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– Estás loco -dijo Cox con perplejidad.

– Es lo que siempre dicen los infieles a los religiosos. Es su último argumento contra la fe. Estamos acostumbrados, y no se lo echo en cara. -Lo cual era mentira-. ¿Puedo hacerle una pregunta?

– Adelante.

– ¿Va a cortarnos el teléfono y la conexión a internet?

– Es lo que te gustaría, ¿verdad?

– Por supuesto que no. -Otra mentira.

– Los teléfonos e internet van a seguir funcionando. Y también se mantiene la rueda de prensa del viernes. En la que vas a tener que responder a unas cuantas preguntas difíciles, te lo aseguro.

– No pienso asistir a ninguna rueda de prensa en el futuro más próximo, coronel. Y tampoco lo hará Andy. Y la señora Grinnell sería incapaz de realizar ninguna declaración comprensible, la pobre. Así que ya puede ir anulando su…

– Oh, no. En absoluto. -¿Era una sonrisa lo que le pareció detectar en el tono de voz de Cox?-. La rueda de prensa se celebrará el viernes a mediodía, de modo que tenemos tiempo de sobra para vender crema para las hemorroides en las noticias de la noche.

– ¿Y quién de nuestro pueblo espera que asista?

– Todo el mundo, Rennie. No faltará nadie. Porque permitiremos que sus familiares se acerquen hasta la Cúpula desde el lado de Motton, en el lugar donde sucedió el accidente aéreo en el que murió la esposa de Sanders, tal como recordarás. La prensa también acudirá para grabarlo todo. Va a ser como un día de visita en la prisión del estado, aunque en este caso nadie es culpable de nada. Excepto tú quizá.

Rennie volvió a enfurecerse.

– ¡No puede hacerlo!

– Oh, claro que sí. -Ahí estaba la sonrisa-. Si vas, puedes sentarte en tu lado de la Cúpula y hacerme gestos de burla con la mano; yo me sentaré en mi lado y haré lo mismo. La gente formará a una hilera alrededor de la Cúpula y estoy convencido de que muchos llevarán camisetas que digan DALE BARBARA ES INOCENTE y LIBERTAD PARA DALE BARBARA y DESTITUCIÓN DE JAMES RENNIE. Habrá reencuentros bañados en lágrimas, manos que intentarán acariciar las manos que estarán al otro lado de la Cúpula, quizá algún intento de beso. Será un material excelente para la televisión y una propaganda excelente. Y lo que es más importante: hará que la gente de Chester's Mills se pregunte por qué tiene que aguantar a un incompetente como tú al mando de la situación.

La voz de Big Jim se convirtió en un gruñido cavernoso.

– No lo permitiré.

– ¿Cómo piensas evitarlo? Habrá más de mil personas. No puedes pegarles un tiro a todas. -Cuando el coronel habló de nuevo, lo hizo con un tono calmado y razonable-. Venga, concejal, arreglemos la situación. Aún puedes salir limpio de todo esto. Solo tienes que soltar los mandos.

Big Jim vio a su hijo avanzar por el pasillo hacia la puerta de la calle, como un fantasma, todavía vestido con el pantalón del pijama y las zapatillas; apenas reparó en él. Junior podría haber caído muerto en el pasillo y Big Jim habría permanecido encorvado sobre el escritorio, con la bola de béisbol de oro en una mano y el teléfono en la otra. Un pensamiento le martilleaba la cabeza: poner a Andrea Grinnell al mando de la situación, y a la agente Pechos de segunda de a bordo.

Era una broma.

De mal gusto.

– Coronel Cox, váyase a tomar por culo.

Colgó, hizo girar la silla del escritorio y lanzó la bola de oro, que impactó en la fotografía autografiada de Tiger Woods. El cristal se partió en añicos, el marco cayó al suelo, y Carter Thibodeau, que estaba acostumbrado a infundir miedo en los corazones de los demás pero no a sentirlo en carne propia, se puso en pie de un salto.

– ¿Señor Rennie? ¿Se encuentra bien?

No tenía muy buen aspecto. Unas manchas de color púrpura le motearon las mejillas. Sus pequeños ojos estaban abiertos como platos y sobresalían de sus órbitas de grasa sólida. La vena de la frente le latía.

– Nunca me quitarán el pueblo -susurró Big Jim.

– Claro que no -dijo Carter-. Sin usted, nos hundimos.

La reacción de Thibodeau relajó a Big Jim hasta cierto punto. Cogió de nuevo el teléfono y entonces recordó que Randolph se había ido a dormir. El nuevo jefe apenas había pegado ojo desde el inicio de la crisis y le había dicho a Carter que pensaba dormir al menos hasta mediodía. Lo cual no suponía ningún problema. De todos modos, aquel hombre era un inútil.

– Carter, escribe una nota, y enséñasela a Morrison (si es el jefe de la comisaría esta mañana) y luego déjala en el escritorio de Randolph. Después, regresa aquí. -Hizo una pausa para meditar, y frunció el entrecejo-. Y mira si Junior anda por ahí también. Se ha ido mientras hablaba por teléfono con el coronel Haz-lo-que-yo-te-diga. No salgas a la calle a buscarlo si no lo ves en la comisaría, pero si está ahí, comprueba que esté bien.

– Claro. ¿Qué mensaje quiere que deje?

– «Estimado jefe Randolph: Jacqueline Wettington debe ser depuesta de su cargo de agente de policía de Chester's Mills de forma inmediata.»

– ¿Eso significa despedida?

– Sí, claro.

Carter tomaba nota en su libreta y Big Jim le dio tiempo para que lo apuntara todo. Volvía a sentirse bien. Más que bien. Se sentía en la gloria.

– Añade: «Estimado agente Morrison: Cuando Wettington llegue hoy, haga el favor de informarla de que ha sido relevada de su cargo y dígale que debe vaciar su taquilla. Si pregunta por la causa, dígale que estamos reorganizando el departamento y que ya no requerimos de sus servicios».

– ¿«Servicios» se escribe con be, señor Rennie?

– No es la ortografía lo que importa, sino el mensaje.

– De acuerdo. Entendido.

– Si Wettington tiene más preguntas, que venga a verme.

– Muy bien. ¿Eso es todo?

– No. Diles que quien la vea primero debe quitarle la placa y la pistola. Si se pone tonta y dice que la pistola es de su propiedad, que le den un recibo y le prometan que se la devolverán o se la pagarán cuando haya acabado la crisis.

Carter acabó de tomar nota y luego alzó la vista.

– ¿Qué problema hay con Junes, señor Rennie?

– No lo sé. Es un presentimiento, imagino. Sea lo que sea, no tengo tiempo para ocuparme de ello en este momento. Hay asuntos más acuciantes que requieren mi atención. -Señaló la libreta-. Déjame leer eso.

Carter obedeció. Su letra era como los garabatos de un niño de tercero de primaria, pero había tomado nota de todo. Rennie lo firmó.

9

Carter llevó los frutos de su labor como secretario a la comisaría. Henry Morrison los recibió con una incredulidad que rayó en el motín. Thibodeau también echó un vistazo en busca de Junior, pero el hijo de Big Jim no estaba allí y nadie lo había visto. Le pidió a Henry que estuviera atento por si lo veía.

Entonces, le dio un arrebato y bajó a ver a Barbie, que estaba tumbado en el camastro, con las manos tras la cabeza.

– Ha llamado tu jefe -le dijo-. Ese tal Cox. Rennie lo llama el coronel «Haz-lo-que-yo-te-diga».

– Seguro que sí -afirmó Barbie.

– El señor Rennie lo ha enviado a tomar por culo. ¿Y sabes qué? Que tu amigo del ejército ha tenido que joderse y aguantarse. ¿Qué te parece eso?

– No me sorprende. -Barbie seguía sin apartar la vista del techo. Parecía calmado. Era irritante-. Carter, ¿has pensado hacia dónde se dirige todo esto? ¿Has intentado pensar a largo plazo?

– No hay largo plazo, Baaarbie. Ya no.

Barbie se limitaba a mirar el techo con una sonrisita que dibujaba unos hoyuelos en la comisura de sus labios. Como si supiera algo que Carter ignoraba. A Thibodeau le entraron ganas de abrir la puerta de la celda y darle un puñetazo a ese imbécil. Entonces recordó lo que había sucedido en el aparcamiento del Dipper's. Prefería dejar que Barbie se enfrentara con sus trucos sucios a un pelotón de fusilamiento. A ver qué tal se le daba.