Выбрать главу

– Quédate aquí un momento -dijo Barbie, aunque Rose no daba muestras de querer moverse; estaba hipnotizada, aferrando el megáfono entre sus pechos.

Barbie encontró a Julia sacando fotografías de las cajas registradoras saqueadas.

– Deja eso y ven conmigo -dijo.

– No, tengo que hacerlo, no hay nadie más. No sé dónde está Pete Freeman, y Tony…

– No tienes que fotografiarlo, tienes que detenerlo. Antes de que pase algo mucho peor. -Señaló a Fern Bowie, que pasaba por delante de ellos con una cesta cargada en una mano y una cerveza en la otra. Tenía la ceja partida y le corría la sangre por la cara, pero Fern parecía la mar de contento.

– ¿Cómo?

La llevó junto a Rose.

– ¿Preparada, Rose? Ha llegado la hora del espectáculo.

– Es que… Bueno…

– Recuerda: serena. No intentes detenerlos; solo intenta bajar la temperatura.

Rose respiró hondo, después se llevó el megáfono a la boca:

– HOLA A TODOS, SOY ROSE TWITCHELL, DEL SWEETBRIAR ROSE.

Hay que decir en su favor que sí que sonó serena. La gente miró alrededor al oír su voz; no porque sonara apremiante, como sabía Barbie, sino todo lo contrario. Lo había visto en Tikrit, Faluya, Bagdad. Sobre todo después de bombardeos en lugares públicos, cuando llegaban la policía y los transportes de tropas.

– POR FAVOR, TERMINAD VUESTRAS COMPRAS LO MÁS RÁPIDA Y CALMADAMENTE POSIBLE.

Unas cuantas personas soltaron una risa al oír eso, después se miraron unos a otros como si volvieran en sí. En el pasillo 7, Carla Venziano, avergonzada, ayudó a Henrietta Clavard a ponerse de pie. Hay suficiente Texmati para las dos, se dijo Carla. Pero ¿en qué estaba pensando, por el amor de Dios?

Barbie asintió con la cabeza para decirle a Rose que continuara y movió los labios formando la palabra «café». Oyó, a lo lejos, la dulce sirena de una ambulancia que se acercaba.

– CUANDO HAYÁIS ACABADO, VENID AL SWEETBRIAR A TOMAR UN CAFÉ. ESTARÁ RECIÉN HECHO, INVITA LA CASA.

Unos cuantos aplaudieron. Un vozarrón soltó:

– ¿Y quién quiere café? ¡Tenemos CERVEZA! -La ocurrencia fue recibida con risas y alaridos.

Julia pellizcó a Barbie en el brazo. Tenía la frente arrugada, con un ceño que a Barbie le pareció muy republicano.

– No están comprando; están robando.

– ¿Quieres escribir un editorial o sacarlos de aquí antes de que maten a alguien por un paquete de Blue Mountain Torrefacto? -preguntó.

Ella lo pensó mejor y asintió, su ceño dejó paso a esa sonrisa introspectiva que a Barbie empezaba a gustarle muchísimo.

– Tiene usted algo de razón, coronel -dijo.

Barbie se volvió hacia Rose, gesticuló como si diera vueltas a una manivela, y Rose empezó otra vez. Acompañó a las dos mujeres recorriendo todos los pasillos, empezando por las secciones prácticamente arrasadas de delicatessen y lácteos, en busca de alguien que pudiera estar lo bastante encendido como para ofrecer resistencia. No había nadie. Rose iba ganando confianza y el súper se iba calmando. La gente se marchaba. Muchos empujaban carritos cargados con los productos del pillaje, pero Barbie seguía tomándolo por una buena señal. Cuanto antes salieran de allí, mejor, no importaba cuántas porquerías se llevaran con ellos… y la clave era que oyeran que los llamaban compradores en lugar de ladrones. Devuélvele a un hombre o a una mujer el respeto por sí mismo, en la mayoría de los casos -no siempre, pero sí en la mayoría- también le estarás devolviendo la capacidad de pensar con algo de claridad.

Anson Wheeler se unió a ellos empujando un carro de la compra lleno de provisiones. Parecía algo avergonzado y le sangraba un brazo.

– Alguien me ha dado con un bote de olivas -explicó-. Ahora huelo a sándwich italiano.

Rose le pasó el megáfono a Julia, que se puso a transmitir el mismo mensaje en el mismo tono agradable: Terminen, compradores, y salgan de manera ordenada.

– No podemos llevarnos todo esto -dijo Rose, señalando el carro de Anson.

– Pero lo necesitamos, Rosie -dijo él. Su tono parecía de disculpa, pero sonó firme-. Lo necesitamos de verdad.

– Pues entonces dejaremos algo de dinero -dijo ella-. Bueno, si es que no me han robado el bolso de la furgoneta.

– Humm… No creo que vaya a funcionar -dijo Anson-. Unos tipos han robado el dinero de las cajas. -Había visto qué tipos eran, pero no quería decirlo. Al menos mientras la directora del periódico local caminaba a su lado.

Rose estaba horrorizada.

– ¿Qué ha pasado aquí? En el nombre de Dios, pero ¿qué ha pasado?

– No lo sé -respondió Anson.

Fuera, la ambulancia aparcó y su sirena se extinguió en un gruñido. Uno o dos minutos después, mientras Barbie, Rose y Julia seguían peinando los pasillos con el megáfono (la muchedumbre ya iba decreciendo), alguien detrás de ellos dijo:

– Ya basta. Denme eso.

Barbie no se sorprendió al ver al jefe Randolph en acción y de punta en blanco con su uniforme de gala. Por fin se presentaba, a buenas horas… Como estaba previsto.

Rose estaba al megáfono ensalzando las virtudes del café gratis del Sweetbriar. Randolph se lo quitó de las manos e inmediatamente se puso a dar órdenes y soltar amenazas:

– ¡MÁRCHENSE! ¡LES HABLA EL JEFE PETER RANDOLPH, LES ORDENO QUE SE MARCHEN YA! ¡DEJEN LO QUE LLEVAN EN LAS MANOS Y MÁRCHENSE YA! ¡SI SUELTAN LO QUE LLEVAN EN LAS MANOS Y SE VAN, TODAVÍA PUEDEN EVITAR QUE LOS DENUNCIEN!

Rose miró a Barbie, consternada. Él se encogió de hombros. No importaba. El espíritu de la turba ya había desaparecido. Los policías que seguían en pie (Carter Thibodeau incluido, tambaleándose pero en pie) empezaron a apremiar a la gente para que saliera. Cuando los «compradores» no quisieron dejar sus cestas llenas, los polis tiraron al suelo unas cuantas, y Frank DeLesseps volcó un carro repleto. Lucía un rostro adusto, pálido, enfadado.

– ¿Quiere decirles a esos chicos que dejen de hacer eso? -le dijo Julia a Randolph.

– No, señorita Shumway, no quiero -respondió Randolph-. Esa gente son saqueadores y como tales se los trata.

– ¿De quién es la culpa? ¿Quién ha cerrado el súper?

– Apártese de en medio -dijo Randolph-. Tengo trabajo que hacer.

– Qué lástima que no estuviera aquí cuando han entrado a la fuerza -comentó Barbie.

Randolph se lo quedó mirando. Su mirada era hostil pero parecía satisfecha. Barbie suspiró. En algún lugar había un reloj que no se detenía. Él lo sabía, y Randolph también. Pronto sonaría la alarma. De no ser por la Cúpula, podría huir. Sin embargo, claro está, de no ser por la Cúpula nada de eso estaría pasando.

Allá delante, Mel Searles intentaba quitarle a Al Timmons su cesta cargada. Como Al no quiso dársela, Mel se la arrebató… y luego tiró al anciano al suelo. Al gritó de dolor, vergüenza e indignación. El jefe Randolph rió. Fue un sonido breve, cortante, sin gracia (¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!), y en él Barbie creyó oír aquello en lo que pronto se convertiría Chester's Mill si la Cúpula no se alzaba.

– Vamos, señoras -dijo-. Salgamos de aquí.

13

Rusty y Twitch estaban alineando a los heridos, más o menos una docena en total, a lo largo de la pared de hormigón del supermercado cuando salieron Barbie, Julia y Rose. Anson estaba de pie junto a la furgoneta del Sweetbriar, apretándose la herida sangrante del brazo con una toallita de papel.

La expresión de Rusty era adusta, pero al ver a Barbie se animó un poco.

– Eh, compañero. Tú te quedas conmigo esta mañana. De hecho, eres mi nuevo enfermero titulado.

– Sobrevaloras una barbaridad mi criterio para cribar pacientes -dijo Barbie, pero se acercó.

Linda Everett pasó corriendo junto a Barbie y se lanzó a los brazos de Rusty. Él la estrechó brevemente.