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Ahora miró a este joven, su hijo segundo, y vio su cabello bien cortado, liso y brillante, y su túnica de inmaculada seda gris, y vio que los movimientos del joven eran agradables y sus pupilas enérgicas y discretas.

Y se dijo, lleno de sorpresa:

"¡Bueno, y éste también es mi hijo!"

Y en voz alta exclamó:

– ¿Qué clase de doncella te gustaría, pues?

Entonces el joven contestó tan simple y decididamente como si lo hubiera pensado de antemano:

– Deseo una doncella de pueblo, de buena familia terrateniente y sin parientes pobres; una doncella que no sea ni fea ni hermosa, que traiga una buena dote y que sepa cocinar, para que, aunque haya sirvientes en la cocina, ella los vigile. Y ha de ser mujer que, si compra arroz, compre lo suficiente y no un puñado de más, y si compra tela, el vestido esté bien cortado y los retales que le sobren le quepan en la mano. Quiero una doncella así.

Wang Lung se asombró todavía más al oírle hablar de esta manera, pues no conocía la vida de este joven, aunque fuera su hijo. No era una sangre así la que corría por su propio cuerpo lujurioso cuando era joven, ni por el cuerpo de su hijo primogénito; sin embargo, admiraba su sabiduría y le dijo riéndose:

– Bueno, pues buscaré una muchacha como ésta; Ching se encargará de buscarla por los pueblos.

Y todavía riendo, se marchó; descendió por la calle de la casa grande y dudó junto a los leones de piedra y luego, como no había nadie para detenerle, entró en la casa. Las habitaciones delanteras estaban como las recordaba de cuando fue a buscar a la ramera a quien temía por su hijo. De los árboles colgaban piezas de ropa puestas a secar y por todos sitios había mujeres sentadas y parloteando mientras metían y sacaban la aguja de las suelas de zapatos que estaban haciendo, y los chiquillos rodaban desnudos y polvorientos sobre las losetas de los patios. El lugar apestaba al olor de la chusma que invade la casa de los grandes cuando los grandes desaparecen. Y Wang Lung miró hacia la puerta del cuarto donde había vivido la ramera, pero la puerta estaba abierta y otra persona vivía ahora allí: un viejo; Wang Lung se alegró de esto y siguió adelante.

En los tiempos pasados, cuando la opulenta familia vivía en la mansión, Wang Lung se hubiera sentido igual a toda aquella chusma y enemigo de los poderosos, odiándolos y temiéndolos a un tiempo. Pero desde que tenía plata y oro escondidos despreciaba a ésta gentuza que pululaba por dondequiera y se abrió camino entre ella con la cabeza levantada y respirando ligeramente por la peste que despedía. Y la despreció y sintió rencor contra ella como si él mismo perteneciese a la casa grande.

Atravesó los patios y habitaciones dirigiéndose hacia la parte de atrás, aunque por pura curiosidad y no porque hubiera decidido nada todavía; al fin llegó a una puerta cerrada junto a la cual dormitaba una mujer y la miró y vio que era la esposa picada de viruelas del antiguo guardián. Esto le sorprendió, pues la recordaba como una mujer de mediana edad, fresca y rolliza, y ahora era una vieja macilenta, llena de arrugas, con el pelo blanco y los dientes sueltos en sus quijadas como raigones amarillos. Mirándola, Wang Lung se dio cuenta de cuántos y que rápidos eran los años que habían transcurrido desde que él llegó aquí con su primer hijo en los brazos, y por vez primera sintió el peso de la vejez cayéndole encima. Entonces le dijo a la mujer con tristeza:

– Despertad y abridme la puerta.

La vieja se despertó, parpadeando y pasándose la lengua por sus labios resecos, y repuso:

– No debo abrir para nadie, excepto para los que quieran alquilar toda la parte interior de la casa.

Y Wang Lung dijo de pronto:

– Bueno, tal vez la alquile yo si me gusta.

Pero no le dijo a la mujer quién era, y la siguió en silencio recordando el camino. Allí estaban los patios y estancias, allí el pequeño cuarto donde dejó el cesto, aquí las largas balconadas sostenidas por frágiles columnas rojas. La siguió hasta el mismo gran salón y su imaginación dio un salto atrás hacia el pasado cuando estuvo aquí en pie, esperando que le diesen como esposa a una esclava de la casa. Y ante él tenía ahora la gran tarima labrada sobre la que se había sentado la Anciana Señora, envuelto su frágil cuerpo en plateado satén.

Y movido por un extraño impulso, Wang Lung se adelantó, fue a sentarse donde ella se había sentado y puso la mano sobre la mesa. Desde aquella eminencia contempló a la vieja bruja que le miraba parpadeando, en espera silenciosa de lo que él decidiera. Entonces, una satisfacción que había deseado toda su vida sin saberlo, inundó como una marejada el corazón de Wang Lung, y dando con la mano sobre la mesa exclamó de pronto:

– ¡Me quedo con esta casa!

XXIX

Cuando Wang Lung decidía ahora algo, lo quería realizar inmediatamente. Según envejecía aumentaba su impaciencia por terminar las cosas y poder sentarse, al caer la tarde, ocioso y en paz a ver morir el sol, y a dormir un poco después de haber dado un paseo por sus tierras.

Le dijo, pues, a su primogénito lo que había sucedido y le ordenó ocuparse del asunto, llamando también a su hijo segundo para que viniese a ayudar en el traslado. Y un día, cuando todo estuvo preparado, se trasladaron a la otra casa; primero Loto y Cuckoo con sus esclavas y bienes, y luego el primogénito de Wang Lung con su esposa y sus servidores y las demás esclavas.

Pero Wang Lung no quería irse en seguida y se quedó, reteniendo con él a su hijo menor. Llegado el momento de abandonar su tierra, no podía hacerlo fácilmente ni con tanta rapidez como creyera, y les dijo a sus dos hijos cuando le instaron a dejarla:

– Bueno, pues preparadme un departamento para mí solo y cuando quiera ir, iré. Será un día antes de que nazca mi nieto, y cuando lo desee volveré a mis tierras.

Y cuando tornaron a instarle dijo:

– Bueno, y hay que contar con mi pobre tonta, y no sé si debe dejarla o no, pero tendré que llevármela, porque si yo no me cuido de ella, nadie lo hará.

Wang Lung dijo esto como un reproche a la esposa de su primogénito, que no podía sufrir que la pobre tonta se le acercase, y hacía dengues y ascos y decía: "Una persona así no debería vivir, y es suficiente para malograr la criatura que llevo en mi con sólo mirarla". Y el primogénito de Wang Lung recordó el desagrado que sentía su esposa y se calló. Entonces Wang Lung se arrepintió de su reproche y dijo blandamente:

– Iré cuando se haya encontrado la doncella que ha de casarse con el hijo segundo, pues es más fácil permanecer aquí, donde está Ching, hasta que el asunto esté arreglado.

El primogénito dejó, pues, de insistir.

No quedó en la casa nadie más que el tío, su mujer y su hijo, y Ching y los trabajadores, además de Wang Lung y la tonta. Y el tío se trasladó con los suyos a las habitaciones que habían sido de Loto y se instaló allí como en su casa. Pero esto no enojó demasiado a Wang Lung, pues veía que no le quedaban a su tío muchos días de vida, y cuando el viejo hubiera muerto, su deber hacia aquella generación habría terminado, y si el joven no se portaba bien, nadie podría acusar a Wang Lung si lo echaba de la casa.

Ching y los trabajadores se trasladaron también a la casa, ocupando las habitaciones exteriores, mientras Wang Lung y la tonta vivían en las del centro. Y Wang Lung asalarió una mujer robusta para que los sirviera.

Y así durmió y descansó y se despreocupó de todo, pues estaba de pronto muy cansado y había paz en la casa. Nadie le causaba ahora tribulaciones, pues su hijo menor era un muchacho silencioso, al que veía poco, y apenas sabía nada de él.