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– Joe… El señor Barbara está… -Claire se detuvo. ¿Iba a decirle a su hijo que ese tal Barbara (al que algunas personas habían empezado a llamar coronel Barbara) había sido detenido, acusado de varios asesinatos?

– ¿Qué? -preguntó Joe-. ¿Qué pasa con el señor Barbara? -La felicidad del éxito que se oía en su voz había sido reemplazada por la angustia. Claire supuso que su hijo era tan capaz de interpretar sus estados de ánimo como ella los de él. Y estaba claro que Joe había depositado muchísimas esperanzas en Barbara; Benny y Norrie seguramente también. Aquella no era una noticia que pudiera ocultarles (por mucho que le hubiera gustado), pero no tenía por qué dársela por teléfono.

– Venid a casa -dijo-. Hablaremos de ello aquí. Y, Joe… Estoy orgullosísima de ti.

8

Jimmy Sirois murió a última hora de la tarde, mientras Joe «el Espantapájaros» y sus amigos regresaban al pueblo en sus bicicletas.

Rusty estaba sentado en el pasillo, rodeando a Gina Buffalino con un brazo y dejándola llorar sobre su pecho. Hubo una época en la que se hubiese sentido sumamente incómodo estando así sentado con una chica que apenas tenía diecisiete años, pero los tiempos habían cambiado. Bastaba echar un vistazo a ese pasillo (iluminado por siseantes focos Coleman en lugar de por los fluorescentes de silencioso resplandor del techo de paneles) para saber que los tiempos habían cambiado. Su hospital se había convertido en una galería de sombras.

– No ha sido culpa tuya -dijo-. No ha sido culpa tuya, ni mía, ni siquiera de él. Él no había pedido tener diabetes.

Aunque Dios sabía que había personas que coexistían con la diabetes durante años. Personas que se cuidaban. Jimmy, un medio ermitaño que había vivido solo en God Creek Road, no había sido de esos. Cuando por fin había cogido el coche para ir al Centro de Salud (eso había sido el jueves anterior), ni siquiera había podido bajar del vehículo, se había limitado a tocar el claxon hasta que Ginny había salido a ver quién era y qué pasaba. Al quitarle los pantalones al pobre viejo, Rusty había visto que su fofa pierna derecha estaba ya de un azul frío y muerto. Aunque todo hubiera ido bien con Jimmy, los daños del sistema nervioso seguramente habrían sido irreversibles.

«No me duele nada de nada, Doc», le había asegurado el viejo a Ron Haskell justo antes de caer en coma. Desde entonces había ido recuperando y perdiendo la conciencia mientras la pierna no dejaba de empeorar, y Rusty había ido retrasando la amputación, aunque sabía que tarde o temprano tendría que ser, si Jimmy quería tener alguna posibilidad.

Cuando se quedaron sin electricidad, los goteros que suministraban antibióticos a Jimmy y a otros dos pacientes continuaron goteando, pero los medidores de flujo se detuvieron, de manera que no hubo forma de regular las dosis. Peor aún, el monitor cardíaco y el respirador de Jimmy fallaron. Rusty desconectó el respirador, puso la mascarilla sobre la cara del viejo y le dio a Gina un curso de actualización sobre cómo utilizar el resucitador manual Ambu. A la chica se le daba bien, era muy constante, pero de todas formas Jimmy falleció a eso de las seis.

Gina estaba desconsolada.

Levantó la cara anegada en lágrimas del pecho de Rusty y dijo:

– ¿Le he insuflado demasiado aire? ¿Demasiado poco? ¿Lo he asfixiado y lo he matado?

– No. Seguramente Jimmy iba a morir de todas formas, y de esta manera se ha ahorrado una amputación bastante horrible.

– No creo que pueda seguir haciendo esto -dijo, echándose a llorar otra vez-. Me da mucho miedo. Ahora mismo es horroroso.

Rusty no sabía cómo reaccionar ante eso, pero no tuvo que hacerlo.

– Pronto estarás bien -dijo una voz áspera y gangosa-. Tienes que estar bien, cielo, porque te necesitamos. -Era Ginny Tomlinson, que se les acercaba caminando despacio por el pasillo.

– No deberías estar levantada -dijo Rusty.

– Seguramente no -convino Ginny, y se sentó al otro lado de Gina con un suspiro de alivio. Se tocó la nariz; con las tiras adhesivas que llevaba bajo los ojos parecía un portero de hockey después de un partido complicado-. Pero de todas formas vuelvo a estar de servicio.

– A lo mejor mañana… -empezó a decir Rusty.

– No, ahora mismo. -Le dio la mano a Gina-. Y tú también, cielo. En mis tiempos de la escuela de enfermería, había una vieja y curtida enfermera titulada que tenía un dicho: «Puedes dejarlo cuando la sangre está seca y el rodeo ha terminado».

– ¿Y si cometo algún error? -susurró Gina.

– Le pasa a todo el mundo. El truco es cometer los menos posibles. Y yo te ayudaré. A ti y también a Harriet. Así que, ¿qué me dices?

Gina miró el rostro hinchado de Ginny con vacilación, las heridas se veían acentuadas por un par de gafas viejas que había encontrado en algún sitio.

– ¿Está segura de que ya se encuentra bien para esto, señorita Tomlinson?

– Tú me ayudas, yo te ayudo. Gina y Ginny, Mujeres al Ataque. -Levantó un puño.

Obligándose a sonreír un poco, Gina hizo chocar sus nudillos con los de Ginny.

– Todo esto mola un montón y es muy yupi-yupi -dijo Rusty-, pero si empiezas a sentirte débil, busca una cama y túmbate un rato. Órdenes del doctor Rusty.

Ginny se estremeció cuando la sonrisa que sus labios intentaban esbozar le tiró de las aletas de la nariz.

– Ni hablar de camas, me pido el viejo sofá de Ron Haskell en la sala de médicos.

Sonó el móvil de Rusty. Les hizo un gesto a las mujeres para que se fueran. Ellas se marcharon hablando, Gina con un brazo en la cintura de Ginny.

– Sí, aquí Eric -contestó.

– Aquí la mujer de Eric -dijo una voz apagada-. Llamaba para pedirle perdón a Eric.

Rusty entró en una sala de diagnosis en la que no había nadie y cerró la puerta.

– No hace falta ninguna disculpa -dijo… aunque no estaba muy seguro de que fuera verdad-. Fue un momento de exaltación. ¿Lo han soltado ya? -A él le parecía una pregunta perfectamente razonable tratándose del Barbie al que había empezado a conocer.

– Preferiría no hablar de esto por teléfono. ¿Puedes venir a casa, cariño? ¿Por favor? Tenemos que hablar.

Rusty suponía que la verdad era que sí, que podía. Había tenido a un solo paciente en estado crítico, y le había simplificado bastante la vida profesional muriéndose. Además, aunque le tranquilizaba volver a estar bien con la mujer a la que amaba, no le gustaba ese tono precavido que oía en su voz.

– Sí que puedo -dijo-, aunque no mucho rato. Ginny vuelve a estar en pie, pero si no la vigilo hará más de la cuenta. ¿Para la cena?

– Sí. -Parecía aliviada. Rusty se alegró-. Descongelaré un poco de sopa de pollo. Será mejor que consumamos todo lo que podamos de la comida que teníamos congelada mientras siga habiendo electricidad para conservarla en buen estado.

– Una cosa. ¿Todavía crees que Barbie es culpable? No me importa lo que piensen los demás, pero ¿tú?

Una larga pausa. Después, Linda dijo:

– Hablaremos cuando llegues. -Y, dicho eso, colgó.

Rusty estaba en la sala de diagnosis, apoyado en la camilla. Sostuvo el teléfono frente a sí con una mano durante un momento y luego apretó el botón de colgar. Había muchas cosas de las que no estaba seguro en ese preciso instante (se sentía como un hombre que nada en un mar de perplejidad), pero de una cosa sí estaba convencido: su mujer creía que alguien podía estar escuchándolos. Pero ¿quién? ¿El ejército? ¿Seguridad Nacional?

¿Big Jim Rennie?

– Ridículo -dijo Rusty a la sala vacía. Después se fue a buscar a Twitch para decirle que se marchaba un rato del hospital.