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– Bien -dijo Thurse. El bebé no había dado demasiados problemas. Había llorado una o dos veces, pero se había pasado casi todo el rato durmiendo, comiendo o mirando apáticamente al techo desde su cuna. Se llamaba Walter (Thurse no sabía que el «Little» que aparecía en la tarjeta formaba parte de su nombre), pero Thurston Marshall pensaba en él como El Niño Thorazine.

Entonces abrió la puerta de la habitación 23, la que tenía el cartel amarillo de BEBÉ A BORDO pegado con una ventosa, y vio que la chica -una víctima de violación, le había susurrado al oído Gina- estaba sentada en la silla junto a la cama. Tenía al bebé en el regazo y le daba un biberón.

– ¿Se encuentra bien -Thurse miró el otro nombre que había en la tarjeta de la puerta-, señora Bushey?

Lo pronunció Bouchez, pero Sammy no se molestó en corregirlo o en decirle que en primaria los niños la llamaban Bushey Tetas Gordas.

– Sí, doctor -respondió.

Thurse tampoco se molestó en corregir el malentendido. Esa dicha no definida, la que llega acompañada de unas lágrimas ocultas, se hizo mayor. Cuando pensaba en lo cerca que había estado de no ofrecerse como voluntario… Si Caro no lo hubiera animado… se habría perdido todo eso.

– El doctor Rusty se alegrará de que haya vuelto. Y Walter también. ¿Necesita algún calmante?

– No. -Era cierto. Aún le dolían sus partes, sentía punzadas, pero aquello quedaba lejos. Se sentía como si estuviera flotando por encima de sí misma, atada a la tierra por un cordel finísimo.

– Muy bien. Eso significa que está mejorando.

– Sí -respondió Sammy-. Dentro de poco ya estaré bien.

– Cuando haya acabado de darle el biberón, métase en la cama, ¿de acuerdo? El doctor Rusty pasará a verla por la mañana.

– Muy bien.

– Buenas noches, señora Bouchez.

– Buenas noches, doctor.

Thurse cerró la puerta con mucho cuidado y siguió recorriendo el pasillo. Al final se encontraba la habitación de Georgia Roux. Tan solo un vistazo y se iría a dormir.

Tenía los ojos vidriosos pero estaba despierta. El chico que había ido a verla, no. Estaba sentado en una esquina, dormitando en la única silla de la habitación con una revista de deportes en el regazo y las largas piernas estiradas.

Georgia le hizo una seña, y cuando Thurse se inclinó sobre ella, le susurró algo. Como lo hizo en voz baja y apenas le quedaban dientes sanos, solo entendió una palabra o dos. Se acercó un poco más.

– No o 'sperte. -Aquella voz le recordó a la de Homer Simpson-. Ej e único ca venido a visita'me.

Thurse asintió. Hacía mucho que se habían acabado las horas de visita, por supuesto, y teniendo en cuenta la camisa azul y el arma que llevaba, era probable que al chico le cayera una buena bronca por no acudir a la llamada de la sirena antiincendios, pero aun así, ¿qué daño iba a causar? Un bombero más o menos no supondría una gran diferencia, y si el chico dormía tan profundamente como para no oír la sirena tampoco sería de gran ayuda de todos modos, Thurse se llevó un dedo a los labios y dedicó un «chis» a la chica para demostrarle que eran cómplices. Ella intentó sonreír, pero hizo una mueca de dolor.

Thurston, sin embargo, no le ofreció ningún calmante; según el historial que había a los pies de la cama, había recibido la dosis máxima y no podía suministrarle más hasta las dos de la madrugada. De modo que salió, cerró la puerta con cuidado y recorrió el pasillo. No se dio cuenta de que la puerta con el cartel de BEBÉ A BORDO estaba entreabierta.

El sofá lo atrajo con sus cantos de sirena cuando pasó por delante, pero Thurston había decidido regresar a la casa de Highland Avenue.

Y ver cómo estaban los niños.

4

Sammy permaneció sentada junto a la cama con Little Walter en el regazo hasta que el nuevo doctor se fue. Entonces besó a su hijo en ambas mejillas y en los labios.

– Pórtate bien -le dijo-. Mamá te verá en el cielo si la dejan entrar. Creo que la dejarán. Ya ha pasado mucho tiempo en el infierno.

Lo dejó en la cuna y abrió el cajón de la mesita de noche. Había guardado la pistola dentro para que Little Walter no se la clavara mientras lo tenía en brazos y le daba de comer por última vez. Entonces la sacó.

5

La parte baja de Main Street estaba cortada por dos coches de policía aparcados morro contra morro y con las luces encendidas. Una multitud, silenciosa y pacífica, casi triste, se había arremolinado tras ellos, observando la situación.

Horace, el corgi, solía ser un perro silencioso, su repertorio vocal se limitaba a una serie de ladridos para dar la bienvenida a casa y algún que otro ladrido agudo para recordarle a Julia que existía y quería que le hiciera caso. Pero cuando Julia se detuvo junto a la Maison des Fleurs, el perro profirió un largo aullido desde el asiento posterior. Julia estiró la mano hacia atrás para acariciarle la cabeza con cariño. Para consolarlo y consolarse.

– Julia, Dios mío -dijo Rose.

Salieron. La intención original de Julia era dejar a Horace en el coche, pero cuando este profirió otro de aquellos aullidos breves y desconsolados, como si supiera lo que había sucedido, como si lo supiera de verdad, ella metió la mano bajo el asiento del acompañante, cogió la correa, abrió la puerta para que saliera, y sujetó la correa al collar. Antes de cerrar la puerta, cogió su cámara personal, una Casio de bolsillo, del compartimiento que había junto al asiento. Horace se abrió paso entre la muchedumbre de transeúntes que había en la acera; tiraba de la correa.

El primo de Piper Libby, Rupe, un policía a tiempo parcial que había llegado a Chester's Mills cinco años antes, intentó detenerlas.

– Nadie puede pasar a partir de aquí, señoras.

– Es mi casa -dijo Julia-. Arriba se encuentran todas mis posesiones, ropa, libros, objetos personales, todo. Abajo está el periódico que fundó mi bisabuelo. En más de ciento veinte años solo ha faltado a su cita con los lectores en cuatro ocasiones. Y ahora va a quedar reducido a cenizas. Si quieres evitar que vea de cerca cómo sucede, vas a tener que pegarme un tiro.

Rupe parecía inseguro, pero cuando Julia echó a caminar de nuevo (seguida de Horace, que miró al hombre calvo con recelo), el policía se hizo a un lado. Aunque solo momentáneamente.

– Usted no -le ordenó a Rose.

– Yo, sí. A menos que quieras que te eche laxante en el próximo chocolate frapé que pidas.

– Señora… Rose… Tengo que obedecer órdenes.

– Al diablo con esas órdenes -exclamó Julia, con un tono más cansado que desafiante. Cogió a Rose del brazo y la arrastró por la acera. No se detuvo hasta que sintió que el calor le abrasaba la cara.

El Democrat era un infierno. La docena de policías presentes ni siquiera intentaban sofocarlo, a pesar de que tenían fumigadoras (algunas todavía lucían las pegatinas que Julia podía leer fácilmente a la luz de las llamas: ¡OTRO PRODUCTO ESPECIAL DE LAS REBAJAS DE BURPEE!) y estaban mojando el Drugstore y la librería. Dada la ausencia de viento, Julia pensó que podrían salvar ambas tiendas… Y de ese modo el resto de los negocios del lado este de Main Street.

– Es fantástico que hayan aparecido tan rápido -dijo Rose.

Julia no abrió la boca, se limitó a observar las llamas, que se alzaban en la oscuridad y ocultaban las estrellas de color rosa. Estaba demasiado aturdida para llorar.

Todo, pensó. Todo.

Entonces recordó el paquete de periódicos que había guardado en el maletero antes de partir para reunirse con Cox y se corrigió: Casi todo.

Pete Freeman se abrió camino entre los policías que estaban sofocando el incendio que afectaba a la fachada norte del Drugstore de Sanders. Las lágrimas habían logrado abrir unos surcos limpios en aquel rostro sucio de hollín.