Fern dijo hola. A Big Jim le dio igual.
– Solías ser del Cuerpo de Voluntarios, ¿verdad? Hasta que fueron disueltos.
Fern dijo que claro que había estado con ese apéndice extraoficial de los bomberos de Chester's Mills, no añadió que lo había dejado un año antes de que los Voluntarios fueran disueltos (después de que los concejales recomendaran que no se les asignara ninguna partida en los presupuestos municipales de 2008). Tampoco añadió que lo había dejado porque se había dado cuenta de que las actividades de los Voluntarios para recaudar fondos los fines de semana le quitaban tiempo para emborracharse.
Big Jim dijo:
– Quiero que vayas a la comisaría y consigas la llave del parque de bomberos. Después, mira si esas fumigadoras de agua que Burpee usó ayer están en el almacén. Me dijeron que allí es donde las dejaron la mujer de Perkins y él, y será mejor que así sea.
Fern dijo que creía que las bombas habían salido de Burpee's, lo cual seguramente las convertía en propiedad de Rommie. Los Voluntarios habían tenido unas cuantas, pero las habían vendido en eBay cuando se desmanteló el cuerpo.
– Puede que fueran de Burpee, pero ya no lo son -dijo Big Jim-. Hasta que termine esta crisis, son propiedad del pueblo. Haremos lo mismo con cualquier otra cosa que necesitemos. Por el bien de todos. Y si Romeo Burpee cree que va a conseguir montar otra vez el Cuerpo de Voluntarios, le espera otra sorpresa.
Fern dijo, con cautela, que había oído comentar que Rommie había hecho muy buen trabajo apagando el incendio de la Little Bitch Road después del impacto de los misiles.
– Eso no eran más que unas cuantas colillas de cigarrillo con la brasa encendida en un cenicero -se mofó Big Jim. Tenía una vena que le palpitaba en la sien, el corazón le latía con demasiada fuerza. Sabía que había comido demasiado deprisa (otra vez), pero no podía evitarlo. Cuando tenía hambre, tragaba hasta que todo lo que tenía delante se había terminado. Así era él-. Cualquiera podría haberlo apagado. Hasta tú podrías haberlo sofocado. El caso es que sé quiénes me votaron la última vez, y también sé quiénes no. Los que no recibieron ningún puñetero caramelo.
Fern le preguntó a Big Jim lo que se suponía que él, Fern, tenía que hacer con las fumigadoras de agua.
– Tú simplemente comprueba que están en el almacén del parque de bomberos. Después vete a la escuela de secundaria. Estaremos en el gimnasio.
Fern dijo que Roger Killian quería decirle algo.
Big Jim puso ojos de exasperación, pero esperó.
Roger quería saber cuáles de sus chicos iban a entrar en la policía.
Big Jim suspiró, escarbó entre el vertedero de papeles que cubría su escritorio y encontró el que tenía escrita la lista de nuevos agentes. La mayoría eran estudiantes del instituto y todos eran chicos. El más joven, Mickey Wardlaw, tenía solo quince años, pero era grande como un armario. Tackle derecho del equipo de fútbol americano hasta que lo expulsaron por beber.
– Ricky y Randall.
Roger protestó diciendo que eran los mayores de sus chicos y los únicos con los que podía contar para la faena. Preguntó entonces quién iba a echarle un cable con los pollos.
Big Jim cerró los ojos y rezó a Dios para que le diera fuerzas.
16
Sammy era muy consciente del grave y retumbante dolor que sentía en la barriga (parecido a las molestias premenstruales) y de las punzadas mucho más intensas que venían de ahí abajo. Habría sido muy difícil pasarlas por alto porque sentía una a cada paso que daba. No obstante, seguía avanzando por la 119 como podía, en dirección a Motton Road. No se detendría por mucho que le doliera. Tenía un destino en mente, y no era precisamente su caravana. Lo que quería no estaba en su caravana, pero sabía dónde podía encontrarlo. Caminaría hasta dar con ello, aunque tardara toda la noche. Si el dolor se ponía muy feo, en el bolsillo de los vaqueros tenía cinco comprimidos de Percocet y podía masticarlos. El efecto era más rápido si los masticabas. Se lo había dicho Phil.
Tíratela.
Volveremos y te joderemos bien, pero de verdad.
Tírate a esa zorra.
Tienes que aprender a mantener la boca cerrada excepto cuando estás de rodillas.
Tíratela, tírate a esa zorra.
De todos modos, nadie te creería.
Pero la reverenda Libby sí le había creído, y mira lo que le había pasado. Un hombro dislocado; un perro muerto.
Tírate a esa zorra.
Sammy pensó que oiría esa exaltada voz de cerdo chillando en el interior de su cabeza hasta que se muriera.
Así que siguió andando. Por encima de ella relucían las primeras estrellas de color rosa, chispas vistas a través de un cristal sucio.
Aparecieron unos faros y su sombra alargada saltó sobre la carretera, por delante de ella. Una camioneta de granja vieja y estrepitosa invadió el arcén y se detuvo.
– Eh, oye, sube -dijo el hombre que iba al volante. Sonó algo así como «eh-yesube», porque era Alden Dinsmore, padre del difunto Rory, e iba borracho.
Fuera como fuese, Sammy subió… moviéndose con la precaución de una inválida.
Alden no pareció darse cuenta. Tenía una lata de medio litro de cerveza entre las piernas y había una caja medio vacía a su lado. Las latas vacías rodaron y chocaron alrededor de los pies de Sammy.
– ¿'dónde ibas? -preguntó Alden-. ¿Por'land? ¿Bos'on? -Rió para demostrar que, borracho o no, sabía hacer un chiste.
– Solo a Motton Road, señor. ¿Va en esa dirección?
– En la d'rección que tú queras -dijo Alden-. Solo conduzco. Conduzco y pienso'n mi chico. Murió'l sábado.
– Le acompaño en el sentimiento.
El hombre asintió y bebió.
– Mi pa're murió el 'nvierno pasado, ¿sabías? Boqueó 'sta caer muerto, el pobre viejo, 'nfi-se-ma. Pasó los últimos cuatro años con 'xígeno. Rory siempre le cambiaba el d'pósito. Quería musho a ese v'ejo cabrrrón.
– Lo siento. -Ya le había dado el pésame, pero ¿qué más se podía decir?
Una lágrima resbaló por la mejilla del hombre.
– Iré a donde 'sted me diga, Missy Lou. No voy a parar de conducir 'sta que se t'rmine la cerveza. ¿Quie's 'na cerveza?
– Sí, por favor. -La cerveza estaba caliente, pero ella la bebió con ansia. Tenía muchísima sed. Sacó uno de los Perc que llevaba en el bolsillo y lo engulló con otro largo trago. Sintió que el colocón le subía a la cabeza. Estaba bien. Sacó otro Perc y se lo ofreció a Alden.
– ¿Quiere uno de estos? Le hacen sentir a uno mejor.
El hombre aceptó y se lo tragó con cerveza sin molestarse en preguntar qué era. Allí estaba Motton Road. El hombre vio la intersección demasiado tarde y torció trazando una amplia curva, con lo que derribó el buzón de los Crumley. A Sammy no le importó.
– Tómate otra, Missy Lou.
– Gracias, señor. -Cogió otra lata de cerveza y tiró de la anilla.
– ¿Quier's ver a mi shico? -En el resplandor de las luces del salpicadero, los ojos de Alden se veían amarillentos y húmedos. Eran los ojos de un perro que había metido la pata en un agujero y se la había roto-. ¿Quier's ver a mi Rory?
– Sí, señor -dijo Sammy-. Claro que quiero. Yo estaba allí, ¿sabe?
– Todo el mundo 'staba allí. Les alquilé mi campo. S'guramente ayudé a matarlo. No lo sabía, 'so nunca se sabe, ¿verdad?
– No -dijo Sammy.
Alden rebuscó en el bolsillo frontal de su peto y sacó una cartera desgastada. Apartó las dos manos del volante para abrirla, mirando de reojo y rebuscando entre los pequeños bolsillos de celuloide.
– Mis chicos me r'galaron 'sta cartera -dijo-. Ro'y y Orrie. Orrie 'stá vivo.
– Es una cartera muy bonita -dijo Sammy, inclinándose para sujetar el volante. Había hecho lo mismo por Phil cuando vivían juntos. Muchas veces. La furgoneta del señor Dinsmore iba dando bandazos, trazando arcos lentos y hasta cierto punto solemnes, y poco le faltó para derribar otro buzón. Pero no importaba; el pobre viejo solo iba a treinta, y Motton Road estaba desierta. En la radio, la WCIK sonaba a poco volumen: «Sweet Hope of Heaven», de los Blind Boys of Alabama.