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Vigiló también el dinero y los regalos que llegaban, y a los criados y esclavas les dio lo menos que podía darles, tanto que Cuckoo sonrió con escarnio cuando le puso en la mano dos mezquinas piezas de plata, y dijo en presencia de muchos:

– Una familia verdaderamente grande no es tan cuidadosa con la plata. Bien puede verse que esta familia no pertenece en verdad a esta casa.

El hijo mayor le oyó decir esto y, avergonzado y temeroso de su mala lengua, le dio más plata en secreto y se enfureció con su hermano segundo. Así, pues, hubo discusión entre ellos aun en el mismo día de la boda, cuando los invitados se sentaban en torno a las mesas y cuando la silla de la novia entraba en la casa.

En cuanto a sus propios amigos, el hijo mayor sólo invitó a unos cuantos y de los menos importantes, porque estaba avergonzado de la tacañería de su hermano y porque la novia era sólo una muchacha pueblerina. Y se quedó aparte, desdeñosamente, y dijo:

– Bueno, mi hermano ha escogido una olla de barro cuando, con la posición de mi padre, habría podido escoger una taza de jade.

Y lleno de desprecio saludó rígidamente cuando la pareja se inclinó ante él y ante su esposa por ser el hermano y la hermana mayor. Y la mujer del primogénito se portó altiva y correctamente y saludó lo más brevemente que podía considerarse propio en su posición.

De todas las personas que habitaban aquella casa, parecía que no había nadie que estuviese en paz, excepto el pequeño nieto de Wang Lung. El propio Wang Lung, despertándose en la penumbra del gran lecho labrado de su cuarto, vecino a las habitaciones donde Loto vivía, soñaba con hallarse en la oscura y sencilla casa de tierra, donde un hombre podía tirar al suelo el té frío sin miedo a salpicar un trozo de madera labrada y donde se hallaba a un paso de sus campos.

En cuanto a los hijos de Wang Lung, vivían en continua agitación, el mayor por miedo a que no se gastara bastante dinero y disminuyese su prestigio a los ojos de la gente, y por miedo a que los lugareños atravesaran la gran puerta de entrada mientras en la casa se hallaba de visita algún hombre de la ciudad y hubieran de avergonzarse ante él. Y el hijo segundo, por miedo a que el dinero se despilfarrase y perdiese; y el pequeño, luchando por recuperar los años que había perdido como hijo de labrador.

Pero había uno que corría vacilante de aquí para allí, contento de la vida, y éste era el hijo del primogénito de Wang Lung. Este pequeño nunca pensaba en ningún otro lugar que en esta gran casa, y allí estaba su madre y su padre y su abuelo y todos los que sólo vivían para servirle, y en este niño, Wang Lung buscaba la paz, no cansándose nunca de observarle, de reírse de él y de levantarle cuando se caía. Se acordó también de lo que su propio padre había hecho y le encantaba coger su cinturón, ceñido en torno a la criatura y, evitando así que se cayera, al andar con él de patio en patio; y la criatura señalaba a los rápidos peces de los estanques, charlaba incesantemente, arrancaba alguna flor y se encontraba a gusto en medio de todo. Y sólo así Wang Lung hallaba la paz.

Pero este niño no fue el único. La esposa de su hijo mayor era fiel, y concebía y paría, concebía y paría fiel y regularmente, y cada criatura tenía una esclava a su servicio apenas nacía. Así cada año veía Wang Lung más niños y más esclavas en la casa, y cuando alguien le anunciaba: "Va a haber otra boca más en el departamento de vuestro primogénito", él reía solamente y decía:

– Eh, eh… Bueno, hay arroz para todos, pues tenemos buena tierra.

Y se alegró cuando la esposa de su hijo segundo dio a luz a su debido tiempo, y la criatura fue una niña, aparentemente en señal de respeto a su cuñada. En el espacio de cinco años, Wang Lung, tuvo, pues, cuatro nietos y tres nietas, y las estancias se llenaron de sus risas y de sus llantos.

Cinco años no es nada en la vida de un hombre, excepto cuando es muy joven y cuando es muy viejo, y aquel transcurso de tiempo, si aumentó por un lado la familia de Wang Lung, se llevó por otro lado a aquel viejo soñador: su tío, al que él casi había olvidado, excepto para cuidar de que estuviese bien alimentado y vestido y que no le faltase, como a su vieja mujer, todo el opio que quisiera.

El invierno del quinto año fue excesivamente frío, más frío de lo que había sido invierno alguno en treinta años, y, por primera vez en la memoria de Wang Lung, el foso se heló junto a las paredes de la ciudad y la gente podía cruzar sobre él. Del Norte soplaba continuamente un viento penetrante, y no había nada, abrigos de cuero de cabra o de piel, que lograse calentar a un hombre. En cada habitación de la casa se colocaron braseros de carbón, pero así y todo hacía en ella tanto frío que cuando se echaba el aliento podía verse.

Ahora bien, el tío de Wang Lung y su mujer se habían consumido fumando y no tenían carne con que cubrir sus huesos. Día tras día yacían en sus lechos, como dos viejas estacas, y no había calor en ellos. Wang Lung oyó decir que su tío ya no podía ni sentarse en la cama y que escupía sangre en cuanto se movía. Fue a verle en seguida y vio que al anciano no le quedaban muchas horas de existencia.

Entonces Wang Lung compró dos ataúdes de madera buena, pero no demasiado buena, y los mandó llevar al cuarto donde su tío yacía, para que los viese y pudiera morir confortado sabiendo que había un lugar para sus huesos. Y su tío exclamó con la voz como un susurro tembloroso:

Bueno, tú eres un hijo para mí, y mucho más que el vagabundo de mi propio hijo.

Y su anciana mujer exclamó con más fuerza:

– Si me muero antes de que ese hijo vuelva, prométeme que le buscarás una buena doncella para que aun pueda darnos nietos. Y Wang Lung lo prometió.

A qué hora murió su tío no lo supo, pues lo encontró muerto una noche la mujer que le servía, al ir a entrarle un tazón de sopa. Wang Lung le enterró en un día de frío intensísimo, cuando el viento soplaba la nieve sobre la tierra en blancas nubes, y colocó su ataúd en el recinto familiar, al lado de la tumba de su padre, pero un poco más abajo, aunque encima del lugar donde el suyo propio debía hallarse.

Entonces ordenó que la familia llevara luto durante un año, cosa que hicieron, no porque verdaderamente lamentasen la muerte de este viejo que nunca les había dado otra cosa que trabajo, sino porque era conveniente que así se hiciese en una gran familia al morir un pariente.

Entonces Wang Lung trasladó a la mujer de su tío a la ciudad para que no estuviera sola, le dio una habitación al final de un patio apartado, ordenó a Cuckoo que pusiera una esclava a su servicio y la anciana chupaba su opio y yacía en el lecho satisfecha y contenta, durmiendo día tras día. Y su ataúd fue colocado cerca de ella, donde pudiera verlo, confortándola con su presencia.

Y Wang Lung se maravilló al pensar que hubo un tiempo en que había temido a aquella campesina gorda, ociosa y chillona que ahora yacía allí, callada y amarilla, tan amarilla y tan encogida como lo había estado la Anciana Señora de la caída Casa de Hwang.

XXXI

Durante toda su vida, Wang Lung oyó decir que la guerra estallaba aquí y allá, pero nunca la había visto, excepto en aquel invierno que pasó en una ciudad del Sur, cuando era joven. Nunca había estado más cerca de la guerra de lo que estuvo entonces, a pesar de que desde su infancia oyera decir a las gentes: "Este año hay guerra hacia el Oeste", o: "La guerra está hacia el Este, o hacia el Nordeste."

Y para él la guerra era una cosa como la tierra, y el cielo, y el agua, algo cuya razón de ser nadie conocía, pero cuya existencia era indudable. Una y otra vez había oído a los hombres decir: "lremos a la guerra". Esto lo decían cuando se morían de hambre y preferían ser soldados que mendigos, y algunas veces cuando estaban desasosegados en casa, como el hijo de su tío, pero, fuese como fuese, la guerra siempre se hallaba fuera y en un punto lejano. Pero de pronto, como un viento caprichoso, la guerra se alzó cerca. Wang Lung lo supo primeramente por su hijo segundo, que un mediodía llegó del mercado, a la hora de comer, y le dijo a padre: