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Norrie, por su parte, no añadió ninguna réplica y se limitó a mirar con interés a Joe, que estaba colocando el calcetín sobre la alfombra del salón y lo alisaba con la palma de la mano.

– Esto es Chester's Mills -dijo Joe-. La misma forma, ¿verdad?

– Ahí le has dado -convino Benny-. Nuestro destino es vivir en un pueblo que se parece a uno de los calcetines de deporte de Joe McClatchey.

– O al zapato de la anciana del cuento -añadió Norrie.

– «Había una vez una anciana que vivía en un zapato» -recitó la señora McClatchey. Estaba sentada en el sofá con la fotografía de su marido en el regazo, igual que cuando la señorita Shumway se había presentado con el contador Geiger, ya entrada la tarde del día anterior-. «Tenía tantos hijos que no sabía qué hacer.»

– Muy buena, mamá -dijo Joe, intentando no reírse. La versión de instituto había modificado el cuento a: «Tenía tantos hijos que ya se le había caído el coño».

Volvió a mirar el calcetín.

– Bueno, ¿tiene centro un calcetín?

Benny y Norrie lo pensaron. Joe les dejó tiempo. El hecho de que tal pregunta pudiera interesarles era una de las cosas que le molaban de ellos.

– No como un círculo o un cuadrado -dijo Norrie al final-. Eso son formas geométricas.

Benny añadió:

– Supongo que un calcetín también es una forma geométrica, técnicamente, aunque no sé cómo se llamaría. ¿Un calcetágono?

Norrie rió. Incluso Claire sonrió un poco.

– En el mapa, Mills se parece más bien a un hexágono -dijo Joe-, pero eso no importa. Usemos solo el sentido común.

Norrie señaló el lugar del calcetín donde el final de la forma del pie se unía a la recta de la pierna.

– Ahí. Ese es el centro.

Joe lo marcó con la punta de un rotulador.

– Me parece que esa mancha no saldrá, señorito. Claire suspiró-. Pero de todas formas necesitas unos nuevos, supongo. -Y, antes de que el niño pudiera hacer la siguiente pregunta, dijo-: En un mapa, eso sería más o menos donde está la plaza del pueblo. ¿Es ahí donde vais a buscar?

– Es donde buscaremos primero -dijo Joe, algo desinflado al ver que lo habían dejado sin su bomba informativa.

– Porque, si hay un generador -caviló la señora McClatchey-, crees que debería estar en el centro de la localidad. O lo más cerca posible del centro.

Joe asintió.

– Guay, señora McClatchey -dijo Benny, que levantó una mano-. Choque esos cinco, madre de mi hermano del alma.

Con una débil sonrisa, sosteniendo aún la fotografía de su marido, Claire McClatchey chocó los cinco con Benny. Después dijo:

– Al menos la plaza del pueblo es un lugar seguro. -Se detuvo a pensarlo; frunció un poco el ceño-. Eso espero, por lo menos, aunque en realidad, ¿quién sabe?

– No se preocupe -dijo Norrie-. Yo los vigilaré.

– Solo prometedme que, si al final encontráis algo, dejaréis que los expertos se ocupen de todo -dijo Claire.

Mamá, pensó Joe, me parece que a lo mejor resulta que los expertos somos nosotros. Pero no lo dijo. Sabía que eso la alteraría más aún.

– Tiene mi palabra -dijo Benny, y volvió a levantar la mano-. Esos cinco otra vez, oh, madre de mi…

Esta vez la mujer no despegó las manos de la fotografía.

– Te quiero, Benny, pero a veces me agotas.

El niño sonrió con tristeza.

– Eso mismo me dice mi madre.

5

Joe y sus amigos caminaron cuesta abajo hacia el quiosco de música que había en el centro de la plaza del pueblo. Detrás de ellos, el Prestile murmuraba. Ya estaba más bajo, la Cúpula hacía de presa en el punto por el que el río entraba en Chester's Mills, en el noroeste. Si la Cúpula seguía allí al día siguiente, Joe creía que aquello se convertiría en un barrizal.

– Vale -dijo Benny-. Ya basta de hacer el vago. Es hora de que los chicos de las tablas salven Chester's Mills. Dale caña a ese trasto.

Con cuidado (y con verdadera reverencia), Joe sacó el contador Geiger de la bolsa de la compra. Hacía tiempo que la pila que lo alimentaba era un soldado muerto y que los terminales estaban llenos de porquería, pero un poco de bicarbonato había dado cuenta de la corrosión, y Norrie había encontrado no solo una, sino tres pilas secas de seis voltios en el armario de las herramientas de su padre. «Es un bicho raro cuando se trata de pilas -había confesado Norrie-, y se matará intentando aprender a hacer skate, pero lo quiero.»

Joe puso el pulgar sobre el interruptor de encendido y luego los miró muy serio.

– ¿Sabéis? Podría ser que esto no detectara nada de nada y, aun así, que hubiera un generador, pero uno que emita ondas alfa o bet…

– ¡Dale ya, por el amor de Dios! -exclamó Benny-. Tanto suspense me está matando.

– Tiene razón -dijo Norrie-. Dale.

Pero sucedió algo interesante. Habían probado el contador Geiger un montón de veces por la casa de Joe y funcionaba bien: cuando lo probaron sobre un viejo reloj con esfera de radio, la aguja se había agitado considerablemente. Lo habían probado todos por turnos. Sin embargo, ahora que estaban ahí fuera (in situ, por así decir), Joe se quedó paralizado. Tenía la frente perlada de sudor. Sentía cómo las gotas aparecían y se preparaban para deslizarse.

Podría haberse quedado allí quieto un buen rato si Norrie no hubiera puesto una mano encima de la suya. Luego Benny añadió también la de él. Los tres acabaron pulsando juntos el interruptor. La aguja de la ventanilla CÓMPUTO POR SEGUNDO saltó de inmediato a +5, y Norrie le apretó el hombro a Joe. Después descendió hasta +2, y la niña aflojó la mano. No tenían experiencia con medidores de radiación, pero todos supusieron que no estaban viendo más que una medición de radiación de fondo.

Poco a poco, Joe caminó alrededor del quiosco de música alargando el sensor Geiger-Müller, sujeto por un cable en espiral estilo telefónico. La luz de encendido emitía una lucecita ámbar claro y la aguja bailaba un poco de vez en cuando, pero casi siempre estaba cerca del extremo cero del cuadrante. Los pequeños saltitos que veían debían de causarlos sus propios movimientos. Joe no estaba sorprendido (parte de él sabía que no iba a ser tan fácil), pero al mismo tiempo se sentía amargamente decepcionado. Era realmente asombroso lo bien que se complementaban la decepción y la ausencia de sorpresa; eran como Zipi y Zape.

– Déjame a mí -dijo Norrie-. A lo mejor tengo más suerte.

Joe se lo cedió sin protestar. Durante toda la hora siguiente, más o menos, peinaron la plaza del pueblo sosteniendo el contador Geiger por turnos. Vieron un coche que bajaba por Mills Street, pero no vieron a Junior Rennie (que volvía a encontrarse mejor) al volante. Tampoco él los vio a ellos. Una ambulancia bajó a toda pastilla por la cuesta del Ayuntamiento en dirección al Food City, con las luces del techo encendidas y la sirena aullando. A la ambulancia sí que le prestaron unos instantes de atención, pero volvían a estar absortos en lo suyo cuando Junior reapareció poco después, esta vez al volante del Hummer de su padre.

No llegaron a utilizar el Frisbee que habían llevado para disimular; estaban demasiado concentrados. Tampoco importó. Pocos de los vecinos que volvían a sus casas se molestaron en mirar hacia la plaza. Algunos estaban heridos. La mayoría acarreaban alimentos liberados, y algunos empujaban carritos de la compra cargados hasta los topes. Casi todos parecían avergonzados de sí mismos.

Hacia el mediodía, Joe y sus amigos estaban dispuestos a rendirse. También tenían hambre.

– Vamos a mi casa -dijo Joe-. Mi madre nos preparará algo de comer.

– Genial -dijo Benny-. Espero que sea chop suey. Tu madre hace un chop suey de muerte.

– Antes, ¿podemos cruzar por el Puente de la Paz e intentarlo en el otro lado? -preguntó Norrie.