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Una vez muerta O-lan, le pareció a Wang Lung que le era imposible permanecer con ella y llamó a la mujer de su tío para que lavase el cuerpo y lo preparase para el entierro, y cuando esto estuvo hecho no quiso entrar de nuevo en la habitación, sino que dejó que la mujer de su tío, su hijo mayor y su nuera colocasen el cuerpo en el ataúd que él había comprado. Pero, para consolarse, él se ocupó de ir a la ciudad y traer hombres que sellasen el ataúd, según era costumbre, y fue a ver a un agorero y le preguntó qué día podía escoger que fuese afortunado para entierros. El agorero encontró uno que era dentro de tres meses, y, como éste era el más próximo que podía encontrar, Wang Lung le pagó y se fue al templo de la ciudad, donde entró en tratos con el abad para que le alquilase un espacio donde tener el ataúd durante tres meses. Y el ataúd de O-lan fue traído al templo, pues le parecía a Wang Lung que no podría sufrir tenerlo ante sus ojos en la casa.

Entonces, atento a que se cumpliese escrupulosamente cuanto había que hacer por la muerta, Wang Lung se ocupó del luto propio y del de sus hijos, y se hicieron zapatos de basta tela blanca, que es el color del luto, y se ataron en torno de los tobillos tiras de lienzo blanco, y las mujeres de la casa se ciñeron los cabellos con cordones de este mismo color.

Después de esto, y como a Wang Lung le era imposible dormir en la habitación donde O-lan había muerto, cogió sus cosas y se trasladó a las habitaciones de Loto, diciéndole a su hijo:

– Ve con tu esposa a la habitación donde tu madre vivió y murió, donde te concibió y te dio a luz, y engendra allí a tus propios hijos.

De manera que los dos jóvenes se instalaron en el cuarto complacidos.

Entonces, y como si la muerte no pudiera abandonar fácilmente la casa donde había entrado, el anciano padre de Lung, que había estado trastornado desde que vio colocar el inerte cuerpo de O-lan en el ataúd, se tendió en su lecho una noche, para dormir, y cuando la hija segunda entró por la mañana a traerle el té, lo halló muerto en la cama, con la cabeza echada hacia atrás y al aire la rala pelambrera de su barba.

Al verle, la muchacha gritó y echó a correr en busca de su padre, y Wang Lung acudió presurosamente y encontró al anciano así. Su viejo cuerpo, consumido y ligero, estaba tan rígido, frío y seco como un pino nudoso: había muerto hacía horas, quizá tan pronto como se tendió en la cama. Entonces Wang Lung lavó él mismo al anciano y lo colocó suavemente en el ataúd que le había comprado, lo hizo sellar y dijo:

– Enterraremos a estos dos muertos de nuestra casa en el mismo día; yo dispondré de un buen trozo de tierra en la colina para enterrarlos en ella, y cuando yo muera yaceré también allí.

Hizo tal como dijera, y cuando hubo sellado el ataúd del anciano lo colocó sobre dos bancos en el cuarto central y allí quedó hasta el día del entierro. Le parecía a Wang Lung que era un consuelo para el anciano estar allí, aunque fuese muerto, y sentíase cerca de él, pues Wang Lung se había afligido por la muerte de su padre, pero no hasta la desesperación, porque su padre era muy viejo y durante muchos años no había estado más que medio vivo.

Cuando llegó el día señalado por el agorero, Wang Lung hizo venir sacerdotes del templo taoísta, que llegaron vistiendo sus togas color gualda y con sus largos cabellos anudados en la coronilla; e hizo venir sacerdotes de los templos budistas, y éstos llegaron vistiendo sus largas togas grises, con las cabezas afeitadas y en ellas las siete sagradas cicatrices. Estos sacerdotes batían tambores y cantaron durante toda la noche por los dos muertos, y si se callaban, Wang Lung ponía plata en sus manos y volvían a cantar, siguiendo así hasta la madrugada.

Wang Lung había escogido un buen sitio, a la sombra de un árbol de la colina, para las tumbas, y Ching las tenía cavadas y a punto, y entre ellas había levantado una pared de tierra. Dentro del espacio de las paredes había sitio para Wang Lung y para sus hijos y esposas y para los hijos de sus hijos. Wang Lung no escatimó esta tierra, a pesar de que era alta y buena para el trigo, porque era señal de la consolidación de su familia sobre su propia tierra. Muertos y vivos descansarían sobre ella.

Cuando amaneció el día señalado, después que los sacerdotes hubieron dado fin a la noche de cánticos, Wang Lung se vistió con una túnica de saco blanco y dio una túnica igual a su tío y al hijo de su tío, y a cada uno de sus hijos, y a la mujer de su primogénito, y a sus dos hijas. De la ciudad hizo venir sillas de mano para que los llevaran, pues no era propio que fueran andando al lugar del sepelio como si él fuera todavía un pobre y vulgar individuo. De modo que por vez primera fue conducido a hombros y así marchó tras el ataúd donde se hallaba O-lan, pero tras el de su padre iba primero su tío.

Hasta Loto, que cuando O-lan vivía no podía presentarse ante ella ahora que O-lan había muerto seguía el cortejo en una silla de manos para que apareciese respetuosa con la primera mujer de su esposo. También para la mujer y el hijo de su tío, Wang Lung alquiló sillas de mano, y a todos entregó túnicas de tela de saco, y hasta para la pobre tonta alquiló una silla y la metió en ella, aunque esto la aturdió y se puso a reír agudamente cuando sólo hubieran debido oírse lamentos.

Entonces, doliéndose y llorando ruidosamente, se dirigieron a las tumbas, seguidos a pie por Ching y los trabajadores, calzados con zapatos blancos.

Wang Lung permaneció en pie ante las dos tumbas. Había hecho traer del templo el ataúd de O-lan, el cual dejaron en el suelo para esperar que se verificase primeramente el entierro del anciano. Y Wang Lung observó en pie la ceremonia y su dolor era seco y duro, y no lloraba aparatosamente como hacían otros, porque no tenía lágrimas en los ojos y le parecía a él que lo que había sucedido, había sucedido y no podía haber hecho más de cuanto hacia.

Pero cuando cayó la última paletada de tierra y las tumbas fueron alisadas, volvióse silenciosamente, despidió la silla de manos y se encaminó solo a su casa. Y en medio de su aflicción sobresalía extrañamente un pensamiento claro y punzante que le torturaba, y era éste: que deseaba no haberle quitado a O-lan las dos perlas el día aquel en que se hallaba lavando sus ropas en el estanque, y que nunca más podría sufrir que Loto se las pusiera en las orejas.

Y así, con estos pensamientos, se dirigió a su casa y se dijo:

"En esa tierra mía está enterrada más de una buena mitad de mi vida. Es como si la mitad de mi mismo hubiera sido enterrada allí. Ahora la vida será diferente en mi casa."

Y de pronto sollozó un poco y se secó los ojos con el dorso de la mano, como un niño.

XXVII

Durante todo aquel tiempo, Wang Lung apenas se había preocupado de qué cosecha fructificaba, tan atareado se había visto con los festejos de boda y los entierros de su casa; pero un día Ching llegó a él y le dijo: -Ahora que el gozo y el dolor han pasado, tengo algo que deciros de la tierra.

– Di, pues -repuso Wang Lung-. Últimamente apenas he pensado si tengo o no tierra, excepto para enterrar en ella a mis muertos.

Ching esperó unos minutos silenciosamente, en respeto a lo que decía Wang Lung, y luego exclamó con blandura:

– Quiera el cielo evitarlo, pero parece como si este año fuese a haber una inundación como nunca la ha habido, pues el agua se está hinchando ya sobre la tierra, a pesar de que todavía no es verano ni tiempo para que esto ocurra.

Pero Wang Lung respondió resueltamente:

– Todavía no he recibido favor alguno de ese viejo del cielo. Con incienso o sin incienso es siempre el mismo en la desgracia. Y, al decir esto, se levantó.

Ching, que era un hombre apocado y tímido, no se atrevía a clamar contra el cielo como Wang Lung hacia, y por mal que fuesen las cosas, solamente decía: "El cielo lo quiere", y aceptaba la inundación y sequía con humildad. No así Wang Lung. Salió a sus campos, observando aquí y allá, y vio que era cierto lo que Ching le había dicho. Todas las parcelas de terreno que se hallaban junto al foso y que había comprado al Anciano Señor de la Casa de Hwang estaban mojadas y pastosas por el agua que se filtraba del fondo, de modo que el buen trigo de aquella tierra se había tornado amarillo y enfermo.