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– ¿Cómo demonios lo sabes? -preguntó Stacey.

– Porque los Buffalino viven al lado de los Perkins y la ventana del dormitorio de Gina da al jardín de los Perkins. Resulta que los vio y me lo dijo. -Se dio cuenta de que Linda lo miraba y se encogió de hombros-. ¿Qué puedo decir? Vivimos en un pueblo muy pequeño. Todos apoyamos al equipo.

– Espero que le dijeras que cerrara la boca -le advirtió Linda.

– No lo hice porque cuando me lo contó no tenía ningún motivo para sospechar que Big Jim podía haber matado a Brenda. O machacado la cabeza a Lester Coggins con una bola de béisbol de coleccionista. Ni tan siquiera sabía que estaban muertos.

– Aún no sabemos si Barbie sabe algo -dijo Stacey-. O sea, aparte de hacer una tortilla de champiñones y queso que está para chuparse los dedos.

– Alguien va a tener que preguntárselo -dijo Jackie-. Me propongo a mí misma.

– Aunque sepa algo, ¿de qué servirá? -preguntó Linda-. Ahora mismo vivimos casi en una dictadura. Acabo de darme cuenta. Supongo que soy lenta de reflejos.

– Más que lenta de reflejos, eres una persona confiada -la corrigió Jackie-, y por lo general ser confiada no tiene nada de malo. En cuanto al coronel Barbara, no sabemos si servirá de algo hasta que no se lo preguntemos. -Hizo una pausa-. Y esa no es realmente la cuestión, lo sabes. Es inocente. Esa es la cuestión.

– ¿Y si lo matan? -preguntó Rusty sin rodeos-. Podrían pegarle un tiro mientras intenta escapar.

– Estoy convencida de que eso no ocurrirá -replicó Jackie-. Big Jim quiere montar un juicio-espectáculo. Eso es lo que se dice en comisaría. -Stacey asintió-. Quieren hacer creer a la gente que Barbara es una araña que está tejiendo una gran tela conspirativa. Así podrán ejecutarlo. Pero aunque actúen con mucha rapidez, tardarán días en hacerlo. Semanas, si tenemos suerte.

– No seremos tan afortunados -dijo Linda-. No si Rennie quiere moverse rápido.

– Tal vez tengas razón, pero antes Rennie tiene que asistir a la asamblea extraordinaria del pueblo el jueves. Y seguro que querrá interrogar a Barbara. Si Rusty sabe que ha estado con Brenda, entonces Rennie también.

– Claro que lo sabe -dijo Stacey, con impaciencia-. Estaban juntos cuando Barbara le enseñó a Jim la carta del presidente.

Pensaron en silencio sobre ello un minuto.

– Si Rennie está ocultando algo -murmuró Linda-, necesitará tiempo para librarse de ello.

Jackie se rió. La carcajada sonó casi espeluznante en la tensión que reinaba en el salón.

– Pues que tenga buena suerte. Sea lo que sea, no puede meterlo en el remolque de un camión y sacarlo del pueblo.

– ¿Algo que ver con el propano? -preguntó Linda.

– Quizá -admitió Rusty-. Jackie, estuviste en el ejército, ¿verdad?

– Así es. En dos períodos. En la policía militar. Nunca llegué a entrar en combate, aunque vi muchas bajas, sobre todo la segunda vez. En Würzburg, Alemania, Primera División de Infantería. Ya sabes, la del uno grande y rojo. Principalmente me dediqué a poner paz en peleas de bar o a hacer guardia frente al hospital. Conocí a tipos como Barbie y daría lo que fuera por sacarlo de la celda y tenerlo en nuestro bando. Si el presidente lo ha puesto al mando de la situación, o lo ha intentado, será por algún motivo. -Hizo una pausa-. Tal vez podríamos ayudarlo a fugarse. Vale la pena considerarlo.

Las otras dos mujeres, agentes de policía y madres, no abrieron la boca, pero Linda se estaba mordiendo las uñas de nuevo y Stacey jugueteaba con el pelo.

– Lo sé -dijo Jackie.

Linda negó con la cabeza.

– A menos que tus hijos estén durmiendo arriba y que dependan de ti para que les prepares el desayuno mañana, no lo sabes.

– Quizá no, pero hazte esta pregunta: si estamos aislados del mundo exterior, y así es, y si el hombre que está al mando es un asesino chalado, que podría serlo, ¿crees que es probable que las cosas vayan a mejor si nos quedamos sentados sin hacer nada?

– Si lo sacáis del calabozo -dijo Rusty-, ¿qué haríais con él? No podéis ponerlo en el Programa de Protección de Testigos.

– No lo sé -admitió Jackie; suspiró-. Lo único que sé es que el presidente le ordenó que se hiciera cargo de la situación, y que ese gilipollas de Big Jim Rennie le ha tendido una trampa para poder acusarlo de asesinato y dejarlo fuera de circulación.

– No vais a hacer nada de inmediato -dijo Rusty-. Ni tan siquiera vais a correr el riesgo de tratar de hablar con él. Hay que tener en cuenta otra cosa más que podría cambiarlo todo.

Les contó lo del contador Geiger, cómo había llegado hasta él, a quién se lo había pasado, y lo que Joe McClatchey afirmaba haber averiguado gracias al aparato.

– No lo sé -dijo Stacey en tono dubitativo-. Parece algo demasiado bueno para ser real. ¿Cuántos años tiene el niño de los McClatchey…? ¿Catorce?

– Trece, creo. Pero es un chico inteligente, y si dice que detectaron una punta de radiación en Black Ridge Road, lo creo. Si han encontrado lo que genera la Cúpula y podemos apagarlo…

– ¡Entonces se acabará todo esto! -gritó Linda, a quien le brillaban los ojos-. ¡Y Jim Rennie se desinflará como un… como un globo de Macy's de Acción de Gracias con un agujero!

– Sería fantástico -añadió Jackie Wettington-. Y hasta podría creérmelo si saliera en televisión.

17

– ¿Phil? -dijo Andy-. ¿Phil?

Tuvo que alzar la voz para hacerse oír. Bonnie Nandella and The Redemption estaban interpretando «My Soul is a Witness» a todo volumen. Todos aquellos «ooo-oooh» y «whoa-yeah» resultaban un poco desorientadores. Incluso la luz brillante que había en el interior del edificio de la WCIK era desorientadora; hasta que se encontró bajo aquellos fluorescentes, Andy no se había dado cuenta de lo oscuro que estaba el resto de Chester's Mills. Y de cómo se había adaptado a aquella oscuridad.

– ¿Chef?

Sin respuesta. Echó un vistazo al televisor (la CNN sin sonido), y miró hacia el estudio de radio a través del ventanal. Las luces del interior estaban encendidas y todos los equipos en funcionamiento (la imagen le dio escalofríos, a pesar de que Lester Coggins le había explicado con gran orgullo cómo el ordenador lo manejaba todo), pero no había rastro de Phil.

De pronto le llegó un olor a sudor, rancio y acre. Se dio la vuelta y vio a Phil, que estaba justo detrás de él, como si hubiera salido de repente del suelo. En una mano tenía algo que parecía el mando de una puerta de garaje. En la otra, una pistola, con la que le apuntaba al pecho. El dedo que rodeaba el gatillo era pálido, y el nudillo y el cañón temblaban ligeramente.

– Hola, Phil -lo saludó Andy-. Chef, quiero decir.

– ¿Qué haces aquí? -preguntó Chef Bushey, cuyo sudor desprendía un fuerte olor a levadura. Llevaba unos vaqueros y una camiseta de la WCIK que estaban hechos una porquería. Iba descalzo (lo cual explicaba que no lo hubiera oído llegar) y tenía los pies mugrientos. En cuanto al pelo, debía de hacer un año que no se lo lavaba. O más. Sin embargo, sus ojos eran lo peor, inyectados en sangre y de mirada angustiada-. Más te vale que me lo cuentes rápido, viejo amigo, o no podrás volver a contarle nada a nadie jamás.

Andy, que había burlado la muerte en forma de agua rosa hacía poco, encajó la amenaza del Chef con serenidad, cuando no con alegría.

– Haz lo que debas, Phil. Chef, quiero decir.

El Chef enarcó las cejas, sorprendido. Tenía los ojos vidriosos, pero parecía que Andy hablaba en serio.

– Ah, ¿sí?

– Por supuesto.

– ¿Qué haces aquí?

– Vengo a traerte malas noticias. Lo siento mucho.

El Chef pensó en lo que acababa de decirle y esbozó una sonrisa que reveló los pocos dientes que le quedaban.

– No hay malas noticias. Jesucristo va a volver, y eso es una buena noticia que se traga a todas las malas. Es el bonus track de las buenas noticias. ¿Estás de acuerdo?