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Rennie se volvió hacia Thibodeau.

– Aléjate un poco, Carter. Quédate en la escalera, por favor.

– Pero si intenta agarrarle…

– Entonces lo matarías. Y lo sabe. ¿Verdad, señor Barbara?

Barbie asintió.

– Además, no pienso acercarme más. Por este motivo quiero que te alejes un poco. Vamos a mantener una conversación privada.

Thibodeau obedeció.

– Dígame, señor Barbara, ¿de qué cosas hablaría?

– Lo sé todo sobre el laboratorio de metanfetaminas -dijo Barbie en voz baja-. El jefe Perkins lo sabía y estaba a punto de detenerlo. Brenda encontró el archivo en el ordenador. Por eso usted la mató.

Rennie sonrió.

– Es una fantasía ambiciosa.

– Al fiscal general del estado no se lo parecerá, dado su móvil. No se trata de un laboratorio cutre en una caravana; estamos hablando de la General Motors de las metanfetaminas.

– Antes de que acabe el día -dijo Rennie-, el ordenador de Perkins será destruido. Y el de su mujer también. Supongo que habrá una copia de ciertos papeles en la caja fuerte de Duke (sin importancia, por supuesto; un montón de basura tendenciosa recopilada con fines políticos, el fruto de la mente de un hombre que siempre me odió); en tal caso, la caja fuerte se abrirá y los documentos serán quemados. Por el bien del pueblo, no el mío. Estamos en una situación de crisis. Tenemos que mantenernos unidos.

– Brenda pasó una copia de ese archivo antes de morir.

Big Jim sonrió y mostró una doble hilera de pequeños dientes.

– Una fabulación merece otra, señor Barbara. ¿Quiere que fabule yo también?

Barbie extendió las manos con las palmas hacia arriba: Faltaría más, adelante.

– En mi fabulación, Brenda viene a verme y me cuenta lo mismo. Me dice que le ha dado la copia de la que habla a Julia Shumway. Pero sé que es una mentira. Tal vez tuvo la intención de hacerlo, pero no lo hizo. Y aunque fuera cierto… -Se encogió de hombros-. Sus partidarios quemaron el periódico de Julia anoche. Fue una mala decisión por su parte. ¿O acaso fue idea suya?

Barbara repitió:

– Hay otra copia. Sé dónde está. Si me torturan, confesaré dónde se encuentra. A voz en grito.

Rennie se rió.

– Se expresa con gran sinceridad, señor Barbara, pero me he pasado toda la vida regateando, y reconozco un farol cuando lo oigo. Tal vez debería ordenar que lo ejecutaran sumariamente y listo. El pueblo lo celebraría.

– ¿Hasta qué punto lo celebraría si antes usted no descubriera a mis cómplices de conspiración? Incluso Peter Randolph podría cuestionar la decisión, y eso que no es más que un lameculos estúpido y miedoso.

Big Jim se puso en pie. Sus mejillas sebosas se habían teñido del color del ladrillo viejo.

– No sabe con quién está jugando.

– Claro que sí. Me cansé de ver a tipos de su calaña en Iraq. Llevaban turbante en lugar de corbata, pero por lo demás eran iguales. Incluso en lo que se refiere a ese montón de chorradas sobre Dios.

– Bueno, me ha convencido para que no lo torturemos con el submarino -dijo Big Jim-. Y es una pena, porque tenía ganas de verlo en persona.

– No me cabe duda.

– De momento lo dejaremos en esta celda tan acogedora, ¿de acuerdo? No creo que vaya a comer mucho, porque si come no podrá pensar. ¿Quién sabe? Si le da por el pensamiento constructivo, tal vez se le ocurran mejores motivos para que le permita seguir con vida. Los nombres de la gente del pueblo que está contra mí, por ejemplo. Una lista completa. Le doy cuarenta y ocho horas. Entonces, si no me convence de lo contrario, será ejecutado en la plaza del Monumento a los Caídos, ante todo el pueblo. Servirá de ejemplo para los demás.

– De verdad que no tiene muy buen aspecto, concejal.

Rennie lo miró muy serio.

– La gente de su calaña es la que causa la mayoría de los problemas del mundo. Si no creyera que su ejecución serviría de fuerza unificadora y catarsis necesaria para el pueblo, haría que el señor Thibodeau le descerrajara un tiro en este preciso instante.

– Hágalo y todo saldrá a la luz -replicó Barbie-. Todos los habitantes del pueblo conocerán su operación. Y entonces a ver cómo logra el consenso en la maldita asamblea de mañana, tirano de pacotilla.

Las venas de los costados del cuello de Big Jim se hincharon; otra palpitación en el centro de la frente. Por un instante pareció que estaba a punto de explotar. Entonces sonrió.

– Sobresaliente en esfuerzo, señor Barbara. Pero miente.

Se fue. Se fueron todos. Barbie se sentó en la cama, sudando. Sabía que estaba muy cerca del límite. Rennie tenía motivos para mantenerlo con vida, pero no eran sólidos. Y luego estaba la nota que le habían entregado Jackie Wettington y Linda Everett. La expresión del rostro de la señora Everett sugería que sabía lo suficiente como para estar aterrorizada, y no solo por sí misma. Habría sido más seguro para él que hubiera intentado huir usando la navaja, dado el nivel de profesionalismo del cuerpo de policía de Chester's Mill, creyó que podría lograrlo. Necesitaría un poco de suerte, pero era factible.

Sin embargo, no tenía ningún modo de decirles que le dejaran intentarlo solo.

Se tumbó y se puso las manos en la nuca. Una pregunta lo acuciaba más que las otras: ¿qué había pasado con la copia del archivo VADER destinado a Julia? Porque ella no lo había recibido; estaba seguro de que Rennie había dicho la verdad al respecto.

No tenía forma de saberlo, y lo único que podía hacer era esperar.

Tumbado de espaldas, mirando al techo, Barbie se puso a ello.

PLAY THAT DEAD BAND SONG

1

Cuando Linda y Jackie regresaron de la comisaría, Rusty y las niñas estaban sentados en el escalón delantero esperándolas. Las niñas aún llevaban puesto el pijama (de algodón ligero, no de franela como era habitual en esa época del año). A pesar de que aún no eran las siete de la mañana, el termómetro que había en la parte exterior de la ventana de la cocina marcaba ya dieciocho grados.

Por lo general, las niñas echaban a correr por el camino del jardín para abrazar a su madre mucho antes que Rusty, pero esa mañana su padre les sacó varios metros. Agarró a Linda de la cintura y ella le echó los brazos al cuello con tanto ímpetu que casi le hizo daño; no fue un abrazo de «hola, guapo», sino el de alguien que se estaba ahogando.

– ¿Estás bien? -le susurró Rusty al oído.

El pelo de Linda rozaba la mejilla de su marido mientras asentía. Entonces se apartó. Le brillaban los ojos.

– Estaba convencida de que Thibodeau iba a mirar en los cereales, Jackie tuvo la idea de escupir en ellos, una genialidad, pero estaba segura…

– ¿Por qué llora mamá? -preguntó Judy, que parecía a punto de romper a llorar también.

– No estoy llorando -respondió Linda; luego se secó los ojos-. Bueno, quizá un poco. Es que me alegro mucho de ver a vuestro padre.

– ¡Todos nos alegramos de verlo! -le dijo Janelle a Jackie-. ¡Porque mi papá ES EL JEFE!

– Eso es nuevo -dijo Rusty, y acto seguido besó a Linda en la boca de forma apasionada.

– ¡Se están besando en la boca! -exclamó Janelle, fascinada.

Judy se tapó los ojos y se rió.

– Venga, chicas, a los columpios -dijo Jackie-. Luego tenéis que vestiros para ir a la escuela.

– ¡QUIERO DAR UNA VUELTA DE CAMPANA! -gritó Janelle, que encabezó la marcha.

– ¿A la escuela? -preguntó Rusty-. ¿En serio?

– En serio -respondió Linda-. Solo los pequeños, a la escuela primaria de East Street. Medio día. Wendy Goldstone y Ellen Vanedestine se han ofrecido voluntarias para dar clase. Hasta los tres años en una clase, y de cuatro a seis en otra. No sé si aprenderán algo, pero tendrán un lugar al que ir y cierta sensación de normalidad. Quizá. -Miró hacia el cielo, que estaba despejado pero tenía un tono amarillento. Como un ojo azul con cataratas, pensó ella-. No me vendría mal un poco de normalidad. Fíjate en el cielo.