– Y no solo en el sentido literal -replicó Rusty. Aquel desorden lo ofendía; es más, lo indignaba. Habría sido capaz de darle un puñetazo en la boca a Stewart Bowie solo por el envoltorio del caramelo tirado en la mesa en la que drenaban la sangre a los fallecidos del pueblo.
En el otro extremo de la habitación había seis refrigeradores mortuorios de acero inoxidable. Detrás de ellos se oía el zumbido continuo del equipo de refrigeración.
– Aquí no escasea el propano -murmuró Rusty-. Los hermanos Bowie no reparan en gastos.
No había nombres en las ranuras para las tarjetas de la parte frontal de los refrigeradores -otro signo de dejadez-, de modo que Rusty abrió los seis. Los primeros dos estaban vacíos, lo cual no le sorprendió. La mayoría de las personas que habían muerto desde la aparición de la Cúpula, incluido Ron Haskell y los Evans, habían sido enterrados rápidamente. Jimmy Sirois, que no tenía ningún familiar cercano, seguía en la pequeña morgue del Cathy Russell.
En los otros cuatro refrigeradores se encontraban los cuerpos que había ido a ver. El olor a descomposición lo golpeó en cuanto sacó las camillas. El hedor aplastó los olores desagradables pero menos agresivos de los conservantes y los ungüentos funerarios. Linda se apartó, le dieron arcadas.
– No vomites, Linny -dijo Rusty, y se dirigió a los armarios que había en el otro lado de la habitación. En el primer cajón que abrió solo había números atrasados de Field & Stream, y Rusty lanzó una maldición. Sin embargo, en el de debajo encontró lo que necesitaba. Metió la mano debajo de un trocar, que tenía toda la pinta de que nunca lo habían limpiado, y sacó un par de mascarillas verdes de plástico que aún estaban en su funda. Le dio una a Linda y se puso la otra. Miró en el siguiente cajón y sacó un par de guantes de goma. Eran de color amarillo brillante, endemoniadamente alegres.
– Si crees que a pesar de la mascarilla vas a vomitar, sube arriba con Stacey.
– Estoy bien. Debo hacer de testigo.
– No estoy muy seguro de que tu testimonio sirviera de mucho; a fin de cuentas, eres mi mujer.
Ella insistió:
– Debo hacer de testigo. Tú date toda la prisa que puedas.
Las camillas donde reposaban los cuerpos daban asco, lo cual no le sorprendió después de haber visto el estado en el que se encontraba el resto de la zona de trabajo, pero aun así le repugnaba. Linda se había acordado de llevar una vieja grabadora de casete que había encontrado en el garaje. Rusty apretó el botón de RECORD, probó el sonido y le sorprendió que no fuera demasiado malo. Dejó la pequeña Panasonic en una de las camillas vacías. Entonces se puso los guantes. Tardó más de lo previsto ya que le sudaban las manos. Debía de haber talco en alguna parte, pero no tenía intención de perder más tiempo buscándolo. Ya se sentía como un ladrón. Qué diablos, era un ladrón.
– Bueno, ahí vamos. Son las diez y cuarenta y cinco de la noche del veinticuatro de octubre. Este examen está teniendo lugar en la sala de trabajo de la Funeraria Bowie. Que está asquerosa, por cierto. Da vergüenza. Veo cuatro cuerpos, tres mujeres y un hombre. Dos de las mujeres son jóvenes, y deben de tener alrededor de veinte años. Se trata de Angela McCain y Dodee Sanders.
– Dorothy -dijo Linda desde el otro lado de la mesa de trabajo-. Se llama… llamaba… Dorothy.
– Me corrijo. Dorothy Sanders. La tercera mujer es de edad madura. Se trata de Brenda Perkins. El hombre tiene unos cuarenta años. Es el reverendo Lester Coggins. Para que conste, puedo identificar a todas estas personas.
Hizo un gesto a su mujer y señaló los cuerpos. Ella los miró y se le llenaron los ojos de lágrimas. Levantó un poco la mascarilla, lo suficiente para decir:
– Soy Linda Everett, del departamento de policía de Chester's Mills. Mi número de placa es el siete, siete, cinco. También reconozco los cuatro cuerpos. -Volvió a ponerse la mascarilla. Por encima, los ojos lanzaban una mirada suplicante.
Rusty le hizo un gesto para que retrocediera. Era todo una farsa. Él lo sabía e imaginaba que Linda también. No obstante, no se sentía deprimido. Desde que era niño había anhelado seguir la carrera de Medicina, y habría acabado siendo médico si no hubiera tenido que abandonar los estudios para ocuparse de sus padres. Lo mismo que lo había impulsado a diseccionar ranas y ojos de vaca en clase de biología durante su primer año en el instituto, le servía también de acicate ahora: la simple curiosidad. La necesidad de saber. Y pensaba lograr su objetivo. Tal vez no acabaría sabiéndolo todo, pero sí algunas cosas.
Aquí es donde los muertos ayudan a los vivos. ¿Había dicho eso Linda?
Daba igual. Estaba convencido de que lo ayudarían si podían.
– A simple vista, parece que no han maquillado los cuerpos, pero los cuatro han sido embalsamados. No sé si el proceso se ha completado, pero sospecho que no, porque las punciones de la arteria femoral aún están en su sitio.
»Angela y Dodee, perdón, Dorothy, han sido víctimas de una paliza y están en avanzado estado de descomposición. Coggins también ha recibido una paliza, salvaje, a juzgar por el aspecto que tiene, y también está en estado de descomposición, aunque no tan avanzada; la musculatura facial y de los brazos ha empezado a desprenderse. Brenda, Brenda Perkins, quiero decir… -Dejó la frase inacabada.
– ¿Rusty? -preguntó Linda, nerviosa-. ¿Cielo?
Estiró una mano enfundada en el guante, se lo pensó dos veces, se quitó el guante y le palpó la garganta. Entonces le levantó la cabeza y notó el nudo monstruosamente grande que tenía justo debajo de la nuca. Volvió a dejar la cabeza sobre la mesa y puso el cuerpo de costado para poder examinar la espalda y las nalgas.
– Cielos -dijo.
– ¿Rusty? ¿Qué?
Para empezar; aún está cubierta de mierda, pensó… Pero aquello no podía constar en la grabación. Aunque Randolph o Rennie solo escucharan los primeros sesenta segundos antes de aplastar la cinta con un tacón y quemar los restos. No quería añadir ese detalle de su profanación.
Pero lo recordaría.
– ¿Qué?
Se humedeció los labios y dijo:
– Brenda Perkins muestra livor mortis en las nalgas y los muslos, lo que indica que lleva muerta al menos doce horas, probablemente catorce. Tiene contusiones en ambas mejillas. Son huellas de manos. No cabe la menor duda al respecto. Alguien la agarró de la cara y le retorció la cabeza hacia la izquierda con fuerza, lo que causó la fractura de las vértebras cervicales atlas y axis, Cl y C2. Probablemente también le fracturó la columna vertebral.
– Oh, Rusty -gimió Linda.
Rusty le abrió primero un párpado, luego el otro. Vio lo que temía.
– Las contusiones en las mejillas y las petequias en esclera, manchas de sangre en el blanco de los ojos, sugieren que la muerte no fue instantánea. La víctima no podía respirar y murió asfixiada. Podría haber estado o no consciente. Esperemos que no. Es lo único que puedo decir, por desgracia. Las chicas, Angela y Dorothy, son las que llevan más tiempo muertas. El estado de descomposición sugiere que sus cadáveres permanecieron almacenados en un lugar cálido.
Apagó la grabadora.
– En otras palabras, no veo nada que exonere por completo a Barbie y nada que no supiéramos ya.
– ¿Y si sus manos no encajan con las contusiones de la cara de Brenda?
– Las marcas son demasiado difusas para estar seguros. Lin, me siento como el hombre más estúpido de la tierra.
Volvió a guardar los cadáveres de las chicas -que en ese momento deberían haber estado paseando por el centro comercial de Auburn, mirando pendientes, comprando ropa en Deb, hablando de novios- en el interior de los refrigeradores y se volvió hacia Brenda.