Hizo como que se iba, pero de repente se volvió de nuevo.
– Y nada de agua dulce, no creas. Salada. A primera hora. Piensa en ello.
Mel se marchó con pasos pesados y la cabeza vendada agachada. Barbie se sentó en el camastro, miró la serpiente que había dibujado en el suelo la orina de Mel, secándose ya, y escuchó la alarma de incendios. Pensó en la chica de la furgoneta. La rubita que estuvo a punto de llevarlo pero que luego cambió de opinión. Cerró los ojos.
CENIZAS
1
Rusty se encontraba en la calle, frente a la entrada del hospital, viendo cómo se alzaban las llamas en algún lugar de Main Street, cuando empezó a sonar la melodía del teléfono móvil que llevaba sujeto al cinturón. Twitch y Gina estaban con él; la enfermera cogía a Twitch del brazo en un gesto protector. Ginny Tomlinson y Harriet Bigelow dormían en la sala de personal. El tipo que se había ofrecido como voluntario, Thurston Marshall, hacía la ronda para repartir la medicación, algo que se le daba sorprendentemente bien. Las luces y todos los aparatos volvían a funcionar y, de momento, la situación parecía estable. Hasta que sonó la alarma de incendios, Rusty había tenido la osadía de sentirse bien.
Vio LINDA en la pantalla del teléfono y contestó:
– ¿Cariño? ¿Va todo bien?
– Aquí sí. Las niñas están durmiendo.
– ¿Sabes qué está ard…?
– El periódico. Ahora calla y escucha porque voy a desconectar el teléfono dentro de un minuto y medio: no quiero que me llamen y tener que ir a apagar el incendio. Jackie está aquí y cuidará de las niñas. Tienes que reunirte conmigo en la funeraria. Stacey Moggin también irá. Se ha pasado antes por aquí y me ha dicho que está con nosotros.
El nombre, aunque familiar, no se asoció de inmediato con una cara en la cabeza de Rusty. Sin embargo, lo que resonó en su interior fue el «está con nosotros». Empezaba a haber bandos, empezaba a haber un «con nosotros» y un «con ellos».
– Lin…
– Nos vemos allí. Dentro de diez minutos. Mientras estén apagando el incendio estaremos a salvo porque los hermanos Bowie forman parte del grupo de bomberos voluntarios. Lo dice Stacey.
– ¿Cómo han logrado crear un grupo de voluntarios tan ráp…?
– No lo sé y no me importa. ¿Puedes ir?
– Sí.
– Bien. No utilices el aparcamiento lateral. Ve al que se encuentra en la parte de atrás, al pequeño. -Y se cortó la voz.
– ¿Qué está ardiendo? -preguntó Gina-. ¿Lo sabes?
– No -respondió Rusty-. Porque no ha llamado nadie. -Miró detenidamente a ambos.
Gina no lo pilló, pero Twitch sí.
– Absolutamente nadie.
– Acabo de irme, probablemente para atender una emergencia, pero no sabéis adonde. No os lo he dicho. ¿Vale?
Gina aún parecía confundida, pero asintió. Porque ahora esa gente era su gente, y no cuestionó ese hecho. ¿Por qué iba a hacerlo? Solo tenía diecisiete años. Nosotros y ellos, pensó Rusty. Es un mal ejemplo, sobre todo para alguien de diecisiete años.
– A atender una emergencia -repitió la chica-. No sabemos adónde.
– No. -Twitch asintió-. Tú saltamontes, nosotros humildes hormigas.
– Tampoco le deis mucha importancia -dijo Rusty. Pero era importante, lo sabía. Iba a haber problemas. Gina no era la única menor implicada; Linda y él tenían dos niñas que estaban durmiendo plácidamente y no sabían que papá y mamá zarpaban hacia una tormenta demasiado fuerte para su pequeño bote.
Y aun así…
– Volveré -prometió Rusty con la esperanza de que no fuera una vana ilusión.
2
Sammy Bushey circulaba con el Malibu de los Evans por la calle del Catherine Russell poco después de que Rusty partiera en dirección a la Funeraria Bowie, y ambos se cruzaron en la cuesta del Ayuntamiento.
Twitch y Gina habían regresado junto a los pacientes, y la entrada del hospital estaba desierta, pero Sammy no se detuvo ahí; el hecho de llevar una pistola en el asiento del acompañante la convertía en una chica precavida. (Phil habría dicho «paranoica».) Se dirigió hacia la parte posterior y aparcó en el espacio reservado para los empleados. Cogió la pistola del 45, se la metió en la cinturilla de los tejanos y la tapó con la camiseta. Cruzó el aparcamiento, se detuvo frente a la puerta de la lavandería y leyó un cartel que decía A PARTIR DEL 1 DE ENERO QUEDA PROHIBIDO FUMAR AQUÍ. Miró la manija de la puerta y supo que si no giraba, cejaría en su empeño. Sería una señal de Dios. Si, por el contrario, la puerta no estaba cerrada con llave…
No lo estaba. Entró, un fantasma pálido y renqueante.
3
Thurston Marshall estaba cansado -más bien exhausto- pero hacía años que no se sentía tan feliz. Era, sin duda, una sensación perversa; Thurston era un profesor titular, había publicado varios libros de poesía y era el editor de una prestigiosa revista literaria. Compartía cama con una mujer preciosa, inteligente y que lo adoraba. Que dar pastillas, aplicar ungüentos y vaciar cuñas (por no mencionar que le había limpiado la caca al hijo de Sammy Bushey hacía una hora) lo hiciera más feliz que todas esas cosas, casi tenía que ser perverso, y sin embargo era una realidad. Los pasillos del hospital con sus olores a desinfectante y abrillantador lo transportaban a su juventud. Esa noche los recuerdos habían sido muy vívidos, desde el aroma penetrante a esencia de pachulí del apartamento de David Perna, a la cinta de pelo con estampado de cachemir que Thurse lució en la ceremonia conmemorativa con velas celebrada en memoria de Bobby Kennedy. Hizo la ronda tarareando «Big Leg Woman» en voz muy baja.
Echó un vistazo a la sala de personal y vio a la enfermera con la nariz rota y a la guapa ayudante -se llamaba Harriet- dormidas en los catres que habían puesto ahí. El sofá estaba vacío; o aprovecharía para dormir unas cuantas horas en él o regresaría a la casa de Highland Avenue, que se había convertido en su hogar. Seguramente se decantaría por esta última opción.
Extraños cambios.
Extraño mundo.
Sin embargo, antes pasaría a ver una vez más a los que ya consideraba sus pacientes. No le llevaría demasiado tiempo en ese pequeño hospital. Además, la mayoría de las habitaciones estaban vacías. Bill Allnut, que se había visto obligado a permanecer despierto hasta las nueve debido a la herida que había sufrido en los altercados del Food City, dormía ahora profundamente y roncaba, de lado para aliviar la presión de la larga brecha que tenía en la parte posterior de la cabeza.
Wanda Crumley estaba dos habitaciones más allá. El monitor cardíaco emitía los pitidos normales y la presión sanguínea había mejorado un poco, pero le estaban suministrando cinco litros de oxígeno y Thurse temía que fuera una causa perdida. Pesaba mucho y había fumado mucho. Su marido y su hija menor estaban sentados a su lado. Thurse alzó dos dedos en una V de la victoria (que en sus años mozos había sido el signo de la paz) en dirección a Wendell Crumley; la muchacha sonrió resueltamente y se lo devolvió.
Tansy Freeman, la apendicectomía, estaba leyendo una revista.
– ¿Por qué está sonando la sirena de incendios? -le preguntó.
– No lo sé, cielo. ¿Qué tal va el dolor?
– En una escala del uno al diez sería un tres -respondió ella con naturalidad-. Quizá un dos. ¿Podré irme a casa mañana?
– Eso depende del doctor Rusty, pero por lo que veo en mi bola de cristal, diría que sí. -Y al ver cómo a ella se le iluminaba la cara le entraron ganas de llorar, sin ningún motivo que él pudiera entender.
– La madre del bebé ha vuelto -dijo Tansy-. La he visto pasar.