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Rommie lo miró muy serio.

– Te acompaño.

– Por mí perfecto… hasta cierto punto. Uno de nosotros tiene que ir hasta arriba, y ese debería ser yo. Pero necesito un traje antirradiación.

– ¿Qué tienes en mente?

Rusty se lo dijo. Cuando acabó, Rommie sacó un paquete de Winston y le ofreció uno.

– Mi marca favorita, siempre que el paquete no sea mío -dijo Rusty, y cogió uno-. Bueno, ¿qué me dices?

– De acuegdo, te echagé una mano -respondió Rommie mientras encendía los cigarros con el mechero-. En mis almasenes tengo de todo, como bien saben todos los habitantes del pueblo; -Señaló a Rusty con su cigarrillo-. Pego mejog que no salga ninguna fotografía tuya en el pegiódico, pogque tendrás una pinta gidícula.

– Eso no me preocupa -dijo Rusty-. Anoche quemaron el periódico.

– Eso he oído. Otra vez Bagbara. Sus amigos.

– ¿Te lo has creído?

– Soy un alma crédula. Cuando Bush dijo que había agmas nucleages en Iraq, me lo creí. Yo le desía a la gente: «Ese hombre sabe lo que dise». También creo que Oswald actuó solo.

Desde la habitación contigua Michela dijo:

– Deja de hablar con ese falso acento francés.

Rommie le lanzó una sonrisa burlona a Rusty, como diciendo «Ya ves lo que tengo que aguantar».

– Sí, querida -dijo sin el menor rastro de su acento gabacho, luego se volvió de nuevo hacia Rusty-. Deja tu coche aquí. Iremos en mi camioneta, que es más espaciosa. Llévame a la tienda y después ve a buscar a esos niños. Yo me encargo de confeccionar tu traje antirradiación. Pero en cuanto a los guantes… No sé qué hacer.

– Tenemos guantes de plomo en el armario de la sala de rayos X del hospital. Llegan hasta el codo. También puedo coger uno de los mandiles…

– Buena idea, no quiero que pongas en peligro tu recuento de esperma…

– Quizá también haya un par de las gafas de plomo que utilizaban los técnicos y los radiólogos en los setenta. Aunque puede que las tiraran. Lo único que espero es que el recuento de radiación no supere demasiado la última lectura que obtuvieron los chicos, que aún se encontraba en la zona verde.

– Sin embargo has dicho que no se acercaron mucho a la fuente.

Rusty lanzó un suspiro.

– Si la aguja del contador Geiger llega o ochocientos o mil, mi fertilidad será la última de mis preocupaciones.

Antes de que se fueran, Michela, que se había puesto una minifalda y un suéter sumamente cómodo, regresó a la cocina y regañó a su marido por ser tan tonto. Iba a meterlos en problemas. Lo había hecho en el pasado e iba a hacerlo de nuevo. Sin embargo, en esa ocasión las consecuencias podían ser mucho más graves de lo que él creía.

Rommie la abrazó y le contestó en un francés apresurado. Ella le contestó en el mismo idioma, escupiendo las palabras. Él replicó. Michela le dio dos golpes con el puño en el hombro, rompió a llorar y le besó. Una vez fuera, Rommie se volvió hacia Rusty y se encogió de hombros en un gesto de disculpa.

– No puede evitarlo -dijo Romeo-. Tiene el alma de un poeta y el carácter de un dóberman.

4

Cuando Rusty y Romeo Burpee llegaron a los almacenes, Toby Manning ya estaba allí, esperando para abrir las puertas y servir al público, si tal era el deseo de Rommie. Petra Searles, que trabajaba en el Drugstore, se encontraba junto a Toby. Ambos estaban sentados en unas sillas de jardín, de las que colgaba una etiqueta que decía GRANDES REBAJAS DE FIN DE VERANO.

– ¿Seguro que no quieres contarme cómo vas a fabricar ese traje antirradiación antes de -Rusty miró el reloj- las diez?

– Es mejor que no -dijo Romeo-. Me dirías que estoy loco. Tú vete. Coge los guantes, las gafas y el mandil. Habla con los chicos. Así me darás un poco de tiempo.

– ¿Vamos a abrir, jefe? -preguntó Toby cuando Rommie bajó de la camioneta.

– No lo sé. Tal vez por la tarde. Voy a estar un poco liado esta mañana.

Rusty se puso en marcha. Se encontraba en la cuesta del Ayuntamiento cuando se dio cuenta de que tanto Toby como Petra llevaban brazaletes azules.

5

Encontró guantes, mandiles y un par de gafas de plomo en el fondo del armario de la sala de rayos X, cuando ya casi estaba a punto de rendirse. La cinta de las gafas estaba rota, pero se dijo que seguro que Rommie podría graparla. Lo bueno fue que no tuvo que explicarle a nadie qué se traía entre manos. Todo el hospital parecía estar durmiendo.

Salió de nuevo a la calle, aspiró el aire de la mañana -anodino, aunque con un desagradable regusto a humo- y miró hacia el oeste, hacia el manchurrón negro que habían dejado los misiles. Parecía un tumor de piel. Era consciente de que él se estaba concentrando en Barbie, en Big Jim y en los asesinos porque eran el elemento humano, cosas que más o menos entendía. Pero olvidarse de la Cúpula sería un error potencialmente catastrófico. Tenía que desaparecer, y pronto, o sus pacientes con asma o enfermedades pulmonares obstructivas crónicas empezarían a tener problemas. Y todas esas personas eran solo los canarios de la mina de carbón.

Ese cielo manchado de nicotina.

– No es bueno -murmuró y tiró lo que había cogido a la parte de atrás de la camioneta-. No es bueno para nada.

6

Los tres chicos se encontraban en casa de los McClatchey cuando Rusty llegó. Estaban extrañamente tranquilos para ser unos adolescentes que ese mismo miércoles, si les sonreía la suerte, podían ser aclamados como héroes nacionales.

– ¿Estáis listos? -preguntó Rusty con mayor entusiasmo del que en realidad sentía-. Antes de dirigirnos a nuestro destino, tenemos que parar en los almacenes de Burpee, pero no nos entretendremos dem…

– Antes quieren decirte algo -le cortó Claire-. Sabe Dios que preferiría que no fuera así. Esto no hace más que empeorar. ¿Te apetece un zumo de naranja? Estamos intentando acabarlo antes de que se estropee.

Rusty respondió con un gesto del pulgar y el índice que indicaba que solo quería un sorbo. No le entusiasmaba el zumo de naranja, pero quería que la mujer saliera de la habitación y tenía la sensación de que ella quería irse. Estaba pálida y parecía asustada. Rusty sospechaba que el asunto no estaba relacionado con lo que los chicos habían encontrado en Black Ridge; era algo distinto.

Justo lo que necesitaba, pensó.

Cuando Claire se hubo ido, Rusty dijo:

– Escupid.

Benny y Norrie se volvieron hacia Joe, que lanzó un suspiro, se apartó el pelo de la frente y suspiró a su vez. Ese joven adolescente serio y el chico buscabroncas que agitaba pancartas en el campo de Alden Dinsmore tres días antes guardaban poco parecido. Estaba tan pálido como su madre, y unas cuantas espinillas, quizá las primeras, habían aparecido en su frente. Rusty había visto ese tipo de erupciones con anterioridad. Era acné causado por el estrés.

– ¿Qué pasa, Joe?

– La gente dice que soy inteligente -respondió Joe, y Rusty se asustó al ver que el chico estaba al borde de las lágrimas-. Supongo que lo soy, pero a veces preferiría no serlo.

– Tranquilo -le dijo Benny-, en otros aspectos eres muy estúpido.

– Cierra el pico, Benny -le ordenó Norrie amablemente.

Joe no hizo caso de los comentarios.

– Empecé a ganar a mi padre al ajedrez cuando tenía seis años, y a mi madre a los ocho. En la escuela saco sobresalientes. Siempre gano los concursos de Ciencias. Hace dos años que escribo mis propios programas informáticos. No estoy fanfarroneando. Sé que tengo talento.

Norrie sonrió y puso una mano sobre la suya. Joe se la agarró.

– Pero me limito a establecer relaciones. Eso es todo. Si A, entonces B. Si A no, entonces B a tomar por saco. Y seguramente todo el alfabeto.