Además, era una casa bonita. No quería destrozarla si no había necesidad.
Y no la había. Ya se habían llevado el cuerpo de Jack -el pueblo seguía funcionando bien para esas cosas-, pero nadie había tenido la precaución de cerrar con llave la puerta de atrás. Sammy entró sin problemas. No había generador y aquello estaba más oscuro que el culo de un mapache, pero había una caja de cerillas junto a los fogones, y la primera que encendió le mostró una linterna en la mesa de la cocina. Funcionaba. El haz de luz de la linterna iluminó lo que parecía ser una mancha de sangre en el suelo. Sammy apartó de allí la luz a toda prisa y se puso a buscar el despacho-estudio de Jack Evans. Daba directamente a la sala de estar, un cuchitril tan pequeño que realmente no había sitio más que para un escritorio y una vitrina de cristal.
Sammy paseó el haz de la linterna por el escritorio, después lo levantó y vio cómo se reflejaba en los ojos de cristal del más preciado trofeo de Jack: la cabeza de un alce al que había cazado hacía tres años en el TR-90. La cabeza del alce era lo que Phil había querido que viera cuando la había llamado aquel día.
«Ese año me tocó el último número que jugué a la lotería -les había explicado Jack-. Y lo cacé con eso.» Había señalado el rifle de la vitrina. Era una cosa aterradora con mira telescópica.
Myra se había quedado en el umbral, mientras el hielo se resquebrajaba en su vaso de café helado, con aspecto de ser elegante y bonita y de estar pasándolo bien: el tipo de mujer que ella, Sammy, sabía que no sería nunca. «Costó una barbaridad, pero dejé que se lo comprara después de que me prometiera que me llevaría a las Bermudas una semana entera el próximo diciembre.»
– Las Bermudas -dijo Sammy al verse frente a la cabeza de alce-. Pero nunca llegó a ir. Es muy triste.
Mientras se guardaba el sobre con el dinero en el bolsillo de atrás, Phil había dicho: «Un rifle precioso, pero no es lo mejor para la protección del hogar».
«Eso también lo tengo cubierto -había contestado Jack y, aunque no le había enseñado a Phil exactamente cómo lo tenía cubierto, había dado unos golpecitos muy elocuentes sobre su escritorio-. Tengo un par de armas de mano de puta madre.»
Phil había respondido asintiendo con la cabeza con la misma elocuencia. Myra y ella habían cruzado una mirada de perfecta armonía, como diciendo: «Estos hombres… siempre serán unos niños». Sammy todavía recordaba lo bien que le había hecho sentirse esa mirada, se había sentido integrada, y suponía que en parte por eso había acudido allí en lugar de intentarlo en cualquier otro lugar, en algún lugar más cerca del pueblo.
Se había detenido a masticar otro Percocet y entonces empezó a abrir cajones del escritorio. No estaban cerrados con llave, como tampoco lo estaba la caja de madera que encontró en el tercero que abrió y que contenía el arma especial del difunto Jack Evans: una pistola automática Springfield XD del 45. La cogió y, después de jugar un poco con ella, extrajo el cargador. Estaba lleno, y había otro más de repuesto. También se lo llevó. Después volvió a la cocina para buscar una bolsa en la que guardar el arma. Y llaves, desde luego. Las llaves de lo que fuera que estuviera aparcado en el garaje de los difuntos Jack y Myra. No tenía ninguna intención de volver al pueblo caminando.
19
Julia y Rose estaban hablando sobre lo que el futuro podría depararle a su pueblo cuando a su presente le faltó poco para terminar. Habría terminado, de hecho, si se hubieran encontrado con la vieja furgoneta de granja en el recodo de Esty Bend, más o menos a dos kilómetros y medio de su destino. Sin embargo, Julia salió de la curva a tiempo para ver que la furgoneta iba por el mismo carril que ella y que se les acercaba de frente.
Sin pensarlo, giró bruscamente el volante de su Prius hacia la izquierda, invadiendo el otro carril, y los dos vehículos pasaron sin rozarse por unos centímetros. Horace, que había ido sentado en el asiento de atrás con su habitual cara de deleite («Oh, caray, nos vamos de paseo»), cayó al suelo profiriendo un gritito de sorpresa. Ese fue el único sonido. Ninguna de las dos mujeres chilló, ni siquiera un poco. Todo sucedió demasiado deprisa para reaccionar. La muerte (o las heridas graves) pasó junto a ellas un instante y desapareció.
Julia volvió a girar el volante para recuperar su carril, después aparcó en el arcén y dejó el Prius en punto muerto. Miró a Rose. Rose le devolvió la mirada, toda ella grandes ojos y boca abierta. En la parte de atrás, Horace subió otra vez de un salto al asiento y soltó un único ladrido, como si quisiera preguntar por qué se estaban retrasando. Al oír ese sonido, las dos mujeres se echaron a reír y Rose empezó a darse palmaditas en el pecho, por encima de la considerable estantería de su busto.
– Mi corazón, mi corazón -dijo.
– Sí -admitió Julia-, el mío también. ¿Has visto lo cerca que ha pasado?
Rose volvió a reír, temblorosa.
– ¿Me tomas el pelo? Cielo, si hubiese ido con el brazo apoyado en la ventanilla, ese hijo de perra me habría amputado el codo.
Julia movió la cabeza.
– Borracho, seguramente.
– Borracho, con toda seguridad -dijo Rose, y soltó un bufido.
– ¿Estás bien como para continuar?
– ¿Y tú? -preguntó Rose.
– Sí -respondió Julia-. ¿Y tú qué dices, Horace?
Horace, a ladridos, contestó que estaba listo para un bombardeo.
– Ver pasar la muerte tan cerca aleja la mala suerte -dijo Rose-. Eso es lo que solía decir el abuelo Twitchell.
– Espero que tuviera razón -dijo Julia, y volvió a poner el coche en movimiento. Miró con atención por si veía algún faro acercándose, pero no vieron más luz hasta encontrar la de los reflectores colocados en el borde de la Cúpula que daba con Harlow. No vieron a Sammy Bushey. Sammy sí las vio; estaba delante del garaje de los Evans, con las llaves del Malibu de los Evans en la mano. Cuando hubieron pasado, levantó la puerta del garaje (tuvo que hacerlo manualmente y le dolió bastante) y se sentó al volante.
20
Entre Almacenes Burpee's y Gasolina & Alimentación Mills había una callejuela que conectaba Main Street con West Street. La utilizaban sobre todo los camiones de reparto. A las nueve y cuarto de esa noche, Junior Rennie y Carter Thibodeau caminaban por ese callejón sumidos en una oscuridad casi perfecta. Carter llevaba una lata de veinte litros, roja y con una línea diagonal amarilla en el lateral. En la otra mano llevaba un megáfono a pilas. El aparato había sido blanco, pero Carter lo había envuelto todo él con cinta protectora de color negro para que no llamara la atención si alguien miraba hacia ellos antes de que pudieran volver a desaparecer por el callejón.
Junior llevaba una mochila. Ya no le dolía la cabeza y la cojera prácticamente había desaparecido. Estaba convencido de que su cuerpo por fin estaba venciendo a lo que fuera que lo había tenido jodido. Quizá había sido un virus persistente de algún tipo. En la universidad se podía pillar cualquier porquería, y que lo hubieran expulsado por haberle pegado una paliza a aquel chico seguramente había sido una bendición encubierta.
Desde la boca de la callejuela tenían una buena vista del Democrat. Su luz se derramaba sobre la acera vacía; dentro, vieron a Freeman y a Guay moviéndose y acarreando pilas de papeles hacia la puerta, donde las iban amontonando. La vieja construcción de madera que albergaba la sede del periódico y la vivienda de Julia se encontraba entre el Drugstore de Sanders y la librería, pero estaba separada de ambos: por un sendero pavimentado del lado de la librería y, del lado del Drugstore, por un callejón igual a ese en el que Carter y él se encontraban acechando en aquel momento. Era una noche sin viento y Junior pensó que, si su padre movilizaba a las tropas con suficiente rapidez, no habría que lamentar ningún daño colateral. No es que le importara. Si ardía toda la acera este de Main Street, a Junior ya le parecería bien. Solo serían más problemas para Dale Barbara. Todavía podía sentir esos ojos fríos y escrutadores fijos en él. No estaba bien que te miraran así, y menos cuando el hombre que te miraba estaba entre barrotes. El puto Baaarbie.