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– No…, no… Es Cuckoo quien lo dice.

Y Cuckoo dijo en seguida:

– Eso lo puede ver cualquiera. Y el muchacho es demasiado guapo para vivir ocioso y anhelante.

Esto distrajo a Wang Lung, que pensó únicamente en la escena con su hijo, y exclamó:

– No; no le dejaré ir. No quiero gastar mi dinero estúpidamente.

Y no quiso hablar más del asunto. Loto comprendió que estaba irritado por alguna cólera secreta y mandó salir a Cuckoo, sufriéndole ella sola.

Durante muchos días no se habló más de la cuestión. El muchacho pareció contento otra vez y, aunque se negó a volver al colegio, Wang Lung se lo permitió, pues ya tenía cerca de dieciocho años y era desarrollado y fuerte de huesos como su madre. Wang Lung encontraba a su hijo leyendo en su cuarto cuando él venía de su trabajo, y pensó con íntima satisfacción:

"Bueno, aquello fue solamente un capricho de juventud. El muchacho no sabe lo que quiere. Pero faltan solamente tres años… y tal vez con la ayuda de un poco de plata, solamente dos… o uno… Un día de éstos, terminada la recolección, cuando se haya plantado el trigo de invierno y cultivado las judías, me ocuparé de eso."

Entonces Wang Lung se olvidó de su hijo, pues la cosecha, a excepción de lo que la langosta había devorado, se presentaba bien y con ella Wang Lung ganó cuanto había gastado en Loto.

Su oro y su plata le eran otra vez algo querido y se maravillaba de que en una ocasión hubiera podido gastarlos tan libremente en una mujer.

Sin embargo, había momentos en que esta mujer le conmovía dulcemente, aunque no con tanta intensidad como al principio, y estaba orgulloso de poseerla, si bien veía que lo que la mujer de su tío había dicho era verdad: que no era tan joven como parecía. Tampoco le dio un hijo ni concibió nunca, pero esto no le preocupaba a Wang Lung, puesto que tenía hijos e hijas, y estaba contento de tener a Loto por el mero placer que su posesión le producía.

En cuanto a Loto, embelleció al iniciarse la madurez de sus años, ya que si algún defecto tenía antes era su excesiva delgadez, que hacía demasiado agudas las líneas de su rostro y demasiado hundidas las cuencas de sus sienes. Pero ahora, gracias a la comida que Cuckoo guisaba y a su existencia ociosa, con sólo un hombre a quien satisfacer, tornóse suave y redonda de líneas, llenáronsele las mejillas y las sienes y con sus grandes ojos y boca menuda producía más que nunca la impresión de un gatito rechoncho. Si ya no era el capullo de Loto, tampoco era más que una flor plenamente abierta; si no era joven, tampoco parecía vieja, y la juventud y la vejez se hallaban igualmente lejos de ella.

Con su vida plácida nuevamente y el muchacho contento, Wang Lung se hubiera considerado satisfecho si una noche, mientras se hallaba solo, contando con los dedos lo que vendería de trigo y lo que vendería de arroz, O-lan no hubiese entrado silenciosamente en el cuarto. O-lan, con el transcurso de los años, habíase tornado flaca y descarnada, sus grandes pómulos sobresalían como rocas y sus ojos estaban hundidos. Si alguien le preguntaba cómo estaba, respondía solamente:

– Tengo un fuego en las entrañas.

Durante los tres últimos años, su vientre había tenido un volumen de preñez, aunque no había ocurrido nacimiento alguno. Pero se levantaba al amanecer, hacía su trabajo y Wang Lung la veía únicamente como a una mesa, una silla o un árbol del patio, y ni siquiera como vería a uno de los bueyes que bajase la cabeza o a un cerdo que no quisiera comer. Y O-lan hacía su trabajo sola, hablando únicamente lo imprescindible con la mujer del tío de Wang Lung y nunca una palabra con Cuckoo. Ni una sola vez entró en las habitaciones de Loto, y en las raras ocasiones en que ésta salía de ellas para pasear un poco por la casa, O-lan se metía en su cuarto y permanecía allí hasta que alguien decía: "Se ha ido." Y así, en silencio, O-lan trabajaba, guisando y lavando en el estanque hasta en el invierno, cuando hacía tanto frío que tenía que romper el hielo. Pero a Wang Lung jamás se le ocurría decir:

– Bueno, ¿y por qué no alquilas una criada, con la plata que me sobra, o compras una esclava?

No se le ocurría que hubiese ninguna necesidad de eso, aunque él asalariaba trabajadores para los campos y para el cuidado de los bueyes, asnos y cerdos que poseía, y en los veranos en que el río estaba crecido, para los patos y ocas que alimentaba sobre las aguas.

Aquella noche, pues, mientras se hallaba sentado solo, con las velas rojas encendidas, O-lan apareció ante él y miró a un lado y a otro y al final dijo:

– Tengo algo que decir.

Wang Lung se la quedó mirando y al ver sus mejillas hundidas pensó en cuán lejos de la belleza se hallaba esta mujer y en cuántos años hacía que no la había deseado.

Entonces O-lan dijo con un murmullo áspero:

– El hijo mayor frecuenta demasiado el segundo patio. Cuando tú estás ausente, entra allí.

Al principio, Wang Lung no comprendía lo que quería decir, y se adelantó con la boca abierta:

– ¿Qué dices, mujer?

Ella señaló con la boca fruncida hacia el cuarto de su hijo y luego hacia las habitaciones de Loto. Pero Wang Lung la miraba atónito e incrédulo.

– ¡Tú sueñas! -dijo al fin.

Ella movió la cabeza al oír esto y, hablando con dificultad, exclamó:

– Bueno, mi señor, pues ven a casa un día inesperadamente. Y después de un silencio, añadió:

– Es mejor mandarle fuera, aunque sea al Sur.

Acercándose a la mesa, cogió el tazón y arrojó el té frío sobre el suelo de ladrillo; luego volvió a llenarlo con té caliente de la tetera, y tal como había venido, así se fue, lenta y silenciosa, dejando a Wang Lung boquiabierto.

"Bueno, esta mujer lo que tiene son celos", se dijo Wang Lung. Y decidió no hacerle caso ni preocuparse, ahora que el muchacho estaba contento y leía tranquilamente en su cuarto todo el día.

Y levantándose de la silla se rió de nuevo pensando en las ideas pequeñas de las mujeres.

Pero aquella noche, mientras estaba en el lecho con Loto, cada vez que se daba vuelta, ella se quejaba, protestaba irritada y le apartaba, diciendo:

– Hace calor, y apestas, y bien podrías lavarte antes de dormir conmigo.

Sentóse en la cama luego y se apartó el cabello del rostro con un ademán irritado, encogiéndose de hombros cuando Wang Lung quiso atraerla a sí, indiferente a sus mimos. Entonces Wang Lung se quedó inmóvil, recordando que desde hacía muchas noches Loto se le había entregado de mala gana. Él lo había atribuido a un pasajero antojo y a que el aire caliente y denso del final del verano la deprimía, pero ahora las palabras de O-lan cruzaron su mente y, levantándose con rapidez, exclamó:

– ¡Bueno, pues duerme sola y que me corten el cuello si me importa!

Salió del cuarto y, en la habitación central de su propia casa, juntó dos sillas y se tendió en ellas. Pero no podía conciliar el sueño y pronto se levantó de nuevo y salió fuera. Se puso a pasear arriba y abajo entre los bambúes que crecían junto a la pared de su casa y notó que el aire fresco que acariciaba su rostro ardiente traía una sospecha de otoño.

Entonces recordó que Loto había sabido el deseo de partir que sentía su hijo, y, ¿quién se lo había dicho? Y recordó que últimamente su hijo no había vuelto a hablar de marcharse y que estaba contento, pero ¿por qué estaba contento? Y Wang Lung se dijo con fiereza:

– ¡Me enteraré de esto yo mismo!"

Y permaneció allí mirando cómo el alba se extendía sobre sus campos a través de una cortina de niebla.

Cuando el sol del amanecer formó una orilla de oro en el margen de sus tierras, Wang Lung entró en la casa y comió, y luego volvió a salir y fue a inspeccionar a los trabajadores, como era su costumbre durante las cosechas y la siembra. Anduvo un largo rato y al fin gritó muy alto para que le oyeran desde la casa:

– ¡Ahora me marcho al campo junto al foso de la ciudad, y no volveré hasta muy tarde!

Y hacia la ciudad dirigió sus pasos.

Pero cuando había llegado a medio camino y alcanzado el pequeño templo, sentóse al borde de la senda, sobre una breve eminencia llena de hierba que era una vieja tumba olvidada, y cogiendo un hierbajo y retorciéndolo entre los dedos se quedó un rato meditando. Frente a él estaban los dos pequeños dioses, y recordó cómo le miraban y cómo antes sentíase atemorizado ante ellos; pero ahora ya no le amedrentaban; habiéndose enriquecido y prosperado y no teniendo necesidad de dioses, tornóse indiferente y apenas los veía. Mientras tanto, bajo estos pensamientos vibraba otro: