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– Procúrale lo que pide; no le escatimaré nada.

Y se sintió contento de no tener que ver a Loto en seguida, sino cuando su cólera se hubiera calmado con la realización de sus deseos.

Pero todavía quedaban sus tres hijos, y ante ellos se sentía extrañamente avergonzado de lo que había hecho, aunque se repetía una y otra vez:

"¿No soy el amo de mi propia casa, y no he de poder tomar a mi propia esclava que compré con mi dinero?"

Pero estaba avergonzado y, sin embargo, medio orgulloso también, como lo está el que todavía es un hombre cuando los demás lo creen sólo un abuelo. Y esperó a que sus hijos vinieran a su departamento.

Llegaron uno tras otro, separadamente, y el que llegó primero fue el hijo segundo. Este habló de la tierra y de las cosechas y de la sequía del verano, que este año reduciría la cosecha a una tercera parte. Pero a Wang Lung no le interesaban ahora las lluvias o las sequías, pues si la cosecha de este año le daba poco rendimiento, le sobraba plata del año anterior; sus habitaciones estaban llenas de plata, en los mercados de grano le debían dinero, tenía grandes sumas en préstamos a interés crecido, que su hijo segundo cobraba por él regularmente, y ya no miraba hacia la promesa del cielo sobre sus tierras.

Pero el hijo segundo continuó hablando así, y según hablaba miraba hacia aquí y hacia allá escudriñando los cuartos con los ojos velados y secretos, y Wang Lung comprendió que estaba buscando a la muchacha, para ver si lo que había oído era verdad, y entonces la hizo venir del dormitorio donde estaba escondida, exclamando:

– ¡Tráeme té, hija mía, para mí y para mi hijo!

Y ella apareció con su delicado rostro pálido matizado de rosa, y con la cabeza inclinada; sus pies menudos la llevaron por la habitación a pasos silenciosos y el hijo segundo se la quedó mirando atónito, como si hasta ahora no hubiera podido creer lo que había oído.

Pero no dijo nada, excepto que la tierra estaba así y así, y que este y aquel arrendador habían de ser sustituidos al finalizar el año, y aquel otro, porque fumaba opio y no sacaba de la tierra el provecho que debía. Y Wang Lung le preguntó a su hijo cómo estaban sus niños, y él contestó que habían tenido la tos de los cien días, pero que era una cosa ligera ahora que llegaba el buen tiempo.

Así estuvieron hablando mientras bebían té, y el hijo segundo diose buena cuenta de lo que veía y se marchó, dejando a Wang Lung tranquilo respecto a este hijo.

Entonces llegó el primogénito, antes de que la mitad de aquel mismo día hubiera pasado, y entró en la estancia de su padre, alto, apuesto y orgulloso con los años de su madurez. Wang Lung tuvo miedo de su orgullo y no llamó en seguida a Flor de Peral, sino que esperó un rato fumando su pipa. El primogénito permaneció allí sentado, rígido dentro de su orgullo y de su dignidad, y le preguntó a su padre, como era debido, por su salud y su bienestar. Entonces Wang Lung contestó rápida y serenamente que estaba bien, y al mirar a su hijo su temor desapareció.

Pues vio a su primogénito tal como era: un hombre corpulento, pero temeroso de su propia esposa, y más que nada de no parecer nacido noblemente. Y la robustez de la tierra, que se mantenía fuerte en Wang Lung, aun cuando él mismo no lo sabía, triunfó ahora en él, y sintióse tranquilo y descuidado ante su hijo mayor como antes lo había estado, indiferente ante su corrección y su digna apariencia, y de pronto gritó a Flor de Peraclass="underline"

– ¡Ven hija, y sirve té para otro hijo mío!

Esta vez la muchacha entró muy fría y silenciosa, y su pequeño rostro ovalado estaba tan blanco como la flor de su nombre.

Al entrar en la habitación bajó los ojos, se movió calladamente haciendo lo que le mandaban y volvió a salir en seguida.

Los dos hombres permanecieron silenciosos mientras les servía el té, pero cuando abandonó la habitación, y levantaron las tazas, Wang Lung miró a los ojos de su hijo y descubrió en ellos una expresión admirativa, la mirada de un hombre que admira a otro secretamente. Bebieron el té y al fin el primogénito exclamó con voz gruesa y desiguaclass="underline"

– No creí que fuera así.

– ¿Por qué no? -explicó Wang Lung tranquilamente-. Estoy en mi propia casa.

El hijo suspiró entonces, y al cabo de un tiempo contestó: -Sois rico y podéis hacer lo que gustéis. -Y, volviendo a suspirar, añadió-: Bueno, supongo que una mujer no es siempre suficiente para un hombre, y llega un momento…

Se detuvo, pero en su mirada brillaba el matiz del hombre que envidia a otro contra su voluntad, y Wang Lung lo vio y se rió para sus adentros, pues bien conocía la naturaleza sensual de su hijo y sabía que la correcta esposa ciudadana no podía dominarle siempre y algún día el hombre aparecería en él.

El hijo mayor no dijo nada, pero salió absorto, como un hombre al que se le ha ocurrido un nuevo pensamiento. Y Wang Lung se quedó sentado fumando su pipa y orgulloso que siendo viejo había hecho lo que era su voluntad.

Pero ya era de noche cuando llegó el hijo menor, y también él vino solo. Wang Lung se hallaba sentado en el cuarto central de su departamento; sentado ante la mesa donde lucían, encendidas, las rojas candelas, y fumando: Frente a él, al otro lado de la mesa, sentábase en silencio Flor de Peral, con las manos cruzadas quietamente sobre su falda. A veces, Flor de Peral miraba a Wang Lung, plenamente y sin coquetería, como una criatura, y él la observaba y se sentía orgulloso de lo que había hecho.

De pronto, su hijo menor apareció ante él, brotando de la oscuridad del patio, pues nadie le había visto entrar. Pero permaneció allí en pie, produciendo una extraña impresión de estar agazapado; y como un relámpago cruzó la memoria de Wang Lung el recuerdo de una pantera que había visto traer cierta vez a unos hombres de las montañas, donde la habían cazado, y la bestia estaba atada, pero se agazapaba como para saltar y los ojos le brillaban. También brillaban ahora las pupilas del muchacho, fijas en su padre, y aquellas cejas suyas, que eran demasiado espesas y demasiado negras para su juventud, estaban apretadas ferozmente sobre sus ojos, así permaneció un rato y al fin dijo con voz baja y cargada:

– Ahora me iré a ser soldado… Ahora me iré a ser soldado…

Pero no miró a la muchacha, sólo a su padre, y Wang Lung, que no había temido a su hijo segundo y a su primogénito, ahora tuvo miedo de éste, al que apenas había prestado atención desde su nacimiento.

Y Wang Lung murmuró y tartamudeó, y hubiera querido hablar, pero al sacarse la pipa de la boca no se oyó sonido alguno y se quedó mirando a su hijo, que repetía una y otra vez:

– Ahora me iré… Ahora me iré…

De repente volvióse y miró a la muchacha, y ella le miró a él, encogiéndose y poniéndose las dos manos ante el rostro para no verle. Entonces el joven apartó de ella los ojos y salió de la habitación de un salto. Wang Lung miró hacia el cuadro de luz que proyectaba la puerta, abierta a la oscura noche de verano, pero el joven había desaparecido y sólo se notaba silencio por doquiera.

Al fin se volvió hacia la muchacha y dijo humilde y dulcemente, con una gran tristeza y todo su orgullo desvanecido:

– Yo soy demasiado viejo para tí, corazón mío, y bien lo sé. Yo soy un hombre viejo, muy viejo.

Pero la muchacha se apartó las manos de la cara y dijo con más pasión de la que Wang Lung había oído jamás poner en cosa alguna:

– Los jóvenes son crueles… ¡Yo prefiero los viejos!

Cuando amaneció el día siguiente, el hijo menor de Wang Lung se había ido, y todos ignoraban adónde se dirigiera.

XXXIV

Entonces, como se enciende el otoño con falsos resplandores de estío antes de caer en el invierno, así ocurrió con el rápido amor de Wang Lung por Flor de Peral. La breve llamarada se apagó y con ella la pasión. Wang Lung amaba a Flor de Peral, pero sin fiebre.

Y al apagarse aquella llamarada, se quedó de pronto frío de vejez; súbitamente era un anciano. Sin embargo, Wang Lung amaba a Flor de Peral y era un consuelo para él tenerla consigo. Ella le servía lealmente y con una paciencia superior a sus años, y él la trataba siempre con suma bondad y su cariño hacia ella era, cada vez más, el cariño de un padre hacia una hija.