Marty Arsenault se estremeció y se pasó una mano por los ojos. Big Jim acompañó a Andy al despacho del jefe y cerró la puerta.
– ¿Está acusado? -le preguntó Julia a Randolph-. No podéis acusarlo sin un abogado, ya lo sabes. No es legal.
Y aunque todavía no parecía peligroso, solo aturdido, Pete Randolph dijo algo que le heló el corazón.
– Hasta que la Cúpula desaparezca, Julia, supongo que es legal todo lo que nosotros decidamos que lo es.
– ¿Cuándo los mataron? Dime eso por lo menos.
– Bueno, parece que las dos chicas fueron las pri…
La puerta del despacho se abrió y Julia no tuvo ninguna duda de que Big Jim había estado de pie al otro lado, escuchando. Andy estaba sentado detrás de lo que ahora era el escritorio de Randolph, con la cara hundida entre las manos.
– ¡Sácala de aquí! -rugió Big Jim-. No quiero tener que repetírtelo.
– ¡No podéis tenerlo incomunicado y no podéis negarle la información a la gente de este pueblo! -gritó Julia.
– Te equivocas en ambas cosas -dijo Big Jim-. ¿Alguna vez has oído ese dicho de «Si no eres parte de la solución, eres parte del problema»? Bueno, pues no solucionas nada estando aquí. Eres una metomentodo muy pesada. Siempre lo has sido. Y, si no te marchas, vas a acabar arrestada. Estás advertida.
– ¡Genial! ¡Arréstame! ¡Enciérrame en una celda ahí abajo! -Extendió las manos con las muñecas juntas, como para que la esposaran.
Por un momento creyó que Jim Rennie iba a pegarle. En su rostro se veía claramente el deseo de hacerlo. En lugar de eso, Big Jim habló con Pete Randolph.
– Por última vez, saca de aquí a esta metomentodo. Si se resiste, échala a patadas. -Y cerró de un portazo.
Sin mirarla a los ojos y con las mejillas del color de un ladrillo recién cocido, Randolph la agarró del brazo. Esta vez, Julia no se resistió. Al pasar junto al mostrador, Marty Arsenault, más con desconsuelo que con ira, dijo:
– ¡Ahora mira! He perdido mi trabajo y se lo darán a uno de estos catetos que no saben distinguirse el codo del culo.
– No vas a perder el trabajo, Marts -dijo Randolph-. Puedo convencerlo.
Un momento después, Julia estaba fuera, parpadeando a la luz del sol.
– Bueno -dijo Pete Freeman-. ¿Qué tal ha ido?
22
Benny fue el primero en recuperarse. Y, aparte del calor que tenía -la camiseta se le había pegado a su nada heroico torso-, se encontraba bien. Se arrastró hasta Norrie y la zarandeó. La niña abrió los ojos y lo miró aturdida. Tenía el pelo pegado a las sudorosas mejillas.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó-. Debo de haberme quedado dormida. He tenido un sueño, pero no recuerdo qué era. Aunque era algo malo. Eso sí lo sé.
Joe McClatchey se dio la vuelta y consiguió ponerse de rodillas.
– ¿Estás bien, Jo-Jo? -preguntó Benny. No llamaba Jo-Jo a su amigo desde que iban a cuarto.
– Sí. Las calabazas ardían.
– ¿Qué calabazas?
Joe sacudió la cabeza. No lo recordaba. Lo único que sabía era que quería buscar una sombra y beberse el resto de su Snapple. Después pensó en el contador Geiger. Lo rescató de la cuneta y vio con alivio que seguía funcionando; por lo visto, en el siglo XX se fabricaban cosas muy resistentes.
Le enseñó a Benny la lectura de +200 e intentó enseñársela también a Norrie, pero ella estaba mirando colina arriba, hacia el campo de manzanos que había en lo alto de Black Ridge.
– ¿Qué es eso? -preguntó, y señaló.
Al principio Joe no vio nada. Después se produjo un fogonazo de una luz púrpura muy brillante. Casi resplandecía demasiado para mirarla directamente. Poco después volvió a encenderse otra vez. Joe consultó su reloj para intentar cronometrar los fogonazos, pero su reloj se había detenido a las 16.02.
– Me parece que es lo que estábamos buscando -dijo mientras se ponía de pie. Esperaba sentir las piernas como de goma, pero no fue así. Salvo por el exceso de calor, se encontraba bastante bien-. Larguémonos de aquí antes de que esa cosa nos deje estériles o algo parecido.
– Tío -dijo Benny-. ¿Quién quiere tener hijos? Podrían salirme como yo. -Aun así, se montó en la bicicleta.
Volvieron por el mismo camino por el que habían llegado y no pararon para descansar ni para beber hasta que cruzaron el puente y se encontraron otra vez en la 119.
SAL
1
Las agentes que estaban de pie junto al H3 de Big Jim seguían hablando,(Jackie daba caladas nerviosas a un cigarrillo), pero interrumpieron su conversación cuando Julia Shumway pasó ofendida junto a ellas.
– ¿Julia? -preguntó Linda con voz dudosa-. ¿Qué es lo que ha…?
Julia siguió andando. Lo último que quería hacer mientras siguiera furiosa era hablar con otro representante de la ley y el orden como los que de pronto parecía que había en Chester's Mills. Estaba ya a medio camino de las oficinas del Democrat cuando se dio cuenta de que no era solo enfado lo que sentía. El enfado ni siquiera constituía la mayor parte de sus emociones. Se detuvo bajo el toldo de Libros Nuevos y Usados Mills (CERRADO HASTA NUEVO AVISO, decía el letrero escrito a mano que había en el escaparate), en parte para esperar a que se le calmara el corazón, que le latía a toda velocidad, pero sobre todo para mirar en su interior. No tardó mucho.
– Solo estoy asustada, nada más -dijo, y se sobresaltó un poco al oír el sonido de su propia voz. No pretendía decirlo en voz alta.
Pete Freeman la alcanzó.
– ¿Te encuentras bien?
– Sí. -Era mentira, pero lo pronunció con bastante firmeza. Desde luego, ella no podía ver lo que decía su rostro. Levantó una mano e intentó atusarse el pelo de la parte de atrás de la cabeza, que aún llevaba revuelto por el sueño. Se lo alisó… pero los mechones volvieron a alborotarse. Y, por si no hubiera bastante con todo lo demás, voy despeinada, pensó. Qué bonito. El toque final.
– Pensaba que Rennie de verdad iba a hacer que el nuevo jefe de policía te arrestara -dijo Pete. Tenía los ojos muy abiertos y en ese momento parecía mucho más joven que el hombre de treinta y tantos que era.
– Eso quería yo. -Julia encuadró con sus manos un titular invisible-, UNA REPORTERA DEL DEMOCRAT CONSIGUE UNA ENTREVISTA EXCLUSIVA EN LA CÁRCEL CON EL ACUSADO DE LOS ASESINATOS.
– Julia… ¿Qué está pasando aquí? Aparte de la Cúpula, quiero decir. ¿Has visto a todos esos chicos rellenando impresos? Da un poco de miedo.
– Sí que los he visto -dijo Julia-, y tengo intención de escribir sobre ello. Tengo intención de escribir sobre todo esto. Además, no creo que sea la única que tendrá serias preguntas para James Rennie en la asamblea municipal del jueves por la noche.
Le puso una mano en el brazo a Pete.
– Voy a ver qué puedo descubrir sobre esos asesinatos, después escribiré lo que tenga. Además de un editorial todo lo duro que me vea capaz de redactar sin que resulte agitador. -Profirió un ladrido sin humor en lugar de una risa-. Cuando se trata de agitar a las masas, Jim Rennie cuenta con la ventaja de jugar en su cancha.
– No entiendo qué…
– No pasa nada, tú ponte a trabajar. Necesito un par de minutos para recuperar el dominio de mí misma. Después, a lo mejor seré capaz de decidir con quién tengo que hablar primero. Porque no tenemos precisamente una barbaridad de tiempo si queremos enviar algo a la prensa esta noche.
– A la fotocopiadora -repuso él.
– ¿Qué?
– Enviarlo a la fotocopiadora esta noche.
Julia le dirigió una sonrisa débil y lo mandó a hacer sus cosas con un gesto de las manos. Al llegar a la puerta de las oficinas del periódico, Tony miró atrás. Ella lo saludó con la mano para hacerle ver que estaba bien, después miró el polvoriento escaparate de la librería. El cine del centro llevaba media década cerrado, y el autocine de las afueras había desaparecido hacía tiempo (el aparcamiento auxiliar de Rennie estaba ahora donde su gran pantalla se alzaba antaño sobre la 119), pero Ray Towle había conseguido de alguna forma que su pequeño y sucio emporium galorium siguiera renqueando. Parte de lo que exhibía en su escaparate consistía en libros de autoayuda. El resto de la vitrina estaba abarrotada de ediciones de bolsillo en cuyas cubiertas se veían mansiones envueltas en niebla, damas en apuros y tíos cachas a pie o caballo. Muchos de esos cachas blandían espadas y parecía que iban vestidos solo con ropa interior. ¡OSCURAS TRAMAS QUE TE HARÁN ENTRAR EN CALOR!, decía el cartel de ese lado.