Pero era demasiado tarde. Y gracias a la ayuda de Big Jim, saldría adelante. Tenía que concentrarse en eso; Big Jim lo mantendría a flote.
Marty Arsenault le dio un golpecito en el hombro. Randolph estuvo a punto de agarrarlo y golpearlo. Arsenault no se dio cuenta; estaba mirando hacia la otra acera, por donde Julia paseaba a su perro. Paseaba al perro y… ¿qué?
Clavaba periódicos, eso era lo que estaba haciendo. Clavándolos en los malditos postes de teléfono.
– Esa zorra no piensa rendirse -murmuró.
– ¿Quieres que vaya y la obligue a que lo haga? -preguntó Arsenault.
Marty parecía entusiasmado con la tarea, y Randolph estuvo a punto de encargársela. Pero negó con la cabeza.
– Empezaría a darte la tabarra con los malditos derechos civiles. Parece que no se da cuenta de que meterle el miedo en el cuerpo a todo el mundo no es algo que beneficie especialmente al pueblo. -Negó con la cabeza-. Seguramente no se da cuenta… Esa mujer es increíblemente… -había una palabra que la describía, una palabra francesa que había aprendido en el instituto. Cuando ya había perdido las esperanzas de recordarla, le vino a la cabeza-: Increíblemente naif.
– Voy a obligarla a que pare, jefe, pienso hacerlo. ¿Qué puede hacer ella, llamar a su abogado?
– Deja que se divierta. Al menos así no nos da la tabarra. Tengo que ir al hospital. Denton dice que Sammy Bushey ha asesinado a Frank DeLesseps y a Georgia Roux y que luego se ha suicidado.
– Cielos -susurró Marty, que empezó a ponerse pálido-. ¿Crees que también es cosa de Barbara?
Randolph iba a responder que no, pero cambió de opinión. Le vino a la cabeza la acusación de violación de la chica. Su suicidio confería cierta verosimilitud a la cuestión, y los rumores de que agentes de la policía de Chester's Mills pudieran haber hecho algo así serían perjudiciales para la moral del departamento y, por lo tanto, para el pueblo. No necesitaba que Jim Rennie se lo dijera.
– No lo sé -dijo-, pero es posible.
A Marty se le empezaron a saltar las lágrimas, bien por el humo, bien por la pena. Quizá por ambas cosas.
– Hay que informar a Big Jim de esto, Pete.
– Lo haré. Mientras tanto -Randolph señaló con la cabeza a Julia-, no la pierdas de vista, y cuando se canse y se vaya, arranca todos esos periódicos de mierda y tíralos donde deberían estar. -Señaló la pira en la que se había convertido la oficina del periódico-. Y pon cualquier otra cosa en su lugar.
Marty soltó una risita burlona.
– Oído, jefe.
Y eso es lo que hizo el agente Arsenault. Pero no antes de que varias personas hubieran cogido unos cuantos periódicos (media docena, tal vez diez) para leerlos bajo una luz más adecuada. Pasaron de mano en mano durante los dos o tres días posteriores, y los leyeron hasta que literalmente se deshicieron.
14
Cuando Andy llegó al hospital, Piper Libby ya se encontraba allí. Estaba sentada en un banco del vestíbulo, hablando con dos chicas que llevaban medias blancas y el vestido de enfermera… aunque a Andy le parecieron demasiado jóvenes para ser enfermeras de verdad. Ambas habían llorado y daba la sensación de que podían volver a deshacerse en lágrimas en cualquier momento, pero Andy vio que la reverenda Libby tenía un efecto balsámico en ellas. Si algo se le daba bien era juzgar las emociones humanas. Aunque a veces habría preferido tener mejor capacidad de raciocinio.
Ginny Tomlinson estaba cerca, charlando en voz baja con un tipo de aspecto más bien mayor. Ambos parecían aturdidos y afectados por algo. Ginny vio a Andy y se dirigió hacia él. El tipo de aspecto mayor la siguió. Se lo presentó, le dijo que se llamaba Thurston Marshall y que les estaba echando una mano.
Andy sonrió y le dio un cordial apretón de manos.
– Encantado de conocerte, Thurston. Soy Andy Sanders. Primer concejal.
Piper los miró desde el banco y dijo:
– Si de verdad fueras el primer concejal, Andy, serías capaz de refrenar al segundo.
– Soy consciente de que has pasado unos días muy duros -replicó Andy sin dejar de sonreír-. Al igual que todos.
Piper le lanzó una extraña mirada gélida, y luego les preguntó a las chicas si les apetecía ir a la cafetería con ella a tomar un té.
– No me vendría nada mal una taza -dijo ella.
– La he llamado después de llamarte a ti -dijo Ginny, a modo de disculpa, cuando la reverenda y las dos jóvenes enfermeras se habían ido-. Y también he llamado a la policía. He hablado con Fred Denton. -Frunció la nariz, como hace la gente cuando algo huele mal.
– Ah, Freddy es un buen tipo -dijo Andy muy serio. No estaba del todo allí (se sentía como si todavía estuviera sentado en la cama de Dale Barbara mientras se preparaba para beberse aquella agua rosa envenenada), pero aun así las viejas costumbres volvieron a hacer acto de presencia poco a poco. La necesidad de hacer bien las cosas, de calmar las aguas turbulentas, resultó ser como montar en bicicleta-. Dime qué ha ocurrido.
Ginny obedeció. Andy la escuchó haciendo gala de una sorprendente serenidad, pensando en que conocía a la familia DeLesseps de toda vida y que en el instituto había tenido una cita con la madre de Georgia Roux (Helen le dio un beso con lengua, lo que le gustó, pero le olía el aliento, lo que no le gustó). Se dio cuenta de que su estabilidad emocional se debía al hecho de que sabía que si su teléfono no hubiera sonado cuando lo hizo, en ese momento estaría inconsciente. Tal vez muerto. Y eso le ayudaba a mirar las cosas desde otro punto de vista.
– Dos de nuestros agentes nuevos -dijo. Su propia voz le sonó como las grabaciones que utilizaban los cines cuando uno llamaba para saber los horarios de las distintas sesiones-. Uno resultó herido grave mientras intentaba poner orden en el supermercado. Cielos, cielos.
– Quizá no sea el mejor momento para decirlo, pero no estoy lo que se dice contento con la actuación de sus policías -dijo Thurston-. Aunque como el agente que me dio un puñetazo está muerto, presentar una queja sería cuando menos discutible.
– ¿Qué agente? ¿Frank o Georgia Roux?
– El joven. Lo reconocí a pesar de la… de la desfiguración.
– ¿Que Frank DeLesseps le dio un puñetazo? -Andy no podía creérselo. Frankie había sido el repartidor del Sun de Lewiston durante cuatro años y no le falló ni un día. Bueno, sí, pensándolo bien, uno o dos, pero por culpa de una tormenta de nieve. Y en una ocasión había tenido el sarampión. ¿O habían sido paperas?
– Si se llamaba así…
– Bueno, cielos… es… -¿Es qué? ¿Y acaso importaba? ¿Importaba algo? Aun así, Andy prosiguió con ánimo-. Es lamentable, señor. En Chester's Mills creemos que debemos estar a la altura de nuestras responsabilidades. Que hay que hacer lo adecuado. Pero ahora mismo estamos sometidos a una gran presión. Nos vemos afectados por una serie de circunstancias que escapan a nuestro control.
– Lo sé -dijo Thurse-. En lo que a mí respecta, es agua pasada. Pero, señor… esos agentes eran muy jóvenes. Y su comportamiento estuvo muy fuera de lugar. -Hizo una pausa-. Mi compañera también fue agredida.
Andy no podía creer que ese hombre le estuviera diciendo la verdad. Los policías de Chester's Mills no hacían daño a la gente a menos que fueran víctimas de una provocación (de una gran provocación); ese comportamiento era típico de las grandes ciudades, donde la gente era incapaz de llevarse bien. Aunque, claro, también habría dicho que el hecho de que una chica asesinara a dos policías y luego se quitara la vida era el tipo de cosas que no ocurría en Chester's Mills.
Da igual, pensó Andy. No es simplemente alguien de fuera del pueblo, sino de fuera del estado. Se deberá a eso.