Y entonces Wang Lung, porque no podía contender con ellos y porque a su edad quería paz en la casa, enterró a Ching en la entrada de la muralla y se sintió consolado con lo que había hecho y se dijo:
"Bueno, ya está bien así, porque siempre ha sido para mí un guardián contra el mal."
Y dio orden a sus hijos de que cuando él muriera le enterrasen lo más cerca posible de Ching.
Entonces Wang Lung fue con menos frecuencia que nunca a sus tierras, porque ahora que Ching no estaba le abrumaba tener que ir solo, y además estaba cansado del trabajo y los huesos le dolían cuando cruzaba solo los duros campos. De manera que dio en arriendo toda la tierra que pudo y la gente la tomó con avidez, porque se sabía que era buena tierra. Pero Wang Lung no quiso hablar nunca de vender un solo palmo de ningún campo y únicamente la arrendaba a un precio dado y por un año cada vez. Así sentía que la tierra era suya todavía y que estaba en sus manos.
Designó a uno de los trabajadores con su esposa y sus hijos para que vivieran en la casa de campo y cuidasen de los dos fumadores de opio. Y entonces, viendo los ojos pensativos de su hijo menor, exclamó:
– Bueno, puedes venir conmigo a la ciudad, y me llevaré también a mi tonta y vivirá conmigo en mi departamento. Esto es demasiado solitario para ti ahora que Ching no está, y sin él aquí no estoy muy seguro de que tratarán bien a la pobre tonta, ya que no hay nadie para decirme si le pegan o si le dan mal de comer. Y tampoco hay nadie para enseñarte a ti en lo que concierne a la tierra, ahora que Ching no está.
Así es que Wang Lung se llevó a su hijo menor y a su tonta y a partir de entonces apenas volvió, durante mucho tiempo, a su casa de campo.
XXX
Ahora le parecía a Wang Lung que no existía nada que pudiera desear en su actual condición; ahora podría sentarse al sol junto a su tonta y fumar en paz su pipa de agua, ya que la tierra estaba atendida y el dinero llegaba de ella a sus manos sin que él tuviera que preocuparse por nada.
Y así hubiera sucedido, en efecto, de no ser por aquel hijo suyo primogénito, que no estaba nunca satisfecho con lo que tenía, sino que siempre estaba esperando más; y por fin tuvo que ir a su padre y decirle:
– En la casa hacen falta muchas cosas; no debemos creer que somos una gran familia por el hecho de que vivamos en estas habitaciones interiores. Antes de seis meses debe tener lugar la boda de mi hermano y no tenemos sillas suficientes para sentar a los invitados, y no tenemos bastantes mesas ni bastantes platos ni bastante nada en estos cuartos. Además es una vergüenza invitar gente y que se vea obligada a cruzar las grandes puertas y entrar en la casa pasando entre toda esa chusma ruidosa y apestosa del exterior. Sin contar con que debiendo casarse mi hermano y con sus hijos y los míos por venir, necesitamos también las habitaciones delanteras.
Entonces Wang Lung miró a su hijo, que iba lujosamente ataviado, y cerró los ojos, dio una fuerte chupada a la pipa y gruñó:
– Bueno, y otra vez ¿qué es lo que pasa?
El joven vio que su padre estaba cansado de él, pero dijo tercamente y levantando un poco la voz:
– Yo digo que deberíamos tener también las habitaciones exteriores y todo lo que conviene a una familia tan rica como la nuestra y con buena tierra.
Entonces Wang Lung murmuró dentro de su pipa:
– Bueno, la tierra es mía y tú no has puesto nunca una mano en ella.
– Bueno, padre mío -exclamó el joven al oír esto-, fuiste tú quien quiso que yo estudiara, y ahora, cuando quiero ser digno hijo de un hombre de tierras, me desdeñas a mí y a mi esposa y querrías convertirnos en patanes.
Y el joven se volvió como un torbellino e hizo como si fuera a saltarse los sesos contra un retorcido pino que crecía en el patio. Esto asustó a Wang Lung, temeroso de que el joven se hiciese daño, pues había sido siempre muy violento, y gritó:
– ¡Haz lo que quieras…, haz lo que quieras…! ¡Pero no me molestes!
Al oír esto, el primogénito salió apresuradamente, antes de que su padre cambiase de opinión, y se fue satisfecho. Tan pronto como le fue posible compró, pues, mesas y sillas labradas de Soochow y cortinajes de seda roja para las puertas, y rollos para colgar de las paredes tantos como pudo, pintados de hermosas mujeres, y rocas extrañas para convertir algunos patios en jardines rocosos, como había visto en el Sur, y así ocupado pasó muchos días.
Con tanto ir y venir tenía que pasar muchas veces por los patios exteriores, a veces cada día, y jamás cruzaba entre aquellas gentes ordinarias sin levantar la nariz altivamente, pues no podía sufrirlas; así es que los habitantes de aquella parte de la casa se reían de él cuando había pasado y decían:
– ¡Se ha olvidado del olor del estiércol a la puerta de la granja paterna!
Pero nadie se atrevía a hablar así en su presencia, pues era el hijo de un hombre rico.
Cuando llegó la fiesta en que se decide el precio de los alquileres, aquellas gentes se encontraron con que habían sido aumentados excesivamente, pues debía haber quien pagara mucho más que ellos, y se vieron obligados a marchase. Entonces se enteraron de que el primogénito de Wang Lung había hecho esto, aunque inteligentemente, pues no dijo nunca nada, llevándolo todo a cabo por medio de cartas al hijo del viejo Señor Hwang, que estaba en lugares remotos, y a este hijo del Anciano Señor no le importaba nada, excepto cómo y de quién sacaría más dinero por la vieja mansión.
La chusma, pues, tuvo que irse, y lo hizo protestando y maldiciendo porque un hombre rico podía hacer lo que quisiera; y empaquetó sus andrajosos bienes y partió colérica y amenazante, murmurando que algún día habría de regresar, como regresan los pobres cuando los ricos son demasiado ricos.
Pero de todo esto Wang Lung no se enteró, ya que él salía raramente de las habitaciones interiores, pues, según se hacía viejo, comía, dormía y llevaba una vida fácil, dejando aquel asunto en manos de su hijo mayor. Y su hijo llamó a carpinteros y hábiles albañiles y empezaron en seguida a hacer reparaciones en los cuartos y en los portillos que separaban los patios, deteriorados por la chusma; y construyó de nuevo los estanques y compró peces dorados y de abigarrado colorido para poner en ellos. Y después que todo estuvo terminado y embellecido hasta donde él conocía la belleza, plantó lotos y lirios en los estanques, y bambúes de la India, de rojas bayas, y todo cuanto recordaba haber visto en el Sur. Su esposa salió a ver lo que había hecho y juntos fueron de un lado a otro, a través de cada habitación y de cada patio, ella indicando las cosas que aún faltaban y él escuchándola atentamente para procurarlas.
La gente de las calles de la ciudad oyeron hablar de las obras que hacía el primogénito de Wang Lung y de lo que se estaba llevando a cabo en la casa grande ahora que nuevamente la habitaba un hombre rico. Y personas que se habían referido a Wang Lung como a Wang Lung el Labrador, ahora le llamaban Wang Lung el Grande Hombre o Wang Lung el Rico.
El dinero para todas estas cosas salía de sus manos poco a poco, de manera que apenas se daba cuenta de cómo se iba, pues su hijo mayor venía y le decía: "Necesito cien piezas de plata para esto", o: "Hay una estancia donde haría falta una mesa larga".
Y Wang Lung le daba el dinero poco a poco y se quedaba fumando y descansando en sus habitaciones, pues la plata llegaba fácilmente de la tierra después de las cosechas y siempre que la necesitaba. No se habría enterado de cuánto era lo que daba si su hijo segundo no hubiese entrado una mañana a verle, cuando el sol apenas había pasado sobre la muralla, y le hubiera dicho:
– Padre mío, ¿es que no ha de tener fin este continuo despilfarro? ¿Y es que tenemos necesidad de vivir en un palacio? Todo ese dinero, prestado al veinte por ciento, nos habría producido muchas libras de plata. ¿Y qué utilidad tienen todos estos estanques, y esas flores y esos árboles que ni siquiera dan frutos?