hacía caso se adelantó a él con el brazo en alto.

Entonces su tío volvióse y dijo:

– Échame si te atreves.

Y cuando Wang Lung, sin comprender, tartamudeó enfurecido: "Bueno, y qué…; bueno, y qué…", su tío se abrió la túnica y le mostró lo que llevaba en el forro.

Wang Lung se quedó helado y rígido al instante, pues había visto una barba postiza de pelo rojo y una franja de tela roja también, y la cólera huyó de él como por ensalmo y se puso a temblar, porque se había quedado sin fuerzas.

Ahora bien, estas cosas, la barba y la tela roja, eran signo y símbolo de una banda de ladrones que vivían y merodeaban hacia el Noroeste, los cuales quemaron muchas casas, raptaron a muchas mujeres e incluso dejaron atados a muchos labradores con sogas a la puerta de sus casas, y los hombres los habían encontrado al día siguiente, locos furiosos si vivían y tostados como carne asada si habían muerto. Y Wang Lung abrió los ojos hasta salírsele de las cuencas, se volvió y se fue sin decir palabra. Y, según se iba, oyó la risa susurrante de su tío, que se inclinaba nuevamente sobre su plato de arroz.