– Supón que sacaras tu placa y consiguieras meterme en la funeraria -dijo Rusty-. Supón también que yo encontrara algo que exonerase a Barbie. ¿Crees que simplemente dirían «Ay, mierda, culpa nuestra», y lo dejarían libre? ¿Y que luego dejarían que se hiciera con el mando? Porque eso es lo que quiere el gobierno, se habla de ello en todo el pueblo. ¿Crees que Rennie permitiría que…?
Su teléfono móvil empezó a sonar.
– Estos trastos son el peor invento de la historia -dijo, pero al menos la llamada no era del hospital.
– ¿Señor Everett? -Una mujer. Conocía la voz pero no lograba ponerle nombre.
– Sí, pero, a menos que sea una emergencia, ahora estoy algo ocupado con mis…
– No sé si es una emergencia, pero es muy, muy importante. Y ya que el señor Barbara… o coronel Barbara, supongo…, ha sido arrestado, usted es el único que puede ocuparse de ello.
– ¿Señora McClatchey?
– Sí, pero es con Joe con quien tiene que hablar. Ahora se pone.
– ¿Doctor Rusty? -La voz era apremiante, estaba casi sin aliento.
– Hola, Joe. ¿Qué pasa?
– Creo que hemos encontrado el generador. ¿Ahora qué se supone que tenemos que hacer?
La tarde se hizo noche tan de repente que los tres ahogaron un grito de asombro y Linda agarró el brazo de Rusty. Sin embargo, no era más que el gran borrón de humo del lado occidental de la Cúpula. El sol se había ocultado tras él.
– ¿Dónde?
– En Black Ridge.
– ¿Había radiación, hijo? -Sabía que tenía que haberla; ¿cómo, si no, lo habían encontrado?
– La última lectura era de más de doscientos -dijo Joe-. No entraba del todo en la zona de peligro. ¿Qué hacemos ahora?
Rusty se pasó la mano libre por el pelo. Estaban sucediendo demasiadas cosas. Demasiadas y demasiado deprisa. Más aún para un «chico para todo» que nunca se había considerado demasiado bueno tomando decisiones, y mucho menos un líder.
– Esta noche, nada. Ya casi ha oscurecido. Nos ocuparemos de ello mañana. Mientras tanto, Joe, tienes que prometerme una cosa. No hables de esto con nadie. Lo sabes tú, lo saben Benny y Norrie, y lo sabe tu madre. Mantenlo así.
– Vale. -Joe parecía contenido-. Tenemos muchas cosas que explicarle, pero supongo que puede esperar hasta mañana. -Respiró hondo-. Da un poco de miedo, ¿verdad?
– Sí, hijo -convino Rusty-. Da un poco de miedo.
14
El hombre que gobernaba el destino y la suerte de Mills estaba sentado en su estudio comiendo carne en conserva con pan de centeno a grandes mordiscos, con afán, cuando entró Junior. Algo antes, Big Jim se había echado una reconstituyente siesta de cuarenta y cinco minutos. Se sentía con las energías renovadas y listo una vez más para la acción. La superficie de su escritorio estaba salpicada de hojas de papel amarillo con pauta, notas que más tarde quemaría en el incinerador de la parte de atrás. Más valía prevenir que curar.
El estudio estaba iluminado por siseantes focos Coleman que proyectaban un brillante resplandor blanco. Dios sabía que, si quería, podía conseguir un buen montón de propano (suficiente para iluminar la casa entera y hacer funcionar los electrodomésticos durante cincuenta años), pero de momento era mejor ceñirse a los Coleman. Cuando la gente pasara por delante, Big Jim quería que vieran el brillante resplandor blanco y supieran que el concejal Rennie no estaba disfrutando de ninguna ventaja especial. Que el concejal Rennie era igual que ellos, solo que más digno de confianza.
Junior cojeaba. Tenía el rostro demacrado.
– No ha confesado.
Big Jim no había esperado que Barbara confesara tan pronto y no hizo caso del comentario.
– ¿A ti qué te pasa? Estás pálido a más no poder.
– Otra vez dolor de cabeza, pero ya se me está pasando. -Era verdad, aunque el dolor lo había estado matando durante su conversación con Barbie. Esos ojos azul grisáceo o veían o parecían ver demasiado.
Sé lo que les hiciste en la despensa, decían. Lo sé todo.
Había tenido que echar mano de toda su fuerza de voluntad para no apretar el gatillo de la pistola y oscurecer para siempre esa deplorable mirada entrometida.
– También vas cojo.
– Eso es por esos niños que encontramos junto al estanque de Chester. Estuve llevando a cuestas a uno de ellos y creo que me dio un tirón muscular.
– ¿Estás seguro de que no hay nada más? Thibodeau y tú tenéis un trabajo que hacer dentro de… -Big Jim consultó su reloj- dentro de tres horas y media, y no podéis fastidiarlo. Tiene que salir a la perfección.
– ¿Por qué no en cuanto oscurezca?
– Porque la bruja está allí dentro, componiendo su periódico con sus dos pequeños trols. Freeman y el otro. Ese reportero de deportes que siempre se la tiene jurada a los Wildcats.
– Tony Guay.
– Sí, ese. No es que me preocupe demasiado que salgan heridos, sobre todo ella… -El labio superior de Big Jim se elevó, perpetrando su perruna imitación de sonrisa-. Pero no puede haber ningún testigo. Ningún testigo ocular, quiero decir. Lo que la gente oiga… eso es harina de otro costal.
– ¿Qué es lo que quieres que oigan, papá?
– ¿Estás seguro de que estás en forma para esto? Porque puedo enviar a Frank con Carter, en lugar de a ti.
– ¡No! ¡Yo te ayudé con Coggins y te he ayudado esta mañana con la vieja! ¡Merezco hacer esto!
Big Jim parecía estar sopesándolo. Después asintió con la cabeza.
– Está bien. Pero no pueden pillarte, ni siquiera pueden verte.
– No te preocupes. ¿Qué es lo que quieres que oigan los… los testigos auditivos?
Big Jim se lo explicó. Big Jim se lo explicó todo. Junior pensó que estaba bien. Tenía que admitirlo: a su querido y viejo padre no se le escapaba ni una.
15
Cuando Junior se fue arriba para «descansar la pierna», Big Jim se terminó el sándwich, se limpió la grasa de la barbilla y luego llamó al móvil de Stewart Bowie. Empezó por la pregunta que todo el mundo hace cuando llama a un teléfono móviclass="underline"
– ¿Dónde estáis?
Stewart dijo que iban de camino a la funeraria, a beber algo. Como sabía cuál era la opinión de Big Jim acerca de las bebidas alcohólicas, lo dijo con una actitud de desafío obrero: Ya he hecho mi trabajo, ahora déjame que disfrute de mis placeres.
– Está bien, pero asegúrate de que solo sea un trago. Aún tienes trabajo que hacer esta noche. Y Fern y Roger también.
Stewart protestó enérgicamente.
Cuando hubo acabado de decir la suya, Big Jim prosiguió.
– Os quiero a los tres en la escuela de secundaria a las nueve y media. Allí habrá unos cuantos agentes nuevos (incluidos los chicos de Roger, por cierto) y quiero que también vosotros asistáis. -Tuvo una inspiración-. De hecho, os voy a nombrar sargentos honoríficos de la Fuerza de Seguridad Municipal de Chester's Mills.
Stewart le recordó a Big Jim que Fern y él tenían cuatro nuevos cadáveres de los que ocuparse. Con su fuerte acento yanqui, la palabra sonó a «c'dávres».
– Esa gente de casa de los McCain puede esperar -dijo Big Jim-. Están muertos. Nosotros tenemos aquí entre manos una situación de emergencia, por si no te habías dado cuenta. Hasta que esto haya pasado, todos hemos de arrimar el hombro. Poner de nuestra parte. Apoyar al equipo. A las nueve y media en la escuela de secundaria. Pero hay otra cosa que quiero que hagáis antes. Ponme con Fern.
Stewart le preguntó a Big Jim por qué quería hablar con Fern, a quien él consideraba (con cierta justificación) el hermano tonto.
– No es de tu incumbencia. Tú ponme con él.
Fern dijo hola. A Big Jim le dio igual.
– Solías ser del Cuerpo de Voluntarios, ¿verdad? Hasta que fueron disueltos.
Fern dijo que claro que había estado con ese apéndice extraoficial de los bomberos de Chester's Mills, no añadió que lo había dejado un año antes de que los Voluntarios fueran disueltos (después de que los concejales recomendaran que no se les asignara ninguna partida en los presupuestos municipales de 2008). Tampoco añadió que lo había dejado porque se había dado cuenta de que las actividades de los Voluntarios para recaudar fondos los fines de semana le quitaban tiempo para emborracharse.
Big Jim dijo:
– Quiero que vayas a la comisaría y consigas la llave del parque de bomberos. Después, mira si esas fumigadoras de agua que Burpee usó ayer están en el almacén. Me dijeron que allí es donde las dejaron la mujer de Perkins y él, y será mejor que así sea.
Fern dijo que creía que las bombas habían salido de Burpee's, lo cual seguramente las convertía en propiedad de Rommie. Los Voluntarios habían tenido unas cuantas, pero las habían vendido en eBay cuando se desmanteló el cuerpo.
– Puede que fueran de Burpee, pero ya no lo son -dijo Big Jim-. Hasta que termine esta crisis, son propiedad del pueblo. Haremos lo mismo con cualquier otra cosa que necesitemos. Por el bien de todos. Y si Romeo Burpee cree que va a conseguir montar otra vez el Cuerpo de Voluntarios, le espera otra sorpresa.
Fern dijo, con cautela, que había oído comentar que Rommie había hecho muy buen trabajo apagando el incendio de la Little Bitch Road después del impacto de los misiles.
– Eso no eran más que unas cuantas colillas de cigarrillo con la brasa encendida en un cenicero -se mofó Big Jim. Tenía una vena que le palpitaba en la sien, el corazón le latía con demasiada fuerza. Sabía que había comido demasiado deprisa (otra vez), pero no podía evitarlo. Cuando tenía hambre, tragaba hasta que todo lo que tenía delante se había terminado. Así era él-. Cualquiera podría haberlo apagado. Hasta tú podrías haberlo sofocado. El caso es que sé quiénes me votaron la última vez, y también sé quiénes no. Los que no recibieron ningún puñetero caramelo.
Fern le preguntó a Big Jim lo que se suponía que él, Fern, tenía que hacer con las fumigadoras de agua.
– Tú simplemente comprueba que están en el almacén del parque de bomberos. Después vete a la escuela de secundaria. Estaremos en el gimnasio.
Fern dijo que Roger Killian quería decirle algo.
Big Jim puso ojos de exasperación, pero esperó.
Roger quería saber cuáles de sus chicos iban a entrar en la policía.
Big Jim suspiró, escarbó entre el vertedero de papeles que cubría su escritorio y encontró el que tenía escrita la lista de nuevos agentes. La mayoría eran estudiantes del instituto y todos eran chicos. El más joven, Mickey Wardlaw, tenía solo quince años, pero era grande como un armario. Tackle derecho del equipo de fútbol americano hasta que lo expulsaron por beber.
– Ricky y Randall.
Roger protestó diciendo que eran los mayores de sus chicos y los únicos con los que podía contar para la faena. Preguntó entonces quién iba a echarle un cable con los pollos.
Big Jim cerró los ojos y rezó a Dios para que le diera fuerzas.