– ¡Oye! -exclamó Fern.
– No vas a disparar un arma ahí dentro -dijo Stewart-. Podrías hacernos volar a todos hasta la luna. -Y le preguntó a Roger-: ¿Cuándo fue la última vez que viste a ese hijo de puta esquelético?
Roger lo rumió un poco.
– Hará unas cuatro semanas, como poco… desde el último gran cargamento que salió del pueblo. Cuando hicimos que viniera ese gran helicóptero Chinook. -Lo pronunció «Shin-uuuk». Rommie Burpee lo habría entendido.
Stewart lo pensó un momento. Aquello no era buena señal. Si Bushey estaba en el bosque, no pasaba nada. Si estaba encogido de miedo en los estudios, paranoico y pensando que habían llegado los federales, seguramente tampoco habría ningún problema… a menos que decidiera salir disparando, claro.
Si estaba en el almacén, sin embargo… Eso sí que podía ser un problema.
Stewart le dijo a su hermano:
– En la parte de atrás del camión hay unos cuantos trozos de madera de buen tamaño. Pilla uno. Si Phil aparece y se pone hecho un energúmeno, le endiñas bien.
– ¿Y si tiene una pistola? -preguntó Roger con bastante sensatez.
– No tiene pistola -dijo Stewart. Y, aunque en realidad no estaba seguro de eso, tenía órdenes que cumplir: entregar dos depósitos de propano en el hospital sin perder tiempo. «Y, en cuanto podamos, vamos a sacar de allí todo lo que queda», había dicho Big Jim. «Hemos dejado oficialmente el negocio del cristal.»
Aquello era todo un alivio, en parte; cuando se acabara ese asunto de la Cúpula, Stewart tenía la intención de dejar también el negocio de las pompas fúnebres. Se trasladaría a algún lugar donde hiciera calor, como Jamaica o Barbados. No quería volver a ver ningún cadáver más. Sin embargo, tampoco quería ser él quien le dijera al «Chef» Bushey que cerraban la fábrica, y así se lo había expresado a Big Jim. «Deja que sea yo quien se ocupe del Chef», había dicho Big Jim.
Stewart rodeó el edificio en el gran camión naranja y aparcó dando marcha atrás frente a las puertas traseras. Dejó el motor encendido para poder maniobrar el cabrestante y el montacargas.
– ¡No te lo pierdas! -soltó Roger Killian, maravillado. Miraba fijamente hacia el oeste, donde el sol se estaba poniendo convertido en un preocupante manchurrón rojo. Pronto se hundiría en el gran borrón negro que había dejado el incendio del bosque y quedaría tachado por un eclipse de suciedad-. Es para quedarse hecho polvo…
– Deja de mirar embobado -dijo Stewart-. Quiero hacer esto y largarme de aquí. Fernie, pilla un madero. Escoge uno bueno.
Fern se subió al montacargas y eligió un tablón más o menos igual de largo que un bate de béisbol. Lo sostuvo con ambas manos y lo blandió en el aire para probarlo.
– Este irá bien -dijo.
– Baskin-Robbins -dijo Roger con voz soñadora. Entrecerraba los ojos y se los protegía con una mano mientras seguía mirando hacia el oeste. No estaba precisamente guapo con los ojos entrecerrados. Parecía un trol.
Stewart se detuvo un momento mientras abría la puerta de atrás, un proceso complicado en el que estaban implicados un dispositivo táctil y dos cerraduras.
– ¿De qué mierda hablas?
– Treinta y un sabores -dijo Roger. Sonrió y dejó ver unos cuantos dientes putrefactos a los que ni Joe Boxer, ni seguramente ningún otro dentista, les había echado nunca un vistazo.
Stewart no tenía la menor idea de a qué se refería Roger, pero su hermano sí.
– No creo que eso del lateral del edificio sea un anuncio de helados -dijo Fern-. A menos que en el libro del Apocalipsis salga algún Baskin-Robbins.
– Callaos, los dos -dijo Stewart-. Fernie, ponte ahí con el madero preparado. -Empujó la puerta para abrirla y miró dentro-, ¿Phil?
– Llámalo Chef -le aconsejó Roger-. Como ese cocinero negrata de South Park. Eso es lo que le gusta.
– ¿Chef? -llamó Stewart-. ¿Estás ahí dentro, Chef?
No hubo respuesta. Stewart metió un brazo a tientas en la penumbra, casi esperando que una mano lo agarrara en cualquier momento, y encontró el interruptor de la luz. La encendió e iluminó una sala que ocupaba más o menos unas tres cuartas partes de la superficie total del edificio. Las paredes eran de madera desnuda y sin acabados, los espacios entre los listones estaban rellenos de espuma aislante de color rosa. Casi toda la sala estaba llena de depósitos de propano líquido y bombonas de todos los tamaños y todas las marcas. Stewart no tenía ni idea de cuántos había en total, pero si se hubiera visto obligado a dar una cantidad, habría dicho un número entre cuatrocientos y seiscientos.
Stewart empezó a caminar despacio por el pasillo central, mirando de reojo hacia las letras troqueladas de los depósitos. Big Jim le había dicho exactamente cuáles tenían que llevarse, le había dicho que estaban más bien al fondo, y por Dios que allí estaban. Se detuvo al llegar a los cinco depósitos de tamaño municipal que tenían HOSP CR escrito en el lateral. Estaban entre unos depósitos que habían birlado de la oficina de correos y otros que llevaban la inscripción ESCUELA DE SECUNDARIA DE MILL en los lados.
– Se supone que tenemos que llevarnos dos -le dijo a Roger-.
Trae la cadena y los engancharemos. Fernie, tú acércate ahí y prueba con la puerta del laboratorio. Si no está cerrada, ciérrala con llave. -Le lanzó el llavero a su hermano.
Fern podría haber pasado sin tener que ocuparse de eso, pero era un hermano obediente. Recorrió el pasillo que había entre todos aquellos depósitos de propano, que llegaban hasta unos tres metros de la puerta del fondo… y la puerta, tal como vio en ese momento con el corazón encogido, estaba entreabierta. Detrás de él oyó el estrépito de la cadena, después el gemido del cabrestante y el grave golpeteo del primer depósito que arrastraban hacia la caja del camión. Sonaba como si estuviera sucediendo muy lejos, sobre todo al imaginar al Chef agazapado al otro lado de esa puerta, enajenado y con los ojos rojos. Fumado hasta las cejas y armado con una TEC-9.
– ¿Chef? -preguntó-. ¿Estás ahí, tío?
No hubo respuesta. Y, aunque no tenía ningún motivo para ello (seguramente él mismo estaba loco por hacerlo), la curiosidad se apoderó de él y utilizó su bate improvisado para empujar la puerta y abrirla del todo.
Los fluorescentes del laboratorio estaban encendidos, pero, por lo demás, esa parte del almacén de Cristo Rey parecía vacía. La veintena de fogones que había allí (grandes parrillas eléctricas, cada una conectada a su propia campana de extracción y su bombona de propano) estaban apagados. Todos los botes, los vasos de precipitados y los caros matraces estaban en las estanterías. Aquel sitio apestaba (siempre había apestado y siempre apestaría, pensó Fern), pero el suelo estaba barrido y no había señal alguna de desorden. En una pared había un calendario de Coches de Ocasión Rennie, todavía en la página de agosto. Seguramente fue cuando el hijoputa acabó de perder el contacto con la realidad, pensó Fern. Se fue en su glooobooo. Se aventuró a entrar un poco más en el laboratorio. Ese sitio los había hecho a todos hombres ricos, pero a él nunca le había gustado. Aquel olor le recordaba demasiado a la sala de preparación del sótano de la funeraria.
Un rincón había sido dividido mediante un pesado panel de acero. En el centro del panel había una puerta. Allí, como sabía Fern, era donde se almacenaba el producto del Chef, cristal de metanfetamina en largas barras que no se guardaban en bolsitas de plástico herméticas Baggies, sino en grandes bolsas de basura Hefty. Y no era una birria de cristal. Ningún adicto a la tiza habría sido capaz de costearse esas existencias. Cuando aquel sitio estaba lleno, había allí bastante como para suministrar a todo Estados Unidos durante meses, quizá incluso un año.