Sanders iba a pasarse por allí. Quería vérselas con Barbara. Randolph había intentado disuadirlo, pero justo cuando estaba sugiriéndole que haría mejor en emplear su tiempo arrodillándose para rezar por las almas de su esposa y su hija (y pedir fuerzas para soportar su cruz, desde luego), Andy cortó la conversación telefónica.
Randolph suspiró y marcó otro número. Después de dos tonos, la malhumorada voz de Big Jim resonó en su oído:
– ¿Qué? ¡¿Qué?!
– Soy yo, Jim. Sé que estás trabajando y siento muchísimo interrumpirte, pero ¿podrías venir? Necesito ayuda.
16
Los tres niños estaban inmóviles en la luz casi abismal de la tarde, bajo un cielo que a esas horas se había decidido por un tinte amarillento, y miraban al oso muerto que había al pie del poste de teléfonos. El poste estaba peligrosamente torcido. A poco más de un metro de su base, la madera con creosota estaba astillada y embadurnada de sangre. Y también de otras cosas. Algo blanco que Joe supuso que serían fragmentos de hueso. Algo grisáceo y harinoso que tenía que ser cerebr…
Se volvió e intentó controlar las náuseas. Y casi lo había conseguido, pero entonces Benny vomitó (con un fuerte sonido acuoso: yurp) y Norrie le siguió enseguida. Joe se rindió y se unió al club.
Cuando volvieron a recuperar el control, Joe se quitó la mochila, sacó las botellas de Snapple y las repartió. Utilizó el primer trago para enjuagarse y lo escupió. Norrie y Benny hicieron lo mismo. Después bebieron. El té dulce estaba caliente, pero de todas formas a Joe y a su garganta irritada les supo a gloria.
Norrie dio dos pasos cautelosos hacia la mole negra cubierta de moscas zumbantes que había al lado del poste de teléfonos.
– Igual que los ciervos -dijo-. El pobre no tenía ningún río al que saltar, así que se ha destrozado los sesos dándose contra el poste de teléfonos.
– A lo mejor tenía la rabia -dijo Benny, apenas sin voz-. A lo mejor los ciervos también.
Joe supuso que técnicamente era una posibilidad, pero no lo creía probable.
– He estado pensando en eso del suicidio. -No le gustó nada el temblor que oyó en su propia voz, pero no parecía que pudiera evitarlo-. Las ballenas y los delfines lo hacen… se embarrancan, lo he visto en la tele. Y mi padre dice que los calamares también.
– Pulpos -dijo Norrie-. Son los pulpos.
– Lo que sea. Mi padre me dijo que, cuando su entorno se contamina, se comen sus propios tentáculos.
– Tío, ¿quieres hacerme potar otra vez? -preguntó Benny con voz quejumbrosa y cansada.
– ¿No es eso lo que está pasando aquí? -dijo Norrie-. ¿Qué el entorno está contaminado?
Joe levantó la mirada hacia el cielo amarillento. Después señaló hacia el sudoeste, donde el negro residuo del incendio provocado por el impacto del misil emborronaba el aire. La mancha parecía estar a entre sesenta y noventa metros de altura y a kilómetro y medio de distancia. Puede que más.
– Sí -se respondió ella misma-, pero es diferente. ¿Verdad?
Joe se encogió de hombros.
– Si vamos a sentir una necesidad repentina de matarnos, a lo mejor deberíamos volver -dijo Benny-. Yo tengo mucho por lo que vivir. Todavía no he conseguido pasarme Warhammer.
– Prueba el contador Geiger en el oso -dijo Norrie.
Joe acercó el tubo del sensor al cadáver del oso. La aguja no bajó, pero tampoco subió más.
Norrie señaló hacia el este. Por delante de ellos, la carretera salía de la espesa franja de robles negros que daban nombre a la cresta de Black Ridge. En cuanto estuvieran fuera del bosque, Joe creía que alcanzarían a ver el campo de manzanos que había en lo alto.
– Sigamos al menos hasta salir de los árboles -dijo la chica-. Desde allí haremos una lectura y, si sigue subiendo, volveremos a la ciudad y se lo diremos al doctor Everett, o a ese Barbara, o a los dos. Y que ellos decidan.
Benny parecía dudoso.
– No sé…
– Si sentimos cualquier cosa extraña, daremos la vuelta enseguida -dijo Joe.
– Si va a servir de algo, deberíamos seguir -dijo Norrie-. Yo quiero salir de este pueblo antes de que me vuelva loca de atar.
Sonrió para demostrar que aquello era un chiste, pero no había sonado a chiste, y Joe no se lo tomó como tal. Un montón de gente hacía bromas sobre lo pequeño que era Chester's Mills -seguro que por eso allí había tenido tanto éxito la canción de James McMurtry-, y lo era, intelectualmente hablando, eso suponía él. También demográficamente. Solo era capaz de recordar a una chica de origen asiático (Pamela Chen, que a veces ayudaba a Lissa Jamieson en la biblioteca) y no había ni un solo negro desde que la familia Laverty se mudó a Auburn. No había ningún McDonald's, menos aún un Starbucks, y el cine había cerrado. Sin embargo, hasta entonces siempre le había parecido geográficamente grande, había tenido la sensación de disponer de un montón de espacio por el que pasearse. Era sorprendente lo mucho que había encogido en su cabeza en cuanto se había dado cuenta de que su madre, su padre y él no podrían subir al coche familiar y desplazarse hasta Lewiston para disfrutar de unas almejas fritas y un helado en Yoder's. Además, el pueblo tenía muchísimos recursos, pero no durarían eternamente.
– Tienes razón -dijo-. Es importante. Vale la pena arriesgarse. Al menos eso creo. Puedes quedarte aquí si quieres, Benny. Esta parte de la misión es estrictamente voluntaria.
– No, yo también voy -dijo Benny-. Si os dejo ir sin mí, colegas, os cachondearéis de mí.
– ¡Eso ya lo hacemos! -gritaron Joe y Norrie al unísono. Después se miraron y se echaron a reír.
17
– ¡Eso es, llora!
La voz procedía de muy lejos. Barbie intentaba volverse hacia ella, pero le costaba abrir los ojos, le ardían.
– ¡Tienes muchísimo por lo que llorar!
Parecía que el hombre que hacía esas declaraciones también estuviera llorando. Y la voz le resultaba familiar. Barbie intentó mirar, pero sentía los párpados hinchados y pesados. Los ojos, debajo de ellos, le latían al ritmo del corazón. Tenía los senos tan obstruidos que los oídos le crujían al tragar.
– ¿Por qué la has matado? ¿Por qué has matado a mi niña?
Algún hijoputa me ha tirado spray. ¿Denton? No, Randolph.
Barbie consiguió abrir los ojos apretándose las cejas con la base de las manos y tirando hacia arriba. Vio a Andy Sanders de pie al otro lado de los barrotes, con lágrimas en las mejillas. ¿Qué veía Sanders? Un tipo en una celda; un tipo en una celda siempre parecía culpable.
Sanders gritó:
– ¡Era todo lo que me quedaba!
Randolph, con gesto abochornado, estaba detrás de él y no dejaba de arrastrar los pies, como un niño al que hacía veinte minutos que deberían haber dejado ir al baño. A pesar de que le escocían los ojos y le martilleaban los senos frontales, a Barbie no le sorprendió que Randolph hubiese dejado bajar a Sanders allí. No porque Sanders fuera el primer concejal de la ciudad, sino porque a Peter Randolph le resultaba casi imposible decir que no.
– Bueno, Andy -dijo Randolph-. Ya basta. Querías verlo y te he dejado, aunque va en contra de lo que me dicta el sentido común. Ahora está a la sombra y pagará por lo que ha hecho. Así que vamos arriba y te serviré una taza de…
Andy agarró a Randolph por la pechera del uniforme. Era diez centímetros más bajo que él, pero aun así Randolph parecía asustado. Barbie no podía culparle. Veía el mundo a través de una película de color rojo oscuro, pero podía distinguir la furia de Andy Sanders con bastante claridad.
– ¡Dame tu pistola! ¡Un juicio sería demasiado bueno para él! ¡De todas formas, seguro que se libra! Tiene amigos en las altas esferas, ¡eso dice Big Jim! ¡Quiero una reparación! ¡Merezco una reparación, así que dame tu pistola!