Y luego… ¿adónde habría ido?
Aunque hubiera logrado escapar y desaparecer, podría haber metido a sus amigos en muchos problemas. Después de un agotador «interrogatorio» por parte de policías como Melvin y Junior, podrían considerar la Cúpula el menor de sus problemas. Big Jim estaba al mando, y cuando los tipos como él se hacían con el poder, no se andaban con rodeos. Ponían la directa y no paraban hasta lograr su objetivo.
Se sumió en un sueño muy ligero e intranquilo. Soñó con la rubia de la vieja camioneta Ford. Soñó que ella paraba a recogerlo y que lograban salir de Chester's Mills a tiempo. Que se desabrochaba la blusa para mostrar las copas de un sujetador de encaje azul lavanda cuando una voz dijo:
– Eh, tú, imbécil. Despierta de una vez.
22
Jackie Wettington se quedó a pasar la noche en casa de los Everett, y aunque los niños guardaban silencio y la habitación de los invitados era cómoda, no podía dormir. A las cuatro de la madrugada decidió lo que había que hacer. Era consciente de los riesgos; también era consciente de que no podría descansar mientras Barbie siguiera en una celda de la comisaría. Si ella misma había sido capaz de dar un paso al frente y organizar una especie de resistencia -o tan solo una investigación seria de los asesinatos-, pensó que ya había empezado todo. Sin embargo, se conocía demasiado bien a sí misma para considerar esa idea. Todo lo que hizo en Guam y en Alemania se le dio muy bien (principalmente se trataba de sacar a soldados borrachos de los bares, de perseguir a los que se habían ido sin permiso y de limpiar los escenarios de accidentes de coche en la base), pero lo que estaba ocurriendo en Chester's Mills excedía con creces la escala salarial de un sargento mayor. O de la única agente de calle a tiempo completo que trabajaba con un puñado de pueblerinos que la llamaban la Tetona de la Comisaría a sus espaldas. Creían que no lo sabía, pero los había oído. Pero en ese momento el comportamiento sexista de nivel de instituto era la menor de sus preocupaciones. Aquello tenía que acabar, y Dale Barbara era el hombre que había elegido el presidente de Estados Unidos para ponerle fin. Ni siquiera el placer del comandante en jefe era la parte más importante. La primera regla era que no podías abandonar a tus chicos. Eso era algo sagrado, algo sabido y aceptado.
Tenía que empezar haciéndole saber a Barbie que no estaba solo. De ese modo él podría planear sus propias acciones en consecuencia.
Cuando Linda bajó al piso de abajo en camisón a las cinco de la madrugada, los primeros rayos de luz habían empezado a filtrarse por las ventanas y mostraban que los árboles y los arbustos estaban completamente inmóviles. No soplaba la menor brisa.
– Necesito una fiambrera -dijo Jackie-. Con forma de cuenco. Debería ser pequeña, y tiene que ser opaca. ¿Tienes algo parecido?
– Claro, pero ¿por qué?
– Porque vamos a llevarle el desayuno a Dale Barbara -respondió Jackie-. Cereales. Y le pondremos una nota en el fondo.
– ¿De qué hablas? No puedo hacerlo. Tengo hijos.
– Lo sé, pero no puedo hacerlo por mi cuenta porque no me dejarán bajar ahí sola. Tal vez sí, si fuera un hombre, pero con estas no. -Se señaló los pechos-. Te necesito.
– ¿Qué tipo de nota?
– Voy a sacarlo de allí mañana por la noche -dijo Jackie con más calma de la que en realidad sentía-. Durante la gran asamblea de mañana. No necesitaré que me eches una mano…
– ¡Es que no pensaba ayudarte en eso! -Linda se agarró el cuello del camisón.
– Baja la voz. Había pensado en Romeo Burpee, si puedo convencerle de que Barbie no mató a Brenda. Nos pondremos pasamontañas o algo por el estilo para que no puedan identificarnos. Nadie se sorprenderá; todo el pueblo sabe que Barbara tiene sus defensores.
– ¡Estás loca!
– No. Durante la asamblea habrá muy pocos agentes en comisaría, tres o cuatro chicos. Quizá solo un par. Estoy segura.
– ¡Pues yo no!
– Pero aún falta mucho para la noche de mañana. Tendrá que aguantarlos como mínimo hasta entonces. Dame la fiambrera.
– Jackie, no puedo hacerlo.
– Sí que puedes. -Era Rusty, que estaba junto a la puerta y parecía enorme con los pantalones cortos de gimnasio que llevaba y la camiseta de los New England Patriots-. Ha llegado el momento de empezar a asumir riesgos, haya hijos de por medio o no. Estamos solos, y hay que poner fin a todo esto.
Linda lo miró por un instante y se mordió el labio. Luego se agachó para abrir uno de los armarios.
– Las fiambreras están aquí.
23
Cuando llegaron a la comisaría de policía, el mostrador de recepción estaba vacío -Freddy Denton se había ido a casa a dormir un rato-, pero media docena de los agentes más jóvenes estaban sentados, bebiendo café y hablando, emocionados por estar despiertos a una hora que pocos habían vivido en un estado consciente. Entre ellos, Jackie vio a dos chicos de la multitudinaria prole de los Killian, a una motera de pueblo y asidua del Dipper's llamada Lauren Conree, y a Carter Thibodeau. No sabía cómo se llamaban los demás, pero reconoció a dos que nunca iban a clase y habían cometido pequeños delitos relacionados con las drogas y los vehículos de motor. Los nuevos «agentes», los más nuevos de los nuevos, no llevaban uniforme, sino una tira de tela azul atada al brazo.
Todos llevaban pistola, excepto uno.
– ¿Qué hacéis aquí tan pronto? -preguntó Thibodeau caminando hacia ellas-. Yo tengo excusa, se me han acabado los calmantes.
Los demás se carcajearon como trols.
– Hemos traído el desayuno de Barbara -dijo Jackie. Tenía miedo de mirar a Linda, miedo de la expresión que pudiera ver en su cara.
Thibodeau echó un vistazo a la fiambrera.
– ¿Sin leche?
– No la necesita -respondió Jackie, que escupió en el cuenco de Special K-. Ya los mojo yo.
Los demás estallaron en vítores. Varios aplaudieron.
Jackie y Linda llegaron a la escalera cuando Thibodeau dijo:
– Dame eso.
Por un instante, Jackie se quedó helada. Se vio a sí misma entregándole la fiambrera y luego intentando huir. Lo que la detuvo fue un hecho muy sencillo: no tenían adonde huir. Aunque hubieran logrado salir de la comisaría, las habrían alcanzado antes de que llegaran al Monumento a los Caídos.
Linda le arrancó la fiambrera de las manos y se la dio a Thibodeau, quien, en lugar de buscar una amenaza entre los cereales, escupió en ellos.
– Ahí va mi contribución -dijo.
– Espera un momento, espera un momento -dijo Lauren Conree. Era una pelirroja alta y delgada con cuerpo de modelo y las mejillas picadas por el acné. Hablaba con voz nasal porque se había metido un dedo en la nariz, hasta la segunda falange-. Yo también tengo algo para él. -El dedo resurgió con un gran moco en la punta. La señorita Conree lo depositó sobre los cereales, lo que le valió aplausos y el grito «¡Laurie se dedica a la extracción de petróleo verde!».
– Se supone que dentro de todas las cajas de cereales hay un juguete -dijo la chica con una sonrisa ausente. Se llevó la mano a la culata de la 45. Con lo delgada que era, Jackie pensó que si alguna vez tenía ocasión de dispararla el retroceso la haría caer de culo.
– Todo listo -sentenció Thibodeau-. Os acompañaré.
– Bien -dijo Jackie. Cuando pensó que había estado a punto de ponerse la nota en el bolsillo para intentar dársela a Barbie en mano, sintió un escalofrío. De repente, le pareció que el riesgo que estaban corriendo era una locura… no obstante, ya era demasiado tarde-. Pero quédate en la escalera. Y, Linda, mantente detrás de mí. Es mejor que no corramos ningún riesgo.
Pensó que tal vez Thibodeau intentaría rebatir sus órdenes, pero no lo hizo.