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– ¡Lo siento mucho, Julia! -El hombre estaba al borde del llanto-. Casi lo habíamos controlado… Lo habríamos conseguido… pero entonces la última… la última botella que lanzaron esos cabrones impactó en los periódicos que había junto a la puerta y… -Se limpió la cara con la manga de la camisa y se embadurnó de hollín-. ¡Lo siento muchísimo!

Julia lo acogió como si Pete fuera un bebé, aunque medía quince centímetros más y pesaba cuarenta y cinco kilos más que ella. Lo estrechó contra sí poniendo cuidado en no hacerle daño en el brazo herido, y le preguntó:

– ¿Qué ha pasado?

– Cócteles molotov -respondió Pete, entre sollozos-. Ese cabrón de Barbara.

– Está en el calabozo, Pete.

– ¡Sus amigos! ¡Han sido sus malditos amigos! ¡Lo han hecho ellos!

– ¡¿Cómo?! ¿Los has visto?

– Los he oído -contestó, y dio un paso atrás para mirarla-. Habría sido muy difícil no oírlos. Tenían un megáfono. Decían que si Dale Barbara no era liberado, quemarían todo el pueblo. -Sonrió con amargura-. ¿Liberarlo? Deberíamos colgarlo. Dadme una soga y lo haré yo mismo.

Big Jim se acercó caminando. Las llamas le teñían de naranja las mejillas. Sus ojos resplandecían. Lucía una sonrisa tan grande que casi llegaba, literalmente, de oreja a oreja.

– ¿Qué te parece ahora tu amigo Barbie, Julia?

Julia se acercó a Big Jim, y debió de hacerlo con una expresión extraña, porque Rennie retrocedió un paso, como si le diera miedo que le soltara un puñetazo.

– Esto no tiene sentido. Ninguno. Y lo sabes.

– Oh, yo creo que sí. Si eres capaz de aceptar la idea de que Dale Barbara y sus amigos fueron los responsables de la aparición de la Cúpula, creo que tiene mucho sentido. Fue un atentado terrorista, simple y llanamente.

– Y una mierda. Yo estaba de su lado, lo que significa que el periódico también. Él lo sabía.

– Pero esos chicos dijeron… -intentó decir Pete.

– Sí -lo interrumpió ella, sin mirarlo. Tenía los ojos clavados en el rostro de Rennie, iluminado por las llamas-. Esos chicos dijeron, esos chicos dijeron, ¿pero quién demonios son esos chicos? Pregúntate eso, Pete. Pregúntate esto: si no fue Barbie, que no tenía ningún motivo, ¿quién tenía alguna razón para hacer algo así? ¿Quién se beneficia de que Julia Shumway se vea obligada a cerrar la boca y dejar de dar problemas?

Big Jim se volvió y se dirigió hacia dos de los nuevos agentes de policía, solo identificables como tal por los pañuelos azules que llevaban atados alrededor de los bíceps. Uno era un tío cachas y alto con cara de ser poco más que un niño a pesar de su tamaño. El otro solo podía ser un Killian; esa cabeza con forma de pepino era tan característica como un sello conmemorativo.

– Mickey, Richie. Sacad a estas dos mujeres de la escena.

Horace estaba agazapado, gruñendo a Big Jim, que le lanzó una mirada desdeñosa.

– Y si no se van por propia voluntad, tenéis permiso para agarrarlas y lanzarlas contra el capó del coche patrulla más cercano.

– Esto no ha acabado -dijo Julia señalándolo con un dedo. Estaba empezando a llorar, pero eran unas lágrimas demasiado dolorosas y exaltadas para ser de dolor-. Esto no ha acabado, hijo de puta.

La sonrisa de Big Jim apareció de nuevo. Tan reluciente como la cera con la que abrillantaba su Hummer. Y tan oscura.

– Sí que ha acabado -replicó él-. Tema zanjado.

6

Big Jim regresó al incendio -quería verlo hasta que solo quedara un montón de cenizas del periódico de aquella metomentodo- y tragó una bocanada de humo. De repente se le detuvo el corazón y el mundo se difuminó frente a él, como si fuera un efecto especial. Luego empezó a latir de nuevo, pero de un modo irregular que le hizo jadear. Se dio un puñetazo en el lado izquierdo del pecho y tosió con fuerza, una solución rápida para las arritmias que le había enseñado el doctor Haskell.

Al principio el corazón continuó con su galope irregular (latido… pausa… latido… pausa), pero entonces recuperó el ritmo normal. Por un instante lo vio recubierto de un denso glóbulo de grasa amarilla, como un órgano que ha sido enterrado vivo y lucha por liberarse antes de que se le acabe todo el aire. Sin embargo, borró esa imagen de su cabeza rápidamente.

Estoy bien. Trabajo demasiado. No es nada que no puedan curar siete horas de sueño.

El jefe Randolph se le acercó con una fumigadora sujeta a su ancha espalda. Tenía la cara empapada en sudor.

– ¿Jim? ¿Estás bien?

– Sí -respondió Big Jim. Y lo estaba. Lo estaba. Se encontraba en la cúspide de la vida, era el momento ideal para alcanzar la grandeza, un hito que siempre se había considerado capaz de lograr. No pensaba permitir que unos problemillas de corazón se lo impidieran-. Solo estoy cansado. Llevo todo el día de un lado para otro, sin parar.

– Vete a casa -le aconsejó Randolph-. Nunca creí que llegaría a dar gracias a Dios por la Cúpula, y no voy a hacerlo ahora, pero como mínimo funciona como barrera contra el viento. Todo saldrá bien. He enviado a unos cuantos hombres al tejado del Drugstore y de la librería por si salta alguna chispa, así que puedes…

– ¿A qué hombres? -El corazón se estaba calmando, calmando. Bien.

– A Henry Morrison y a Toby Whelan a la librería. A Georgie Frederick y a uno de los chicos nuevos al del Drugstore. Uno de los hijos de Killian, creo. Rommie Burpee se ha ofrecido como voluntario para subir con ellos.

– ¿Tienes el walkie?

– Claro que sí.

– ¿Y Frederick tiene el suyo?

– Todos los agentes de plantilla lo tienen.

– Pues dile a Frederick que no le quite el ojo de encima a Burpee.

– ¿A Rommie? ¿Por qué, por el amor de Dios?

– No confío en él. Podría ser amigo de Barbara. -Aunque no era Barbara quien preocupaba a Big Jim en lo referente a Burpee. Romeo había sido amigo de Brenda, y era un tipo listo.

Randolph tenía la cara sudorosa surcada de arrugas.

– ¿Cuántos crees que son? ¿Cuántos están del lado del hijo de puta?

Big Jim meneó la cabeza.

– Es difícil de decir, Pete, pero esto es más grande de lo que creemos. Deben de haberlo estado planeando desde hace mucho tiempo. No podemos fijarnos solo en los recién llegados al pueblo y decir que tienen que ser ellos. Algunas de las personas involucradas podrían llevar aquí años. Décadas, incluso. Deben de haberse infiltrado entre nosotros.

– Cielos. Pero ¿por qué, Jim? ¿Por qué, por el amor de Dios?

– No lo sé. Para hacer pruebas, quizá, y utilizarnos como conejillos de Indias. O quizá es un plan de los de arriba. No me extrañaría que al matón de la Casa Blanca se le ocurriera algo así. Lo que importa es que vamos a tener que reforzar la seguridad y vigilar muy de cerca a los mentirosos que intenten socavar nuestros esfuerzos para mantener el orden.

– ¿Crees que ella…? -Señaló con la cabeza a Julia, que estaba viendo cómo ardía su negocio con su perro sentado a su lado jadeando a causa del calor.

– No estoy seguro, pero después de ver cómo se ha comportado esta tarde… Cómo ha entrado en la comisaría gritando qué quería verlo… ¿Qué te dice eso?

– Sí -admitió Randolph. Lanzó hacia Julia una mirada de recelo-. Y luego ha quemado su propia casa. No hay coartada mejor que esa.

Big Jim lo señaló con un dedo, como diciendo «Ahí podrías haber dado en el blanco».

– Tengo que ponerme en marcha. Debo llamar a George Frederick y decirle que vigile de cerca a Lewiston Canuck.

– De acuerdo. -Randolph cogió el walkie-talkie.

Detrás de ellos Fernald Bowie gritó:

– ¡El tejado se desploma! ¡Los de la calle, apartaos! ¡Los que estáis en los tejados de los otros edificios, atentos, atentos!

Con una mano en la puerta de su Hummer, Big Jim observó cómo se desplomaba el tejado del Democrat, que lanzó una lluvia de chispas al cielo negro. Los hombres apostados en los edificios adyacentes comprobaron que las fumigadoras de sus compañeros estuvieran bien cebadas, y permanecieron en posición de descanso, esperando a que saltaran las chispas, dispuestos a rociarlas con agua.