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Barbie no creía que el deseo de Randolph de ser complaciente llegara tan lejos como para entregarle un arma a Andy y que este pudiera dispararle en esa celda como a una rata en un depósito de aguas pluviales, pero no estaba completamente seguro; a lo mejor había alguna otra razón, además de la cobarde compulsión de complacer, para que Randolph hubiese dejado bajar allí a Sanders, y que lo hubiese dejado bajar solo.

Se puso en pie como pudo.

– Señor Sanders. -Parte del spray le había entrado en la boca. Tenía la lengua y la garganta hinchadas, su voz era un graznido nasal nada convincente-. Yo no he matado a su hija, señor. No he matado a nadie. Si lo piensa bien, se dará cuenta de que su amigo Rennie necesita a un cabeza de turco y que yo soy el más oportuno…

Pero Andy no estaba en condiciones de pensar nada. Sus manos se abalanzaron sobre la pistolera de Randolph y empezó a tirar de la Glock. Alarmado, Randolph luchó porque no la sacara de donde estaba.

En ese momento, una figura de gran barriga bajó la escalera moviéndose con gracia a pesar de su gran mole.

– ¡Andy! -vociferó Big Jim-. Andy, amigo… ¡Ven aquí!

Extendió los brazos. Andy dejó de pelearse por la pistola y corrió hacia él como un niño lloroso hacia los brazos de su padre. Big Jim lo estrechó en un abrazo.

– ¡Quiero una pistola! -farfulló Andy alzando su rostro cubierto de lágrimas y de mocos hacia Big Jim-. ¡Consígueme una pistola, Jim! ¡Ya! ¡Ahora mismo! ¡Quiero pegarle un tiro por lo que ha hecho! ¡Como padre tengo ese derecho! ¡Ha matado a mi niñita!

– Puede que no solo a ella -dijo Big Jim-. Puede que tampoco solo a Angie, a Lester y a la pobre Brenda.

Eso detuvo la cascada de palabras. Andy alzó la mirada hacia la losa que era el rostro de Big Jim, atónito. Fascinado.

– Puede que también a tu mujer. A Duke. A Myra Evans. A todos los demás.

– ¿Qué…?

– Alguien es el responsable de esta Cúpula, amigo… ¿Tengo razón?

– S… -Andy no fue capaz de más, pero Big Jim asintió con benevolencia.

– Y a mí me parece que la gente que lo haya hecho debe de tener como mínimo a un infiltrado aquí dentro. Alguien que remueva el guiso. Y ¿quién mejor para remover el guiso que un cocinero? -Le pasó un brazo por los hombros y guió a Andy hacia el jefe Randolph. Big Jim se volvió y miró a Barbie a la cara, roja e hinchada, como si estuviera mirando a alguna especie de insecto-. Encontraremos las pruebas. No me cabe ninguna duda. Ya ha demostrado que no es lo bastante listo para encubrir sus huellas.

Barbie centró su atención en Randolph.

– Esto es un montaje -dijo con su vozarrón nasal-. Puede que empezara solo porque Rennie tenía que salvar el culo, pero ahora ya es un golpe de estado en toda regla. Puede que usted no sea prescindible todavía, jefe, pero cuando lo sea, también usted caerá.

– Calla -dijo Randolph.

Rennie le acariciaba el pelo a Andy. Barbie pensó en su madre y en cómo solía acariciar a su cocker spaniel, Missy, cuando la perra se hizo mayor, estúpida e incontinente.

– Pagará por ello, Andy, tienes mi palabra. Pero antes vamos a descubrir todos los detalles: el qué, el dónde, el porqué y quién más está metido en esto. Porque no está solo, puedes apostar tu bala a que es cierto. Tiene cómplices. Pagará por ello, pero antes le sacaremos toda la información.

– ¿Cómo pagará? -preguntó Andy. Miraba a Big Jim casi en estado de éxtasis-. ¿Cómo pagará por ello?

– Bueno, si sabe cómo levantar la Cúpula, y yo no lo veo descabellado, supongo que tendremos que contentarnos con verlo encerrado en Shawshank. Cadena perpetua sin fianza.

– Eso no es suficiente -susurró Andy.

Rennie seguía acariciándole la cabeza.

– ¿Si la Cúpula no desaparece? -Sonrió-. En ese caso tendremos que juzgarlo nosotros mismos. Y cuando lo declaremos culpable, lo ejecutaremos. ¿Te gusta más eso?

– Mucho más -susurró Andy.

– A mí también, amigo.

Caricia. Caricia.

– A mí también.

18

Salieron del bosque en fila de a tres, se detuvieron y alzaron la mirada hacia el campo de manzanos.

– ¡Allí arriba hay algo! -dijo Benny-. ¡Lo veo! -Su voz sonaba exaltada, pero a Joe, además, le pareció que procedía de extrañamente lejos.

– Yo también -dijo Norrie-. Parece un… un… -«Radiofaro» era la palabra que quería decir, pero no logró pronunciarla. Solo consiguió emitir un sonido de rrr-rrr-rrr, como un niño pequeño jugando con cochecitos sobre un montón de arena. Después se cayó de la bici y quedó tendida en el camino sufriendo convulsiones en brazos y piernas.

– ¿Norrie? -Joe se la quedó mirando (más con asombro que con alarma), y luego miró a Benny.

Sus ojos se encontraron solo un momento, y entonces también Benny se desplomó y la bicicleta se le cayó encima. Empezó a sacudirse y a apartar la High Plains a patadas. El contador Geiger cayó en la cuneta con el cuadrante hacia abajo.

Joe corrió hasta él y extendió un brazo que parecía estirarse como si fuera de goma. Dio la vuelta al cajetín amarillo. La aguja había saltado a +200, justo por debajo de la zona roja de peligro. El niño lo vio y acto seguido cayó en un agujero negro lleno de llamas de color naranja. Le pareció que procedían de un enorme montón de calabazas: una pira funeraria de ardientes linternas de Halloween. En algún lugar había voces que gritaban: perdidas y aterradas. Después se lo tragó la oscuridad.

19

Cuando Julia llegó a las oficinas del Democrat después de marcharse del supermercado, Tony Guay, el antiguo reportero de deportes que había pasado a componer el departamento de redacción al completo, estaba escribiendo en su portátil. Ella le dio la cámara y dijo:

– Deja lo que estés haciendo y revela esto.

Se sentó frente a su ordenador para escribir el artículo. Lo había estado repasando mentalmente durante todo el trayecto por Main Street: «Ernie Calvert, antiguo gerente de Food City, hizo un llamamiento para que la gente entrara por la parte de atrás. Dijo que les había abierto las puertas, pero para entonces ya era demasiado tarde. Los disturbios estaban servidos». Era un buen comienzo. El problema era que no lograba escribirlo. No hacía más que apretar las teclas equivocadas.

– Ve arriba y acuéstate -dijo Tony.

– No, tengo que redactar…

– No vas a redactar nada en ese estado. Estás temblando como un flan. Es por el susto. Acuéstate una hora. Yo revelaré las fotografías y las dejaré en el escritorio de tu ordenador. También transcribiré tus notas. Venga, ve arriba.

A Julia no le gustaba lo que estaba diciendo Tony, pero reconocía que era lo más sensato. Solo que al final resultó ser más de una hora. Llevaba desde la noche del viernes sin dormir bien, lo cual parecía que había sido hacía un siglo, y no tuvo más que apoyar la cabeza en la almohada para quedar profundamente dormida.

Al despertar, vio con pavor que las sombras de su dormitorio eran muy alargadas. Era por la tarde. ¡Y Horace! Se habría orinado en cualquier rincón y la miraría con ojos abochornados, como si fuera culpa de él y no de ella.

Se enfundó las zapatillas y corrió a la cocina, pero su corgi no estaba junto a la puerta, gimiendo para que lo dejaran salir, sino apaciblemente dormido en su camita de mantas, entre la cocina y la nevera. En la mesa de la cocina había una nota apoyada contra el salero y el pimentero.

las 3 de la tarde

Julia:

Pete F. y yo hemos colaborado para redactar el artículo del supermercado. No es una maravilla, pero lo será cuando tú le añadas tu toque. Las fotos que has sacado tampoco están mal. Rommie Burpee se ha pasado por aquí y dice que todavía le queda mucho papel, así que todo OK en cuanto a eso. Además, dice que tienes que escribir un editorial sobre lo que ha pasado. «Ha sido totalmente innecesario», ha dicho. «Y totalmente negligente. A menos que quisieran que pasara. Yo a ese tipo lo veo capaz, y no me refiero a Randolph.» Pete y yo estamos de acuerdo en que debería salir un editorial, pero tenemos que andarnos con ojo hasta que se conozcan todos los hechos. También estábamos de acuerdo en que necesitabas dormir un poco para poder escribir esto como hay que escribirlo. ¡Más que bolsas tenías maletas bajo los ojos, jefa! Me voy a casa a pasar un rato con mi mujer y mis niños. Pete se ha ido a comisaría. Dice que ha ocurrido «algo gordo» y quiere averiguar el qué.