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23

Carrie Carver rara vez tenía nada que ver con Gasolina & Alimentación Mills; aunque la pequeña tienda 24 horas había hecho que su marido y ella se ganaran bastante bien la vida durante muchos años, ella consideraba que estaba Por Encima de Todo Eso. Sin embargo, cuando Johnny le propuso que se acercaran con la furgoneta para llevarse a casa los alimentos enlatados que quedaban («para guardarlos a buen recaudo», con esa delicadeza lo expresó su marido), ella enseguida estuvo de acuerdo. Y aunque normalmente no le gustaba demasiado trabajar (ver el programa de la juez Judy en la tele era más su estilo), se había ofrecido voluntaria para ayudarlo. No había estado en el Food City, pero, cuando se había acercado más tarde por allí para inspeccionar los daños con su amiga Leah Anderson, los escaparates destrozados y la sangre que todavía había en la acera la habían asustado muchísimo. Esas cosas habían hecho que le diera miedo el futuro.

Johnny sacaba a rastras cajas de sopas, cocidos, judías y salsas; Carrie las colocaba en la parte de atrás de su Dodge Ram. Habían hecho más o menos la mitad de la tarea cuando vieron fuego calle abajo. Los dos oyeron la voz amplificada. Carrie creyó ver a dos o tres figuras corriendo por la callejuela que había junto a Burpee's, pero no estaba segura. Más adelante sí que lo estaría, y elevaría el número de imprecisas figuras hasta al menos cuatro. Tal vez incluso cinco.

– ¿Qué quiere decir eso? -preguntó-. Cariño, ¿qué significa eso?

– Que ese condenado cabrón asesino no está solo -dijo Johnny-. Significa que tiene una banda.

Carrie le había puesto una mano en el brazo y entonces le clavó las uñas. Johnny se zafó de su garra y salió corriendo hacia la comisaría gritando «¡Fuego!» con todas sus fuerzas. En lugar de seguirlo, Carrie Carver continuó cargando la furgoneta. El futuro le daba más miedo que nunca.

24

Además de Roger Killian y de los hermanos Bowie, en las gradas del gimnasio de la escuela de secundaria había diez nuevos agentes de lo que había dado en llamarse Fuerza de Seguridad Municipal de Chester's Mills. Big Jim apenas acababa de empezar su discurso sobre la gran responsabilidad que tenían en sus manos cuando se disparó la alarma de incendios. El chico se ha adelantado, pensó. No puedo confiar en él para salvar mi alma. Nunca he podido, pero ahora está mucho peor.

– Bueno, muchachos -dijo, dirigiendo su atención hacia el joven Mickey Wardlaw en concreto (¡Dios, menudo armario!)-. Tenía mucho más que deciros, pero parece que nos espera algo de diversión. Fern Bowie, ¿no sabrás tú si tenemos fumigadoras de agua en el almacén del parque de bomberos?

Fern dijo que había echado un vistazo en el parque de bomberos esa misma tarde, solo para ver con qué clase de equipo contaban, y que había visto casi una docena de esos aparatos. Y todos ellos llenos, además, lo cual les venía muy bien.

Big Jim, pensando que el sarcasmo había que reservarlo para gente con suficientes luces como para saber que lo era, dijo que eso quería decir que el buen Dios velaba por todos ellos. También dijo que, si se trataba de algo más que de una falsa alarma, él tomaría el mando de la situación, con Stewart Bowie como segundo de a bordo.

Para que aprendas, bruja fisgona, pensó mientras los nuevos agentes, todos ellos ansiosos y con los ojos inyectados en sangre, se levantaban de las gradas. A ver qué te parece ahora meterte en mis asuntos.

25

– ¿Adónde irás? -preguntó Carter.

Habían ido en su coche (con los faros apagados) hasta el cruce en el que West Street desembocaba en la carretera 117. El edificio que se erguía allí era una gasolinera Texaco que había cerrado en 2007. Estaba cerca de la ciudad pero ofrecía un buen lugar para esconderse, lo cual les resultaba muy conveniente. En el lugar del que venían, la alarma de incendios aullaba como una energúmena y las primeras luces del incendio, de un tono más rosado que naranja, ascendían ya por el cielo.

– ¿Eh? -Junior estaba mirando el creciente fulgor. Lo ponía cachondo. Hacía que deseara seguir teniendo novia.

– Te he preguntado que adónde irás. Tu padre ha dicho que busquemos una coartada.

– He dejado la unidad Dos detrás de correos -dijo Junior, apartando la mirada del fuego muy a desgana-. Freddy Denton y yo estábamos juntos. Y él dirá que hemos estado juntos. Toda la noche. Puedo atajar desde aquí. A lo mejor vuelvo por West Street. Iré a ver cómo tira el fuego. -Profirió una risilla muy aguda, una risilla casi de chica que hizo que Carter lo mirara extrañado.

– No te quedes demasiado tiempo. A los pirómanos siempre los atrapan porque vuelven a contemplar sus incendios. Lo he visto en Los más buscados de América.

– El único que se va a comer el marrón por todo esto va a ser Baaarbie -dijo Junior-. ¿Y tú qué vas a hacer? ¿Adónde irás?

– A casa. Mi madre dirá que he estado allí toda la noche. Le pediré que me cambie el vendaje del hombro… el mordisco del puto perro duele un huevo. Me tomaré una aspirina. Después me acercaré al centro, a ayudar con el fuego.

– En el Centro de Salud y en el hospital tienen cosas más fuertes que la aspirina. Y en el Drugstore también. Tendríamos que ir a echar un vistazo.

– Claro que sí -dijo Carter.

– O… ¿te va el cristal? Creo que puedo conseguir un poco.

– ¿Metanfetamina? Yo de eso no me meto. Pero no me importaría pillar un poco de Oxy.

– ¡Oxy! -exclamó Junior. ¿Cómo es que nunca se le había ocurrido? Seguramente eso le iría mucho mejor para el dolor de cabeza que el Zomig o el Imitrex-. ¡Sí, hermano! ¡Buena idea!

Levantó el puño. Carter lo hizo chocar con el suyo, pero no tenía ninguna intención de ir a colocarse con Junior. El hijo de Big Jim estaba muy raro.

– Será mejor que vayas tirando, Junes.

– Sí, me piro. -Junior abrió la puerta y se alejó, todavía cojeaba un poco.

Carter se sorprendió de lo aliviado que se sintió al ver desaparecer a su amigo.

26

Barbie se despertó con el sonido de la alarma de incendios y vio a Melvin Searles de pie frente a la puerta de su celda. El chico se había desabrochado la bragueta y sostenía su enorme polla en la mano. Al ver que gozaba de la atención de Barbie, empezó a mear. Estaba claro que su objetivo era alcanzar el camastro. No acababa de conseguirlo, así que se conformó con dibujar una S de salpicaduras en el suelo de cemento.

– Venga, Barbie, bebe -dijo-. Debes de tener mucha sed. Está un poco salado, pero qué cojones…

– ¿Qué se quema?

– Como si no lo supieras -dijo Mel, sonriendo. Todavía estaba pálido (debía de haber perdido bastante sangre), pero tenía el vendaje de la cabeza seco y sin una mancha.

– Haz como si no.

– Tus amigos han incendiado el periódico -dijo Mel, y esta vez su sonrisa le enseñó los dientes. Barbie se dio cuenta de que estaba furioso. Y también asustado-. Intentan darnos miedo para que te dejemos salir de aquí. Pero nosotros… no… tenemos… miedo.

– ¿Por qué iba a incendiar yo el periódico? ¿Por qué no el ayuntamiento? Y ¿quiénes se supone que son esos amigos míos?

Mel estaba guardándose otra vez la polla bajo los pantalones.

– Mañana no pasarás sed, Barbie. No te preocupes por eso. Tenemos un cubo lleno de agua que lleva escrito tu nombre y una esponja a juego.

Barbie permaneció callado.

– ¿Viste hacer la técnica del submarino en Iraq? -Mel asintió como si supiera que Barbie sí lo había visto-. Ahora podrás experimentarlo en primera persona. -Lo señaló con un dedo por entre los barrotes-. Vamos a descubrir quiénes son tus cómplices, capullo. Y vamos a descubrir qué has hecho para dejar encerrado a este pueblo. Nadie es capaz de soportar esa mierda del submarino.