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Y por él, Flor de Peral era también buena con su pobre tonta, y esto era un consuelo para Wang Lung. Un día le confesó algo que había tenido largamente en el pensamiento: él había pensado muchas veces en lo que sería de su pobre tonta cuando él muriese, ya que no había nadie más que él que se preocupase por ella y por si había comido o no había comido; así es que un día fue a la tienda de medicinas y compró un paquetito de una materia blanca y venenosa diciéndose que se lo daría a comer a su tonta cuando viera que la hora de su muerte se acercaba. Pero Wang Lung temía a esto más que a su propia muerte, y ahora era un consuelo para él ver la lealtad de Flor de Peral, a quien llamó una vez y le dijo:

– No tengo a nadie más que a ti a quien pueda confiar mi pobre tonta cuando yo me vaya; y ha de vivir muchos años después que yo haya muerto, ya que su mente no padece tribulaciones ni tiene nada que la mate ni ninguna preocupación que la atormente. Y bien sé que cuando me haya ido nadie se tomará la molestia de alimentarla, de protegerla de la lluvia y del frío del invierno ni de sentarla al sol del verano, y tal vez la manden a vagar por las calles… a esta pobre criatura que siempre ha tenido el cuidado de su madre o el mío. Ahora bien, en este paquetito hay una puerta de salvación para ella; después que yo haya muerto, mézclale esto en el arroz, dáselo a comer y podrá seguirme adonde yo me halle. Y así estaré tranquilo.

Pero Flor de Peral se apartó de aquello que Wang Lung le mostraba y dijo con su voz suave:

– Yo que apenas puedo matar un insecto, ¿cómo he de poder destruir esa vida? No, mi señor; pero haré otra cosa: tomaré para mí esta pobre tonta porque vos habéis sido bueno conmigo…, más bueno que nadie y el único ser bueno de mi vida.

Y Wang Lung podía haber llorado al oír esto, porque nadie le había jamás correspondido así, y su corazón se asió a ella, y le dijo:

– Así y todo, hija mía, tómalo, porque no hay nadie en quien confíe tanto como en ti, pero aun tú has de morir, aunque no puedo pronunciar estas palabras, y después de ti no queda nadie…, no, nadie, pues las esposas de mis hijos están demasiado ocupadas con sus niños y sus disputas, y mis hijos son hombres y no pueden pensar en estas cosas.

Cuando vio lo que quería decir, Flor de Peral cogió el paquete y no habló más, y Wang Lung confió en ella y se sintió consolado y tranquilo por el destino de su pobre tonta.

Entonces Wang Lung se adentró más y más en su vejez, viviendo muy aislado y solo con Flor de Peral y su pobre tonta. Algunas veces miraba a Flor de Peral y se sentía preocupado; entonces le decía a la muchacha:

– Esta vida es demasiado quieta para ti, hija mía.

Pero ella contestaba siempre suavemente y con inmensa gratitud:

– Es tranquila y segura.

A veces él repetía:

– Yo soy demasiado viejo para ti, y mi fuego es ceniza. Pero ella contestaba siempre con reconocimiento:

– Sois bondadoso conmigo, y no deseo más de ningún hombre. Una vez, cuando decía esto, Wang Lung sintió curiosidad y le preguntó:

– ¿Qué ha sido lo que en tu tierna edad te ha hecho tan temerosa de los hombres?

Y al mirarla, en espera de contestación, vio un inmenso terror en sus ojos, y ella se los cubrió con las manos y murmuró:

– ¡Odio a todos los hombres, excepto a vos…, a todos, hasta a mi padre, que me vendió! Sólo he oído cosas malas de ellos y los odio a todos.

Y él dijo, pensativo:

– Yo hubiera dicho que vivías tranquila y fácilmente en mi casa…

– Estoy llena de repugnancia -dijo ella mirando hacía otro lado-. Estoy llena de repugnancia y los odio a todos. Odio a todos los hombres jóvenes.

Y no quiso decir nada más. Wang Lung se quedó pensando en ello y sin saber si es que Loto le había contado historias de su vida y llegó a amenazarla, o si es que la había asustado Cuckoo con su lascivia, o si es que le había sucedido algo secretamente y no quería decírselo a él, o qué es lo que era.

Pero suspiró y cesó de hacerle preguntas, porque, por encima de todo, ahora quería paz, y sólo deseaba poder sentarse tranquilamente en su patio y cerca de aquellos dos seres.

As¡, pues, vivía Wang Lung, y así la vejez caía sobre él día tras día y año sobre año. Ahora dormía al sol inquietamente, como su padre lo había hecho, y se decía que su vida estaba terminada y que se hallaba satisfecho de ella.

A veces, pero raramente, iba a los otros departamentos, y a veces, pero más raramente aún veía a Loto, que jamás le hablaba de la joven que había tomado y le recibía bastante bien, pues ella también era vieja y estaba satisfecha con los manjares y los vinos que amaba y con el dinero que conseguía con sólo pedirlo. Loto y Cuckoo eran, después de tantos años, más bien dos amigas que ama y servidora, y se sentaban juntas a hablar de esto y de lo otro, y principalmente de sus antiguos tiempos entre hombres, susurrando cosas que no se atrevían a decir en voz alta, y comiendo, bebiendo y durmiendo, despertándose para murmurar antes de empezar a comer y a beber de nuevo.

Y cuando Wang Lung entraba, cosa que hacía muy de tarde en tarde, en los departamentos de su hijos, le recibían cortésmente y corrían a buscarle té y él pedía que le enseñaran la última criatura y preguntaba muchas veces, pues lo olvidaba con facilidad:

– ¿Cuántos nietos tengo ahora?

Y alguien le contestaba prontamente:

– Once hijos y ocho hijas tienen juntos vuestros hijos. Y él, riéndose, decía:

– Añado dos cada año y sé el número, ¿no es cierto?

Luego se sentaba un rato y miraba a los niños que se agrupaban en torno a él, contemplándole. Sus nietos eran ahora unos muchachos espigados y él los escudriñaba atentamente para ver cómo eran, y se decía:

– Ese tiene la cara de su bisabuelo, y ahí está un pequeño negociante Liu, y aquí yo mismo cuando era joven.

Y les preguntaba:

– ¿Vais al colegio?

– Si, abuelo -le contestaban a coro.

Y él volvía a decir:

– ¿Estudiáis los Cuatro Libros?

Entonces ellos se reían, con mofa juvenil, de un hombre tan viejo como éste, y decían:

– No, abuelo; nadie estudia los Cuatro Libros desde la Revolución.

Y él contestaba pensativo:

– He oído hablar de una revolución, pero he estado demasiado atareado en mi vida para ocuparme de ella. Había siempre la tierra.

Pero los muchachos se reían de esto, y al fin Wang Lung se levantaba, sintiéndose únicamente como un huésped en los departamentos de sus hijos.

Y pasado algún tiempo no volvió más, pero a veces le preguntaba a Cuckoo:

¿Están ya en paz mis dos nueras, después de todos estos años?

Y Cuckoo escupió en el suelo y respondió:

– ¿Esas? Están en paz como los gatos que se observan. Pero el hijo mayor empieza a cansarse de las continuas querellas de su esposa… Es una mujer demasiado digna para un hombre, y se pasa la vida hablando de lo que hacían en casa de su padre, y acaba por cansar. Se habla de que vuestro hijo quiere tomar otra esposa. Va a menudo a las casas de té.

– ¡Ah! -dijo Wang Lung.

Pero cuando quiso pensar en ello, su interés en el asunto se desvaneció y sin darse cuenta se halló pensando en su té y en que el airecillo primaveral soplaba frío sobre sus hombros.

Otra vez le preguntó a Cuckoo:

– ¿Y sabe alguien algo de mi hijo menor, y en dónde ha estado todo este tiempo?

Y Cuckoo contestó, pues no ocurría nada en aquella casa que ella no supiera:

– Bueno, no escribe nunca, pero de vez en cuando llega alguien del Sur y dice que es un oficial militar y bastante importante dentro de una cosa que llaman allí revolución; pero no sé lo que es esto…, quizás algún negocio.

Y Wang Lung dijo otra vez:

– !Ah!

Y hubiera pensado en ello, pero estaba cayendo la noche y los huesos le dolían en el aire que soplaba, crudo y helado, cuando el sol se ponía. Sus pensamientos iban ahora hacia donde querían y no podía fijarlos largamente en una misma cosa. Y la necesidad que sentía su viejo cuerpo de comida y de té caliente era más fuerte que todo. Pero por la noche, cuando tenía frío, el cuerpo cálido y joven de Flor de Peral yacía contra él y se sentía consolado en su vejez con el dulce calor que entibiaba su lecho.