En lo que no podía dejar de pensar no era en el edificio en llamas donde había estado almacenada su vida, sino en la cara que puso el coronel Cox cuando le preguntó si los habían abandonado.
«Negativo -había respondido-. En absoluto.» Pero había sido incapaz de mirarla a los ojos mientras lo decía.
Había una mecedora de jardín en el porche. En caso necesario, podía acurrucarse en ella y dormir. Pero quizá…
Giró el pomo de la puerta y resultó que no estaba cerrada con llave. Dudó; Horace no. Convencido de que era bienvenido en todas partes, entró de inmediato. Julia lo siguió, arrastrada por la cadena, pensando: Ahora es mi perro quien toma las decisiones. Adonde iré a parar.
– ¿Andrea? -dijo en voz baja-. Andi, ¿estás aquí? Soy Julia.
En el piso de arriba, tumbada boca arriba y roncando como un camionero tras un viaje de cuatro días, solo una parte de Andrea se movía: el pie izquierdo, que aún sufría las sacudidas y los temblores del síndrome de abstinencia.
El salón estaba en penumbra, pero no a oscuras; Andi había dejado una lámpara a pilas encendida en la cocina. Y olía a algo. Las ventanas estaban abiertas, pero como no soplaba ni una triste brisa, el olor a vómito no había desaparecido por completo. ¿Le había dicho alguien que Andrea estaba enferma? ¿Que tenía la gripe, tal vez?
Quizá es gripe, pero si se ha quedado sin sus pastillas bien podría estar con el síndrome de abstinencia.
Fuera lo que fuese, una enfermedad era una enfermedad, y por lo general los enfermos no querían estar solos, lo que significaba que la casa estaba vacía. Y ella estaba muy cansada. En el otro extremo de la sala había un sofá largo y bonito que la llamaba. Si Andi llegaba al día siguiente y encontraba allí a Julia, lo entendería.
– Quizá incluso me haga una taza de té -dijo-. Nos echaremos unas risas. -Aunque en ese momento la idea de volver a reírse de algo en toda su vida le parecía improbable-. Venga, Horace.
Le quitó la correa y cruzó la sala. Horace la observó hasta que se tumbó en el sofá y se puso una almohada bajo la cabeza. Entonces él también se echó y puso el morro sobre la pata.
– Pórtate bien -le dijo Julia, y cerró los ojos. Lo que vio entonces fue la mirada huidiza de Cox. Porque Cox creía que iban a permanecer bajo la Cúpula durante mucho tiempo.
Sin embargo, el cuerpo es más piadoso que la mente. Julia se quedó dormida con la cabeza a poco más de un metro del sobre que Brenda había intentado entregarle esa misma mañana. En algún momento, Horace se subió al sofá y se acurrucó entre sus rodillas. Y así los encontró Andrea cuando bajó la mañana del 25 de octubre; se sentía ella misma, mucho más que en los últimos años.
16
Había cuatro personas en la sala de estar de Rusty: Linda, Jackie, Stacey Moggin y el propio Rusty. Sirvió vasos de té helado y acto seguido realizó un resumen de lo que había encontrado en el sótano de la Funeraria Bowie. Stacey hizo la primera pregunta, meramente práctica.
– ¿Os habéis acordado de cerrar con llave?
– Sí -respondió Linda.
– Entonces devuélvemela. Tengo que dejarla en su sitio. Nosotros y ellos, pensó Rusty de nuevo. En torno a esto va a girar la conversación. Ya está siendo así. Nuestros secretos. Su poder. Nuestros planes. Sus intenciones.
Linda le entregó la llave y le preguntó a Jackie si las niñas le habían causado algún problema.
– No han tenido ningún ataque, si es eso lo que te preocupa. Han dormido todo el rato como corderitos.
– ¿Qué vamos a hacer con esto? -preguntó Stacey. Era una mujer pequeña pero decidida-. Si queréis que detengan a Rennie, vamos a tener que convencer a Randolph entre los cuatro para que lo haga. Nosotras tres como agentes, y Rusty como patólogo.
– ¡No! -exclamaron Jackie y Linda al unísono; esta con miedo, aquella con decisión.
– Tenemos una hipótesis, pero ninguna prueba de verdad -dijo Jackie-. No estoy muy segura de que Pete Randolph nos creyera aunque tuviéramos fotografías en las que se viera a Big Jim rompiéndole el cuello a Brenda. Rennie y él están en el ajo, saldrán a flote o se hundirán, pero lo harán juntos. Y la mayoría de los policías se pondría del bando de Pete.
– Sobre todo los nuevos -dijo Stacey, que se atusó la melena rubia-. En general no tienen muchas luces, pero son fieles. Y les gusta ir por ahí con armas. Además -se inclinó hacia delante-, esta noche hay siete u ocho más. Chicos del instituto. Grandullones, estúpidos y entusiastas. La verdad es que me dan miedo. Y otra cosa: Thibodeau, Searles y Junior Rennie están pidiendo a los novatos que les recomienden más candidatos. Como esto siga así, dentro de unos días no tendremos un cuerpo de policía, sino un ejército de adolescentes.
– ¿Nadie nos escucharía? -preguntó Rusty. No exactamente con incredulidad, sino para saber con quién podían contar-. ¿Nadie en absoluto?
– Tal vez Henry Morrison -respondió Jackie-. Ve lo que está sucediendo y no le convence. Pero ¿los demás? Están con Big Jim. En parte porque tienen miedo y en parte porque les gusta el poder. Para chicos como Toby Whelan y George Frederick se trata de una sensación nueva; y otros como Freddy Denton sencillamente son malas personas.
– ¿Y eso qué significa? -preguntó Linda.
– Significa que, de momento, no vamos a decir nada a nadie. Si Rennie ha matado a cuatro personas, es muy, muy peligroso.
– La espera lo convertirá en alguien más peligroso, no menos -objetó Rusty.
– Debemos pensar en Judy y Janelle, Rusty -dijo Linda. Se estaba mordiendo las uñas, algo que Rusty no le había visto hacer desde hacía años-. No podemos arriesgarnos a que les pase algo. No pienso planteármelo y no pienso permitir que te lo plantees.
– Yo también tengo un hijo -afirmó Stacey-. Calvin. Solo tiene cinco años. Esta noche he tenido que hacer acopio de todo mi valor para montar guardia en la funeraria. El mero hecho de pensar en ir a contarle todo esto al idiota de Randolph… -No fue necesario que acabara la frase; la palidez de sus mejillas era elocuente.
– Nadie te lo ha pedido -dijo Jackie.
– En este momento lo único que puedo demostrar es que se usó la pelota de béisbol para acabar con Coggins -dijo Rusty-. Pero podría haberlo hecho cualquiera. Hasta su propio hijo, demonios.
– Lo cual no me sorprendería demasiado -añadió Stacey-. Últimamente Junior se comporta de un modo extraño. Lo echaron de Bowdoin por pelearse. No sé si su padre está enterado, pero llamaron a la policía desde el gimnasio donde ocurrió, y vi el informe en el ordenador. Y las dos chicas… Si fueron crímenes sexuales…
– Lo fueron -sentenció Rusty-. Terribles. Es mejor que no sepas los detalles.
– Pero Brenda no fue víctima de una agresión sexual -dijo Jackie-. Eso significa que Coggins y Brenda murieron en circunstancias distintas a las chicas.
– Quizá Junior mató a las chicas y su padre se cargó a Brenda y a Coggins -dijo Rusty, que esperó que alguien riera. Pero nadie lo hizo-. En tal caso, ¿por qué?
Todos negaron con la cabeza.
– Tuvo que haber un motivo -dijo Rusty-, pero dudo que fuera el sexo.
– Crees que tiene algo que ocultar -afirmó Jackie.
– Sí, lo creo. Y me parece que hay alguien que podría saber de qué se trata. Está encerrado en el sótano de la comisaría.
– ¿Barbara? -preguntó Jackie-. ¿Por qué iba a saberlo Barbara?
– Porque habló con Brenda. Tuvieron una charla bastante privada en el jardín posterior de la casa de Brenda el día después de que apareciera la Cúpula.