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Joe se encogió de hombros.

– Vale, pero allí no hay nada más que bosque. Además, nos alejaremos del centro.

– Sí, pero… -No acabó la frase.

– Pero ¿qué?

– Nada. Es solo una idea. Seguramente estúpida.

Joe miró a Benny. Benny se encogió de hombros y pasó el contador Geiger a Norrie.

Regresaron al Puente de la Paz y se colaron bajo la floja cinta de precinto policial. La pasarela estaba en penumbra, pero no tanto como para que Joe no pudiera mirar por encima del hombro de Norrie y ver que la aguja del contador Geiger empezó a moverse en cuanto pasaron de la mitad, caminando en fila india para no sobrecargar demasiado los tablones podridos. Cuando salieron por el otro lado, un cartel les informó: ESTÁN ABANDONANDO LA PLAZA DEL PUEBLO DE CHESTER'S MILL, CONST. 1808. Un sendero hollado subía por una ladera de robles, fresnos y hayas. Su follaje otoñal colgaba sin vida, parecía más sombrío que alegre.

Cuando llegaron al pie de ese sendero, la aguja de la ventanilla de CÓMPUTO POR SEGUNDO estaba entre +5 y +10. Más allá de +10, el calibrado del medidor ascendía abruptamente a +500 y luego a +1.000. El límite superior del cuadrante estaba marcado en rojo. La aguja estaba a kilómetros por debajo de eso, pero Joe estaba bastante seguro de que la posición de esos momentos indicaba algo más que un cómputo de radiación de fondo.

Benny miraba el temblor de la aguja, pero Joe miraba a Norrie.

– ¿Cuál era esa idea? -le preguntó-. No tengas miedo de soltarla, al final no parece que haya sido una idea tan estúpida.

– No -convino Benny. Dio unos golpecitos a la ventanilla de CÓMPUTO POR SEGUNDO. La aguja saltó, después volvió a estabilizarse en +7 o +8.

– Se me ha ocurrido que un generador y un transmisor son prácticamente lo mismo -dijo Norrie-. Y un transmisor no tiene por qué estar en el centro, solo ha de estar muy alto.

– La torre de la WCIK no lo está -dijo Benny-. Simplemente se halla en un claro, atronando a todo el mundo con su Radio Jesús. La he visto.

– Sí, pero esa cosa es…, no sé, superpoderosa -repuso Norrie-. Mi padre dijo que tiene cien mil vatios o algo así. A lo mejor lo que estamos buscando tiene un radio de acción más pequeño. Así que entonces he pensado: «¿Cuál es la parte más alta de la ciudad?».

– Black Ridge -dijo Joe.

– Black Ridge -repitió ella, y alzó un pequeño puño.

Joe lo golpeó con el suyo, luego señaló:

– Por allí, a un kilómetro y medio. Puede que dos. -Dirigió el sensor Geiger-Müller hacia aquel lugar y los tres contemplaron, fascinados, cómo la aguja subía a +10.

– No me jodas… -dijo Benny.

– Quizá cuando cumplas los cuarenta -dijo Norrie. Dura como siempre… aunque se había puesto colorada. Solo un poco.

– En Black Ridge Road hay un campo de árboles frutales -dijo Joe-. Desde allí se ve todo Chester's Mills… También el TR-90. Al menos eso es lo que dice mi padre. Podría estar allí. Norrie, eres un genio. -Al final no tuvo que esperar a que ella lo besara. Él mismo hizo los honores, aunque no se atrevió a acercarse más que a la comisura de sus labios.

A ella pareció gustarle, pero entre sus ojos seguía habiendo una línea ceñuda.

– A lo mejor no significa nada. Tampoco es que la aguja se esté volviendo loca. ¿Podemos ir hasta allí con las bicis?

– ¡Claro! -exclamó Joe.

– Después de comer -añadió Benny. Se consideraba el sensato del grupo.

6

Mientras Joe, Benny y Norrie estaban comiendo en casa de los McClatchey (sí que había chop suey) y Rusty Everett, con ayuda de Barbie y de las dos adolescentes, se ocupaba de los heridos de los disturbios del supermercado en el Cathy Russell, Big Jim Rennie estaba sentado en su estudio, repasando una lista en la que iba marcando los puntos solucionados.

Vio que su Hummer llegaba de nuevo por el camino de entrada y marcó otro punto: ya habían dejado a Brenda con los demás. Pensó que estaba preparado; al menos todo lo preparado que podía estar. Aunque la Cúpula desapareciera esa misma tarde, creía que tenía el trasero bien cubierto.

Junior entró y dejó las llaves del Hummer en el escritorio de Big Jim. Estaba pálido y le hacía falta un buen afeitado más que nunca, pero ya no parecía un muerto viviente. Tenía el ojo izquierdo rojo, pero no llameante.

– ¿Todo arreglado, hijo?

Junior asintió.

– ¿Iremos a la cárcel? -Hablaba casi con curioso desinterés.

– No -dijo Big Jim. La idea de que pudiera ir a la cárcel nunca se le había pasado por la cabeza, ni siquiera cuando esa bruja de Brenda Perkins se había presentado allí y había empezado a soltar acusaciones. Sonrió-. Pero Dale Barbara sí.

– Nadie creerá que ha matado a Brenda Perkins.

Big Jim siguió sonriendo.

– Lo creerán. Están asustados y lo creerán. Así funcionan estas cosas.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque soy un estudioso de la historia. Alguna vez deberías probarlo. -A punto estuvo de preguntarle a Junior por qué había dejado Bowdoin; ¿lo había dejado, lo habían suspendido o lo habían invitado a marcharse? Sin embargo, aquel no era el momento ni el lugar. En vez de eso, le preguntó a su hijo si podía hacerle otro recado.

Junior se frotó la sien.

– Supongo. Ya que estamos, uno más…

– Necesitarás ayuda. Imagino que podrás llevarte a Frank, aunque yo preferiría a ese tal Thibodeau, si es que hoy es capaz de moverse por ahí. Pero Searles no. Es buen tipo, pero es estúpido.

Junior no abrió la boca. Big Jim se preguntó otra vez qué le pasaba al chico. Aunque ¿de verdad quería saberlo? A lo mejor cuando esa crisis hubiera terminado. Mientras tanto, tenía muchas cazuelas en el fuego y la cena iba a servirse pronto.

– ¿Qué quieres que haga?

– Déjame comprobar antes una cosa. -Big Jim sacó su móvil. Cada vez que lo hacía, esperaba encontrarlo estropeado y tener que tirarlo a la basura, pero seguía funcionando. Al menos para realizar llamadas dentro del pueblo, que era lo único que le importaba.

Seleccionó el número de la comisaría. El teléfono sonó tres veces en el garito de la policía antes de que Stacey Moggin contestara. Parecía agobiada, no respondió con voz profesional como siempre. A Big Jim no le sorprendió, dado el jaleo de la mañana; de fondo se oía un buen alboroto.

– Policía -dijo ella-. Si no es una emergencia, por favor, cuelgue y llame más tarde. Estamos liadísim…

– Soy Jim Rennie, cielo. -Sabía que Stacey detestaba que la llamaran «cielo». Por eso lo hacía-. Ponme con el jefe. Y deposita.

– Ahora mismo está intentando separar a dos que se están peleando a puñetazos delante del mostrador -contestó ella-. A lo mejor podría llamar más tar…

– No, no puedo llamar más tarde -replicó Big Jim-. ¿Crees que estaría llamando si esto no fuese importante? Tú ve allí, cielo, y rocía al más agresivo de los dos con el spray de pimienta. Después envía a Pete a su despacho para que…

Stacey no le dejó terminar y tampoco lo puso en espera. El teléfono golpeó el mostrador con gran estrépito. Big Jim no perdió la compostura; cuando sacaba a alguien de sus casillas, le gustaba saberlo. Muy a lo lejos, oyó que alguien llamaba a alguien «hijoputa ladrón». Eso le hizo sonreír.

Un momento después sí que lo pusieron en espera, pero Stacey no se molestó siquiera en informarle. Big Jim escuchó un rato los instructivos consejos de McGruff, el Perro Comisario. Después alguien cogió el teléfono. Era Randolph, que parecía estar sin aliento.

– Habla deprisa, Jim, porque esto es una casa de locos. Los que no han acabado en el hospital con varias costillas rotas o algo parecido están que echan humo. Cada uno culpa al otro. Estoy intentando no ocupar las celdas de abajo, pero es como si la mitad de ellos quisieran acabar ahí metidos.

– ¿Aumentar los efectivos de la policía te parece mejor idea hoy, jefe?