Twitch alzó la cabeza y vio el cerebro de Sammy Bushey en lo alto de una pared, secándose. Lo que la chica había utilizado para pensar parecía ahora un coágulo de copos de avena. Rompió a llorar.
10
Andy Sanders estaba sentado en el apartamento de Dale Barbara, en un lado de la cama. La ventana estaba teñida del resplandor naranja de las llamas del edificio del Democrat, que se encontraba al lado. Por encima de él oyó pasos y voces amortiguadas; supuso que había hombres en el tejado.
Andy había subido por la escalera interior desde la farmacia. Abrió la bolsa marrón y sacó el contenido: un vaso, una botella de agua Dasani y un frasco de pastillas: OxyContin. La etiqueta decía PARA A. GRINNELL. Eran rosa y había unas veinte. Sacó unas cuantas, las contó, y sacó más. Veinte. Cuatrocientos miligramos. Tal vez no serían suficientes para matar a Andrea, que había logrado desarrollar cierta tolerancia, pero estaba convencido de que bastarían para él.
El calor del incendio del edificio de al lado atravesaba la pared. Estaba empapado en sudor. Debía de estar como mínimo a cuarenta grados. Quizá más. Se secó la cara con la colcha.
No tendré que aguantarlo mucho más. En el cielo soplará una brisa agradable y todos cenaremos juntos en la mesa del Señor.
Usó el culo del vaso para machacar las pastillas y asegurarse de que todas causaban efecto al mismo tiempo. Como un martillazo en la cabeza de un buey. Solo tenía que tumbarse en la cama, cerrar los ojos, y luego buenas noches, dulce farmacéutico, que un coro de ángeles te acompañe hacia el descanso celestial.
Yo… y Claudie… y Dodee. Juntos para la eternidad.
No lo creo, hermano.
Era la voz de Coggins, en su tono más sombrío y declamatorio. Andy hizo una pausa en el proceso de machacado de las pastillas.
Los suicidas no cenan con sus seres amados, amigo mío; van al infierno y cenan brasas ardientes que queman eternamente en su estómago. ¿Vas a decir «aleluya» ahora? ¿Vas a decir «amén»?
– Sandeces -susurró Andy, que siguió moliendo las pastillas-. Tú enseguida corriste a meter el hocico en el comedero, como todos nosotros. ¿Por qué iba a creerte?
Porque digo la verdad. Tu mujer y tu hija te están mirando ahora mismo, suplicándote que no lo hagas. ¿Acaso no las oyes?
– No -respondió Andy-. Y eso tampoco eres tú. Es una parte de mi mente que se comporta con cobardía. Ha intentado dirigirme toda la vida. Así es como Big Jim se adueñó de mi voluntad. Así es como me metí en este lío de las anfetaminas. No necesitaba el dinero, ni siquiera soy capaz de asimilar semejantes cantidades de dinero, pero no sabía cómo decir no. Pero ahora puedo decirlo. No, señor. No me queda nada por lo que vivir, y quiero irme. ¿Tienes algo que decir al respecto?
Parecía que Lester Coggins se había quedado sin palabras. Andy acabó de reducir las pastillas a polvo y llenó el vaso de agua. Vertió el polvo rosa en el vaso usando el costado de la mano y luego lo revolvió todo con el dedo. Lo único que se oía eran las llamas y los gritos amortiguados de los hombres que intentaban extinguirlas desde arriba, el bum-bum-bum de los hombres que caminaban por el tejado.
– De un trago -dijo… pero no bebió.
Tenía la mano en el vaso, sin embargo esa parte cobarde de su ser, esa parte que no quería morir a pesar de que no le quedaba nada importante por lo que vivir, fue incapaz de moverlo.
– No, esta vez no vas a ganar -dijo, pero soltó el vaso para poder secarse con la colcha el sudor que le corría por la cara-. No ganas siempre, y no vas a ganar ahora.
Se llevó el vaso a los labios. Una dulce promesa de olvido flotaba en su interior. Pero volvió a dejarlo en la mesita de noche.
Esa parte cobarde aún lo dominaba. Maldita fuera.
– Envíame una señal, Señor -susurró-. Envíame una señal para que sepa que puedo beber esto. Aunque solo sea porque es la única forma que tengo de salir de este pueblo.
En el edificio de al lado, el tejado del Democrat se vino abajo con una lluvia de chispas. Por encima de él, alguien -parecía Romeo Burpee- gritó:
– ¡Estad listos, chicos, estad listos, joder!
«Estad listos.» Esa era la señal, sin duda. Andy Sanders levantó el vaso de la muerte de nuevo, y esta vez la parte cobarde de su ser no se lo pudo impedir. La parte cobarde parecía haberse rendido.
En su bolsillo, su móvil hizo sonar las primeras notas de «You're Beautiful», una mierda de canción sentimental que había elegido Claudie. Por un instante estuvo a punto de beber el contenido del vaso, pero entonces una voz le susurró que aquello también podía ser una señal. No sabía si era la voz de su parte cobarde, o la de Coggins, o la de su corazón. Y puesto que no lo sabía, contestó a la llamada.
– ¿Señor Sanders? -Era la voz de una mujer, cansada, desdichada y asustada. Andy la identificó-. Soy Virginia Tomlinson, del hospital.
– ¡Ginny, claro! -exclamó con su habitual tono alegre y servicial. Era muy raro.
– Me temo que tenemos un problema. ¿Puede venir?
La luz logró atravesar la confusa oscuridad de la cabeza de Andy. Lo llenó de sorpresa y gratitud. Alguien le había preguntado «¿Puede venir?». ¿Había olvidado lo bien que le hacían sentir esas cosas? Supuso que sí, pero ese era el motivo que lo había impulsado a presentarse al cargo de concejal en primera instancia. Ese y no el mero hecho de poseer cierto poder; aquello era cosa de Big Jim. Tan solo quería echar una mano. Así era como había empezado; y quizá como iba a acabar.
– ¿Señor Sanders? ¿Está ahí?
– Sí. Tranquila, Ginny. Llego enseguida. -Hizo una pausa-. Y no me llames señor Sanders. Soy Andy. Esto nos afecta a todos, lo sabes.
Colgó, llevó el vaso al baño y tiró el contenido al váter. La buena sensación que lo había embargado, la sensación de luz y asombro, duró hasta que tiró de la cadena. Entonces la depresión cayó sobre él como un abrigo viejo y maloliente. ¿Lo necesitaban? Era muy extraño. No era más que el viejo y estúpido Andy Sanders, el títere cuyos hilos movía Big Jim. El portavoz. La marioneta. El hombre que leía las mociones y propuestas de Big Jim como si fueran suyas. El hombre que era útil cada dos años, más o menos, para hacer campaña y hacer gala de su encanto sureño. Algo que Big Jim era incapaz de hacer o no estaba dispuesto.
Había más pastillas en el frasco. Había más Dasani en la nevera de abajo. Pero Andy no meditó en serio sobre esa posibilidad; le había hecho una promesa a Ginny Tomlinson, y era un hombre de palabra. Sin embargo, no había descartado el suicidio, tan solo lo había postergado. Lo había pospuesto, tal como se decía en el mundillo de la política local. Y más le valía salir de esa habitación que a punto había estado de convertirse en su cámara mortuoria.
Estaba empezando a llenarse de humo.
11
La sala de trabajo del depósito de cadáveres de los Bowie se encontraba bajo tierra, y Linda se sintió lo bastante segura para encender las luces. Rusty las necesitaba para llevar a cabo el examen.
– Menuda porquería -dijo él, y señaló el suelo de baldosas, sucio y lleno de pisadas, las latas de cerveza y refrescos que había sobre las mesas, un cubo de la basura en un rincón sobre el que revoloteaban unas cuantas moscas-. Si la Junta Estatal de Servicios Funerarios viera esto, o el Departamento de Salud, lo cerrarían en menos que canta un gallo.
– En menos que canta un gallo vamos a tener que salir nosotros de aquí si no queremos que nos pillen -le recordó Lisa. Estaba mirando la mesa de acero inoxidable que había en el centro de la habitación. La superficie estaba sucia debido a una serie de sustancias que, a buen seguro, era mejor no identificar, y había un envoltorio de Snickers hecho una bola junto a uno de los desagües-. Vamos, date prisa, Eric, este lugar apesta.