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– Me gustan los pueblos donde la gente hace prácticas de tiro -dijo Benny-. Hace que me sienta a salvo de El Caide.

– Es Al-Qaida, cazurro -le soltó Joe.

Benny negó con la cabeza, sonriendo con indulgencia.

– Hablo de El Caide, el terrible bandido mexicano al que trasladaron al oeste de Maine para evitar…

– Vamos a ver qué dice el contador Geiger -dijo Norrie, bajando de la bici.

El contador volvía a estar en la cesta de la High Plains Schwinn de Benny. Lo habían acomodado entre unas cuantas toallas viejas del cesto de ropa inservible de Claire. Benny lo sacó y se lo dio a Joe; su carcasa amarilla era lo más brillante en aquel neblinoso paisaje. La sonrisa de Benny había desaparecido.

– Hazlo tú. Yo estoy demasiado nervioso.

Joe se quedó mirando el contador Geiger y luego se lo pasó a Norrie.

– Caguetas -dijo ella, aunque sin mala intención, y lo encendió.

La aguja se puso inmediatamente a +50. Joe le clavó la mirada y sintió que de pronto el corazón le latía en la garganta en lugar de en el pecho.

– ¡Caray! -dijo Benny-. ¡Hemos despegado!

Norrie miró la aguja, que se mantenía estable (aunque todavía a medio cuadrante de distancia del color rojo), y luego miró a Joe.

– ¿Seguimos?

– Joder, claro -dijo él.

12

En la comisaría no había problemas con la electricidad; al menos todavía. Un pasillo de baldosas verdes recorría el sótano todo a lo largo, bajo unos fluorescentes que proyectaban una luz deprimente e inalterable. Al amanecer o en noche cerrada, allí abajo siempre había un resplandor de mediodía. El jefe Randolph y Freddy Denton escoltaban a Barbie (si es que podía usarse esa palabra, teniendo en cuenta que sus manos lo aferraban con fuerza de los brazos) mientras bajaba la escalera. Las dos agentes mujeres, empuñando aún sus armas, los seguían por detrás.

A la izquierda quedaba la sala de archivo. A la derecha había un pasillo con cinco celdas; dos a cada lado y una al fondo. Esa última era la más pequeña, con un estrecho camastro que prácticamente colgaba encima del retrete de acero inoxidable sin taza, y a esa era a la que lo arrastraban.

Siguiendo órdenes de Pete Randolph (que a su vez las había recibido de Big Jim), incluso los personajes más violentos de los disturbios del supermercado habían quedado en libertad bajo su propia responsabilidad (¿adónde iban a ir?), y se suponía que todas las celdas estaban vacías. De manera que fue una sorpresa que Melvin Searles saliera disparado de la número 4, donde había estado esperando agazapado. Tenía la venda de la cabeza medio caída y se había puesto unas gafas de sol para disimular dos ojos moradísimos. Con una mano blandía un calcetín de deporte que tenía dentro algo que lo lastraba en la punta: una cachiporra casera. La primera y borrosa impresión de Barbie fue que estaba a punto de ser atacado por el Hombre Invisible.

– ¡Cabrón! -gritó Mel, y asestó un golpe con su arma.

Barbie se agachó. La porra silbó por encima de su cabeza y le dio a Freddy Denton en el hombro. Freddy gritó y soltó a Barbie. Tras ellos, las mujeres chillaron.

– ¡Asesino de mierda! ¿A quién has pagado para que me abra la cabeza? ¿Eh? -Mel cogió impulso de nuevo y esta vez le dio a Barbie en el bíceps del brazo izquierdo. El brazo pareció caer inerte.

Dentro del calcetín no había arena, sino un pisapapeles o algo por el estilo. Algo de cristal o de metal, seguramente, pero al menos era redondeado. Si hubiese tenido algún ángulo, Barbie habría sangrado.

– ¡Cabronazo de mierda! -rugió Mel, y volvió a agitar su calcetín cargado.

El jefe Randolph se hizo atrás, soltando también al prisionero. Barbie agarró el calcetín por la parte vacía e hizo una mueca de dolor cuando el peso de dentro chocó contra su muñeca. Tiró con fuerza y consiguió arrebatarle a Mel Searles su arma casera. Al mismo tiempo, a Mel se le cayó la venda por encima de las gafas de sol y le tapó los ojos.

– ¡Basta, basta! -gritó Jackie Wettington-. ¡Detente, prisionero, solo te lo advertiré una vez!

Barbie sintió un pequeño círculo frío entre sus dos omóplatos. No lo veía, pero supo sin mirar que Jackie lo estaba apuntando con su arma. Si me dispara, la bala entrará por ahí. Y es capaz de disparar, porque en una pequeña localidad donde casi no saben lo que son los problemas de verdad, hasta los profesionales son aficionados.

Soltó el calcetín. Lo que fuera que tenía dentro cayó dando un golpe en el linóleo. Después levantó las manos.

– ¡Señora, ya lo he soltado! -dijo-. ¡Señora, voy desarmado, por favor, baje la pistola!

Mel se apartó de los ojos la venda, que le cayó por la espalda, desenrollándose como si fuera el extremo del turbante de un swami. Le dio dos golpes a Barbie, uno en el plexo solar y otro en el hueco del estómago. Esta vez Barbie no estaba preparado, y el aire salió de sus pulmones como con una explosión, produciendo un sonido áspero: ¡PAH! Se dobló sobre sí mismo, después cayó de rodillas. Mel le descargó un puñetazo en la nuca (o quizá fuera Freddy por lo que Barbie sabía, podría haber sido el Jefe Sin Miedo en persona) y él se desplomó mientras el mundo se hacía cada vez más vago e impreciso. Salvo por una muesca en el linóleo. Eso sí lo veía muy bien. Con una claridad sobrecogedora, de hecho, y ¿por qué no? Estaba a solo un par de centímetros de sus ojos.

– ¡Parad, parad, parad de pegarle! -La voz provenía de muy lejos, pero Barbie estaba bastante seguro de que era la de la mujer de Rusty-. Se ha desplomado, ¿no veis que se ha desplomado?

A su alrededor, varios pies se arrastraron ejecutando una complicada danza. Alguien le pisó el trasero, tropezó, gritó «¡Joder!» y luego le dieron una patada en la cadera. Todo sucedía muy lejos. Quizá más tarde le dolería, pero en ese momento no era para tanto.

Unas manos lo agarraron y lo pusieron de pie. Barbie intentó levantar la cabeza, pero en general era más fácil dejarla colgando sin más. Lo empujaron casi a rastras por el pasillo hacia la celda del final, el linóleo verde resbalaba entre sus pies. ¿Qué había dicho Denton arriba? «Tu suite espera.»

Pero dudo que haya bombones en la almohada y que me hayan abierto las sábanas de la cama, pensó Barbie. Tampoco le importaba. Lo único que quería era que lo dejaran solo para lamerse las heridas.

A la entrada de la celda, alguien le puso un zapato en el culo para que se diera más prisa. Voló hacia delante, levantó el brazo derecho para evitar aterrizar de cara contra la pared de bloques de hormigón color verde. Intentó levantar también el brazo izquierdo, pero todavía lo tenía dormido desde el codo hacia abajo. Sin embargo, había conseguido protegerse la cabeza, y eso estaba bien. Rebotó, se tambaleó y después volvió a caer de rodillas, esta vez junto al catre, como si estuviera a punto de rezar antes de acostarse. Detrás de él, la puerta de la celda sonaba mientras se cerraba avanzando por su riel.

Barbie apoyó las manos en el camastro y se incorporó, el brazo izquierdo ya empezaba a funcionar un poco. Se volvió justo a tiempo para ver a Randolph alejándose con un agresivo paso jactancioso; los puños apretados, la cabeza gacha. Más allá de él, Denton estaba desenrollando lo que quedaba del vendaje de Searles mientras este lo fulminaba con la mirada (la fuerza de esa mirada perdía cierta efectividad debido a las gafas de sol, que se sostenían torcidas sobre su nariz). Más allá de los agentes varones, al pie de la escalera, estaban las mujeres. Ambas tenían idéntica expresión de consternación y confusión. El rostro de Linda Everett estaba más pálido que nunca, y Barbie creyó ver el brillo de las lágrimas en sus pestañas.