– La cámara. -Casi se había olvidado de que la llevaba colgada del cuello hasta que Barbara la señaló-. ¿Es digital?
– Claro, es la de Pete Freeman. -Iba a preguntar por qué cuando se dio cuenta-. Crees que la Cúpula la estropeará.
– Eso en el mejor de los casos -dijo Barbie-. Recuerda lo que le pasó al marcapasos del jefe Perkins.
– Mierda -exclamó ella-. ¡Mierda! Quizá aún tenga mi vieja Kodak en el maletero.
Lissa y Cox se miraron el uno al otro con igual fascinación, según le pareció a Barbie.
– ¿Qué van a hacer? -preguntó Lissa-. ¿Va a haber otra explosión?
Cox dudó pero Barbie se apresuró a decir:
– Más le vale que se lo diga, coronel. Si no lo hace, lo haré yo.
Cox lanzó un suspiro.
– Insiste en su política de total transparencia, ¿verdad?
– ¿Por qué no? Si esto sale bien, los habitantes de Chester's Mills lo pondrán por las nubes. El único motivo por el que no suelta prenda es porque está acostumbrado a no hacerlo.
– No. Es lo que me han ordenado mis superiores.
– Están en Washington -dijo Barbie-. Y la prensa está en Castle Rock, y lo más probable es que todos estén viendo porno en los canales de cable de pago. Aquí solo estamos nosotros.
Cox lanzó un suspiro y miró hacia la marca del tamaño de una puerta que habían hecho con spray en la Cúpula.
– Es el lugar en el que los hombres que llevan los trajes protectores derramarán nuestro compuesto experimental. Si tenemos suerte, el ácido abrirá un agujero en la Cúpula y luego podremos romper la zona marcada como uno rompe un trozo de cristal de una ventana después de usar un cortavidrios.
– ¿Y si no tenemos suerte? -preguntó Barbie-. ¿Y si la Cúpula se descompone y desprende un gas venenoso que nos mata a todos? ¿Para eso son las máscaras?
– De hecho -respondió Cox-, los científicos creen que es más probable que el ácido cause una reacción química que provoque que la Cúpula empiece a arder. -Vio la expresión de pánico de Lissa y añadió-: Pero consideran que ambas posibilidades son muy remotas.
– Claro -exclamó Lissa, dando vueltas al anj-, porque no son ellos los que van a morir gaseados o quemados.
Cox añadió:
– Entiendo su preocupación, señora…
– Melissa -lo corrigió Barbie. De repente le pareció importante que Cox se diera cuenta de que esa gente que se encontraba bajo la Cúpula eran personas de verdad, algo más que unos cuantos miles de contribuyentes-. Melissa Jamieson. Lissa para los amigos. Es la bibliotecaria del pueblo. También es consejera académica de los alumnos de secundaria y da clases de yoga, creo.
– Tuve que dejarlo -dijo Lissa con una sonrisa inquieta-. Demasiadas cosas a la vez.
– Encantado de conocerla, señora Jamieson -dijo Cox-. Mire, es un riesgo que vale la pena correr.
– Si opináramos lo contrario, ¿podríamos detenerlos? -preguntó ella.
Cox se escabulló con una evasiva.
– No hay ninguna prueba de que esta cosa, sea lo que sea, se esté debilitando o biodegradando. A menos que podamos atravesarla, creemos que podrían pasar una buena temporada ahí dentro.
– ¿Tienen alguna idea de su origen? ¿Alguna teoría?
– Ninguna -respondió Cox, pero apartó la mirada como la había apartado Big Jim en su conversación con Rusty Everett.
Barbie pensó: ¿Por qué miente? ¿Ha sido otra vez un acto reflejo? ¿Acaso cree que los civiles son como champiñones, que hay que mantenerlos a oscuras y darles mierda para comer? Seguramente se debía a todo eso. Pero lo ponía nervioso.
– ¿Es fuerte? -preguntó Lissa-. Su ácido… ¿es fuerte?
– Es el más corrosivo que existe, por lo que sabemos -contestó Cox, y Lissa retrocedió dos pasos.
Cox se volvió hacia los hombres que llevaban los trajes espaciales.
– ¿Estáis listos?
Hicieron un gesto afirmativo con los pulgares, enfundados en guantes. Detrás de ellos, cesó toda la actividad. Los soldados observaban inmóviles, con las manos sobre las máscaras antigás.
– Vamos a empezar -dijo Cox-. Barbie, le aconsejo que esas dos bellas damas y usted se alejen unos cincuenta metros como mínimo de…
– Fijaos en las estrellas -dijo Julia con voz suave y atemorizada. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás, y Barbie vio en su cara de asombro la niña que había sido treinta años atrás.
Barbara también alzó la cabeza y vio la Osa Mayor, Orión. Todas en su sitio… Sin embargo, parecían desenfocadas y se habían vuelto rosa. La Vía Láctea se había convertido en un chicle que abarcaba toda la bóveda celeste de la noche.
– Cox -dijo Barbie-. ¿Ve eso?
El coronel alzó la vista.
– ¿Si veo el qué? ¿Las estrellas?
– ¿Qué aspecto tienen desde ahí fuera?
– Bueno… Brillan mucho, claro. Aquí no hay contaminación lumínica. -Entonces se le ocurrió algo y chasqueó los dedos-. ¿Ustedes qué ven? ¿Han cambiado de color?
– Son preciosas -dijo Lissa. Tenía los ojos muy abiertos y brillantes-. Pero también dan miedo.
– Son de color rosa -añadió Julia-. ¿Qué está ocurriendo?
– Nada -respondió Cox, pero parecía incómodo.
– ¿Qué? -preguntó Barbie-. Desembuche. -Y añadió sin pensarlo-: Señor.
– Hemos recibido el informe meteorológico a las siete de la tarde. Ponía especial énfasis en el viento. Solo por si acaso… bueno, solo por si acaso. Dejémoslo ahí. Actualmente la corriente en chorro ha llegado hasta Nebraska o Kansas por el oeste, se ha extendido por el sur y luego llegará a la costa Este. Es un patrón habitual para finales de octubre.
– ¿Y eso qué tiene que ver con las estrellas?
– A medida que se aproxima al norte, la corriente pasa por muchas ciudades y localidades industriales. Todo lo que arrastra de esos sitios se está quedando incrustado en la Cúpula en lugar de subir hasta el norte, hasta Canadá y el Ártico. Se ha acumulado tal cantidad que ha creado una especie de filtro óptico. Estoy convencido de que no es peligroso…
– Aún no -dijo Julia-. Pero ¿y dentro de una semana o un mes? ¿Regarán nuestro espacio aéreo a treinta mil pies de altura cuando todo se oscurezca?
Antes de que Cox pudiera responder, Lissa Jamieson dio un grito y señaló el cielo. Luego se tapó la cara.
Las estrellas rosadas estaban cayendo y dejaban una estela rosada tras ellas.
15
– Más drogas -dijo Piper con voz ausente mientras Rusty le auscultaba el corazón.
El auxiliar médico le dio unas palmaditas en la mano derecha; en la izquierda tenía muchas heridas.
– Basta de drogas -dijo-. Oficialmente estás colocada.
– Jesús quiere que tome más drogas -dijo Piper con la misma voz soñadora-. Quiero colocarme para hacer un viaje a tierras desconocidas.
– El único viaje que vas a hacer es a tierras de Morfeo, pero lo tendré en cuenta.
Piper se incorporó. Rusty intentó que se tumbara de nuevo, pero solo se atrevió a tocarle el hombro derecho, y eso no le bastó.
– ¿Podré irme de aquí mañana? Tengo que ir a ver al jefe Randolph. Esos chicos violaron a Sammy Bushey.
– Y podrían haberte matado -replicó él-. Se te dislocara el hombro o no, tuviste mucha suerte de caer de ese modo. Ya me ocuparé yo de Sammy.
– Esos policías son peligrosos. -Piper le cogió la muñeca con la mano derecha-. No pueden seguir siendo policías. Harán daño a alguien más. -Se lamió los labios-. Tengo la boca muy seca.
– De eso ya me encargo yo, pero tendrás que tumbarte.
– ¿Extrajisteis muestras de esperma a Sammy? ¿Puedes compararlas con las de los chicos? Si puedes, acosaré a Peter Randolph hasta que los obligue a proporcionarlas. Lo acosaré día y noche.
– No tenemos la tecnología necesaria para comparar muestras de ADN -dijo Rusty. Además, no hay muestras de esperma porque Gina Buffalino la lavó, a petición de la propia Sammy-. Voy a buscarte algo de beber. Todas las neveras, excepto las del laboratorio, están apagadas para ahorrar energía, pero hay una nevera de camping en la sala de enfermería.