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– Sí, señor. Básicamente es como usted ha dicho. La puerta trasera no estaba cerrada con llave y he seguido mi olfato directamente hasta la despensa. Casi no podía creer lo que he encontrado allí.

– ¿Ha sido entonces cuando has visto la placa de identificación?

– Sí. No. Más o menos. He visto que Angie tenía algo en la mano… con una cadena… pero no podía distinguir lo que era, y tampoco quería tocar nada. -Junior bajó la mirada con modestia-. Sé que solo soy un novato.

– Bien hecho -dijo Randolph-. Muy sensato. Ya sabes que, si estuviéramos en circunstancias normales, tendríamos aquí a todo un equipo de forenses de la oficina del Fiscal General del Estado. Tendríamos a Barbara bien trincado, pero no estamos en circunstancias normales. Aun así, yo diría que con lo que tenemos es suficiente. Ha sido un imbécil al no darse cuenta de lo de la placa.

– He cogido el teléfono móvil y he llamado a mi padre. Por todo lo que había oído por la radio, he supuesto que usted estaría ocupado aquí…

– ¿Ocupado? -Randolph puso los ojos en blanco-. Hijo, no sabes ni la mitad del asunto. Has hecho bien llamando a tu padre. Prácticamente es miembro del cuerpo.

– Mi padre ha llamado a dos agentes, Fred Denton y Jackie Wettington, y han ido a casa de los McCaine. Linda Everett se nos ha unido mientras Freddy fotografiaba el escenario del crimen. Después Stewart Bowie y su hermano se han presentado con el coche fúnebre. Mi padre ha creído que era lo mejor porque en el hospital había mucho jaleo con lo de los disturbios y eso.

Randolph asintió.

– Bien hecho. Ayudar a los vivos, retirar a los muertos. ¿Quién ha encontrado la placa?

– Jackie. Le ha abierto la mano a Angie con un lápiz y enseguida se ha caído al suelo. Freddy ha sacado fotos de todo.

– Será muy útil en el juicio -dijo Randolph-, y tendremos que celebrarlo nosotros mismos si esa Cúpula no desaparece. Pero podemos hacerlo. Ya sabes lo que dice la Biblia: con fe, podemos mover montañas. ¿A qué hora has encontrado los cadáveres, hijo?

– A eso del mediodía. -Después de tomarme un tiempo para despedirme de mis amigas.

– Y ¿has llamado a tu padre enseguida?

– Enseguida no. -Junior miró a Randolph con franqueza-. Primero he salido fuera a vomitar. Estaban muy desfigurados por las palizas. En toda mi vida había visto nada parecido. -Dejó escapar un suspiro y tuvo cuidado de añadir un ligero temblor. Seguramente la grabadora no registraría ese temblorcillo, pero Randolph sí que lo recordaría-. Cuando he acabado de devolver ha sido cuando he llamado a mi padre.

– Vale, creo que eso es todo lo que necesito. -Ninguna pregunta más sobre la secuencia temporal ni sobre su «patrulla matutina»; ni siquiera la petición de que Junior redactara un informe (lo cual estaba muy bien, porque últimamente cada vez que se ponía a escribir acababa doliéndole la cabeza). Randolph se inclinó hacia delante para apagar la grabadora-. Gracias, Junior. ¿Por qué no te tomas el resto del día libre? Vete a casa y descansa. Se te ve destrozado.

– Quisiera estar aquí cuando lo interroguen, señor. A Barbara.

– Bueno, no tienes que preocuparte por perderte eso hoy. Vamos a darle veinticuatro horas para que se torture un poco. Ha sido idea de tu padre, una buena idea. Lo interrogaremos mañana por la tarde o por la noche, y tú estarás aquí. Te doy mi palabra. Lo vamos a interrogar con ganas.

– Sí, señor. Bien.

– Nada de esa tontería de leerle sus derechos.

– No, señor.

– Y, gracias a la Cúpula, tampoco se lo entregaremos al sheriff del condado. -Randolph miró a Junior con entusiasmo-. Hijo, este caso va a ser de verdad uno de esos de «lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas».

Junior no sabía si responder a eso «Sí, señor» o «No, señor» porque no tenía ni idea de lo que le estaba diciendo el idiota del otro lado del escritorio.

Randolph le sostuvo la mirada con entusiasmo durante unos segundos, o incluso algo más, como para asegurarse de que se estaban entendiendo. Luego dio una palmada y se puso en pie.

– Vete a casa, Junior. Tienes que estar afectado.

– Sí, señor, lo estoy. Y creo que lo conseguiré. Descansar, quiero decir.

– Tenía un paquete de cigarrillos en el bolsillo cuando el reverendo Coggins me sumergió -dijo Randolph en un nostálgico tono de recuerdo. Pasó un brazo por los hombros de Junior mientras caminaban hacia la puerta. El joven mantuvo su expresión de respeto y atención, aunque el peso de ese brazo enorme le daba ganas de gritar. Era como llevar una corbata de carne-. Se deshicieron, por supuesto. Y nunca volví a comprar otro paquete. Salvado de la hierba del demonio por el Hijo de Dios. ¿Qué te parece esa gracia divina?

– Espectacular -logró decir Junior.

– Brenda y Angie serán las que más atención reciban, desde luego, y es natural. Una ciudadana prominente y una joven con toda la vida por delante. Pero el reverendo Coggins también tenía sus seguidores. Por no hablar de la numerosa congregación que tanto lo quería.

Junior veía la mano de dedos rechonchos de Randolph con el rabillo del ojo. Se preguntó qué haría el jefe de policía si de repente volviera la cabeza y se los mordiera. Si le arrancara de un mordisco esos dedos, tal vez, y los escupiera en el suelo.

– No se olvide de Dodee. -No tenía ni idea de por qué lo había dicho, pero funcionó. La mano de Randolph cayó de su hombro. El hombre parecía conmocionado. Junior se dio cuenta de que sí se había olvidado de Dodee.

– Ay, Dios mío -dijo Randolph-. Dodee. ¿Alguien ha llamado a Andy para decírselo?

– No lo sé, señor.

– ¿Tu padre no lo habrá hecho?

– Ha estado muy liado.

Eso era cierto. Big Jim estaba en casa, en su estudio, preparando su discurso para la asamblea municipal del jueves por la noche. El que pronunciaría justo antes de que los vecinos votaran los poderes que tendrían los concejales en el gobierno de emergencia que se instauraría hasta que terminase la crisis.

– Será mejor que le llame -dijo Randolph-. Aunque quizá sería mejor que antes rezara por ellos. ¿Quieres arrodillarte conmigo, hijo?

Junior habría preferido verterse líquido de mechero en los pantalones y prenderse fuego en las pelotas, pero no lo dijo.

– Habla con Dios a solas, y le oirás responder con más claridad. Es lo que dice siempre mi padre.

– De acuerdo, hijo. Es un buen consejo.

Antes de que Randolph pudiera decir nada más, Junior salió raudo de allí, primero del despacho, luego de la comisaría. Se fue a casa caminando, absorto en sus pensamientos, lamentándose por las amigas que había perdido y preguntándose si podría encontrar a alguna otra. Tal vez más de una.

Bajo la Cúpula, todo tipo de cosas eran posibles.

15

Pete Randolph sí que intentó rezar, pero tenía demasiadas cosas en la cabeza. Además, el Señor ayudaba a quienes se ayudaban a sí mismos. No creía que la Biblia dijera eso, pero de todas formas era cierto. Marcó el número del móvil de Andy Sanders, que figuraba en una lista de teléfonos que colgaba de una chincheta en el tablón de anuncios de la pared. Deseó que no le respondiera nadie, pero el concejal contestó al primer tono; ¿acaso no ocurría eso siempre?

– Hola, Andy. Soy el jefe Randolph. Tengo una noticia algo dura para ti, amigo. Quizá sea mejor que te sientes.

Fue una conversación difícil. Endemoniada, de hecho. Cuando por fin terminó, Randolph se quedó sentado, tamborileando con los dedos sobre su escritorio. Pensó (de nuevo) que no lamentaría demasiado si Duke Perkins todavía estuviera sentado tras esa mesa. Puede que no lo lamentara en absoluto. Había resultado ser un trabajo mucho más duro y sucio de lo que había imaginado. La obligación de solucionar tantos follones no compensaba el hecho de tener un despacho privado. Ni siquiera el coche verde de jefe de policía lo compensaba; cada vez que se ponía al volante y su trasero se colocaba en el hueco que las carnosas ancas de Duke habían dejado antes que él, pensaba lo mismo: No estás a la altura.