– Algo tengo -dijo Julia-. Lo estoy reservando. Espero conseguir más.
– Barbie jamás sería capaz de hacer algo así, pero de todas formas tengo miedo por él.
Sonó uno de los teléfonos móviles que había sobre la mesa. Tony lo atrapó.
– Democrat, Guay. -Escuchó y luego le pasó el teléfono a Julia-. El coronel Cox. Para ti. No parece que esté de campo y playa.
Cox. Julia se había olvidado por completo de él. Cogió el teléfono.
– Señorita Shumway, necesito hablar con Barbie e informarme sobre los progresos que está teniendo en la toma del control administrativo del pueblo.
– No creo que tenga ocasión de hacerlo en una buena temporada -dijo Julia-. Está en la cárcel.
– ¿Cómo que en la cárcel? ¿Acusado de qué?
– Asesinato. Cuatro personas, para ser exactos.
– Lo dice en broma.
– ¿Le parece que hablo en broma, coronel?
Siguió un momento de silencio. Julia oyó muchas voces al fondo. Cuando Cox volvió a hablar, lo hizo en voz baja:
– Explíqueme eso.
– No, coronel Cox, me parece que no. Llevo las últimas dos horas escribiendo sobre lo sucedido y, como solía decirme mi madre cuando era pequeña, no me gusta tener que malgastar saliva. ¿Sigue usted en Maine?
– En Castle Rock. Allí está nuestro puesto de avanzada.
– Entonces le propongo que nos veamos donde nos vimos la otra vez. En Motton Road. No puedo darle una copia del Democrat de mañana, aunque es gratis, pero puedo sostener el periódico contra la Cúpula para que lo lea por sí mismo.
– Mándemelo por correo electrónico.
– No. Creo que el correo electrónico no es ético con el negocio de la prensa escrita. En eso soy muy anticuada.
– Tratar con usted es irritante, querida señora.
– Puede que sea irritante, pero no soy su querida señora.
– Dígame una cosa: ¿ha sido un montaje? ¿Algo que ver con Sanders y Rennie?
– Coronel, por lo que usted ha podido comprobar, ¿dos más dos son cuatro?
Silencio. Después Cox dijo:
– Nos veremos dentro de una hora.
– Iré acompañada. La jefa de Barbie. Me parece que le interesará escuchar lo que tiene que decir.
– De acuerdo.
Julia colgó el teléfono.
– ¿Quieres dar una vuelta conmigo en coche hasta la Cúpula, Rose?
– Si es para ayudar a Barbie, desde luego que sí.
– Podemos tener esperanzas, pero me inclino a pensar que estamos más bien solos en esto. -Julia volvió entonces su atención hacia Pete y Tony-. ¿Terminaréis vosotros dos de grapar esos ejemplares? Dejadlos junto a la puerta y cerrad cuando os marchéis. Dormid bien esta noche, porque mañana todos nos convertiremos en repartidores. Este periódico está adoptando formas de la vieja escuela. Lo entregaremos en todas las casas del pueblo. Y en las granjas más cercanas. También en Eastchester, desde luego. Allí hay muchísima gente nueva, teóricamente menos susceptible a la mística de Big Jim.
Pete enarcó las cejas.
– El equipo de nuestro querido señor Rennie juega en casa -dijo Julia-. Ese hombre se subirá a la tribuna en la asamblea municipal de emergencia del jueves por la noche e intentará darle cuerda a este pueblo como si fuera un reloj de bolsillo. Los visitantes, sin embargo, son los que tienen el saque de honor. -Señaló a los periódicos-. Ese es nuestro saque. Si conseguimos que lo lean suficientes personas, Rennie tendrá que responder a algunas duras preguntas antes de ponerse a soltar su discursito. A lo mejor conseguimos hacerle perder un poco el ritmo.
– O a lo mejor mucho, si descubrimos quiénes tiraron las piedras en el Food City -dijo Pete-. Y ¿sabes una cosa? Creo que lo descubriremos. Creo que este asunto ha sido organizado demasiado deprisa. Tiene que haber cabos sueltos.
– Solo espero que Barbie siga con vida cuando empecemos a tirar de ellos -dijo Julia. Consultó su reloj-. Vamos, Rosie, vayamos a dar una vuelta en coche. ¿Quieres venir, Horace?
Horace sí quería.
18
– Puede dejarme bajar aquí, señor -dijo Sammy. Era una agradable propiedad estilo rancho de Eastchester. Aunque la casa estaba a oscuras, el césped estaba iluminado, porque ya se encontraban muy cerca de la Cúpula, donde habían instalado potentes focos en el límite municipal entre Chester's Mills y Harlow.
– ¿Quier's 'tra c'rveza para'l camino, Missy Lou?
– No, señor, a mí el camino se me acaba aquí. -Aunque no era verdad. Todavía tenía que volver al pueblo. En el amarillento resplandor que proyectaban las luces de la Cúpula, Alden Dinsmore parecía tener ochenta y cinco años en lugar de cuarenta y cinco. La chica nunca había visto una cara tan triste… salvo quizá la suya, en el espejo de su habitación del hospital, antes de embarcarse en ese viaje. Se inclinó y le dio un beso en la mejilla. La sombra de barba le pinchó en los labios. El hombre se llevó una mano al lugar donde le había dado el beso y hasta consiguió sonreír un poco.
– Debería volver ya a casa, señor. Tiene que pensar en su mujer. Y tiene que cuidar de su otro niño.
– S'pongo que tien's razón.
– Sí que tengo razón.
– ¿'starás bien?
– Sí, señor. -Bajó y luego se volvió para mirarlo-. ¿Y usted?
– Lo intentaré -repuso el hombre.
Sammy cerró la puerta de un golpe y se quedó de pie al final del camino de entrada mirando cómo daba la vuelta. El hombre se metió en la cuneta, pero estaba seca y salió de allí sin problemas. Volvió a poner rumbo hacia la 119, zigzagueando al principio. Después los faros de detrás consiguieron seguir una línea más o menos recta. Volvía a ir por el centro de la carretera -la puta línea blanca, habría dicho Phil-, pero Sammy pensó que no le pasaría nada. Ya eran casi las ocho y media, estaba completamente oscuro, y pensó que seguramente no se encontraría con nadie.
Cuando los faros traseros desaparecieron de su vista, la chica caminó hacia la oscura casa del rancho. No era gran cosa, comparada con algunos de los elegantes y antiguos hogares de la cuesta del Ayuntamiento, pero era más bonita que ninguna de las casas en las que ella había vivido. También por dentro era agradable. Había estado allí una vez con Phil, en aquellos días en que lo único que hacía él era vender un poco de hierba y cocinar un poco de cristal para su propio consumo en la parte de atrás de la caravana. Mucho antes de que empezara a tener aquellas extrañas ideas sobre Jesucristo y a acudir a aquella mierda de iglesia donde creían que todo el mundo iría al infierno menos ellos. La religión era por donde habían empezado los problemas de Phil. Así había llegado hasta Coggins, y Coggins o algún otro lo habían convertido en el Chef.
La gente que había vivido en esa casa no estaba enganchada al cristal; unos adictos a la metanfetamina no habrían sido capaces de conservar una casa como esa durante mucho tiempo, se habrían fumado la hipoteca. Lo que sí les gustaba a Jack y a Myra Evans era un poquito de tabaco de la risa de vez en cuando, y Phil Bushey había estado encantado de proporcionárselo. Eran unas personas muy agradables, y Phil los había tratado muy bien. En aquellos días todavía era capaz de tratar bien a la gente.
Myra les había ofrecido café helado. Sammy estaba embarazada de Little Walter por aquel entonces, de unos siete meses, bastante rellenita, y Myra le había preguntado si quería un niño o una niña. No la había mirado por encima del hombro ni nada de eso. Jack se había llevado a Phil a su pequeño despacho-estudio para pagarle, y Phil la había llamado. «¡Eh, cariño, no te pierdas esto!»
Parecía que había sucedido hacía muchísimo tiempo.
Intentó abrir la puerta de entrada. Estaba cerrada. Cogió una de las piedras decorativas que bordeaban el arriate de flores de Myra y se quedó de pie delante del ventanal con ella en la mano, sopesándola. Después de pensarlo un poco, en lugar de arrojar la piedra dio la vuelta a la casa. Saltar por una ventana le sería difícil en sus condiciones. Y aunque lo consiguiera (con cuidado), podría hacerse un corte lo bastante grave como para truncar sus planes del resto de la noche.