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– Sí. -Rusty no le había concedido demasiada importancia a ese hecho, a pesar de que lo había oído por boca de su propia hija. En ese momento sí que le prestó atención.

– Yo oí gritos -dijo Benny-, pero he olvidado lo demás.

– Yo también -añadió Norrie-. Era de día, pero aún estaba un poco oscuro. Oí gritos y vi, creo, que me caía hollín en la cara.

– Doc, quizá sería mejor que volviéramos -observó Rommie.

– De eso nada -dijo Rusty-. Al menos mientras exista la posibilidad de sacar a mis hijas, y a los hijos de los demás, de aquí.

– Seguro que a algunos adultos también les gustaría irse -añadió Benny. Joe le dio un codazo.

Rusty miró el contador Geiger. La aguja estaba clavada en la marca de +200.

– Quedaos aquí -les ordenó.

– Doc -dijo Joe-, ¿y si la radiación le afecta y pierde el conocimiento? Entonces, ¿qué hacemos?

Rusty meditó la respuesta.

– Si aún estoy cerca, arrastradme hasta aquí. Pero tú no, Norrie. Solo los chicos.

– ¿Por qué yo no? -preguntó ella.

– Porque quizá algún día quieras tener hijos. Y que solo tengan dos ojos y las extremidades en los lugares correspondientes.

– Vale. Yo me quedo aquí -dijo Norrie.

– En cuanto a los demás, la exposición durante un breve período de tiempo no entraña peligros. Pero me refiero a muy poco tiempo. Si recorro la mitad del camino o llego al campo de manzanos, dejadme.

– Eso es duro, Doc.

– No me refiero a que me abandonéis -dijo Rusty-. Tienes más rollos de láminas de plomo en la tienda, ¿verdad?

– Sí. Deberíamos haberlos traído.

– Estoy de acuerdo, pero no es imposible pensar en todo. Si ocurre lo peor, coge el resto del plomo, pégalo en las ventanas del coche que elijas y ven a por mí. Aunque quizá por entonces ya vuelva a estar de nuevo en pie y de camino hacia el pueblo.

– Sí. O tal vez sigas tirado en el suelo sometido a una exposición letal.

– Mira, Rommie, seguramente nos estamos preocupando de forma innecesaria. Creo que los mareos, o las pérdidas de conocimiento en el caso de los chicos, son como los demás fenómenos relacionados con la Cúpula. Los sientes una vez, y luego ya está.

– Podrías estar jugándote la vida.

– Tarde o temprano tendremos que empezar a apostar.

– Buena suerte -dijo Joe, y le acercó su puño por la ventana.

Rusty se lo chocó con suavidad e hizo lo mismo con Norrie y Benny. Rommie también le ofreció el suyo.

– Si es bueno para los chicos, también lo es para mí.

13

Veinte metros más allá del lugar en el que Rusty había tenido la visión del muñeco con la chistera, los «clics» del contador Geiger se convirtieron en un rugido desquiciado. Vio que la aguja marcaba +400 y se adentraba en la zona roja.

Paró la camioneta y sacó el equipo que preferiría no tener que ponerse. Miró a los demás.

– Una advertencia -dijo-. Y esto va por ti, sobre todo, Benny Drake. Como os riáis, volvéis a casa a pie.

– No me reiré -prometió Benny, pero al cabo de poco estallaron todos en carcajadas, hasta el propio Rusty. Se quitó los tejanos y se puso unos pantalones de entrenamiento de fútbol americano por encima de los calzoncillos. En el lugar donde deberían haber ido las protecciones de los muslos y los glúteos, metió unas piezas cortadas de lámina de plomo. Luego se puso un par de espinilleras de receptor de béisbol y las cubrió con más lámina de plomo. Acto seguido se puso un collarín y un delantal de plomo para proteger la glándula tiroides y los testículos respectivamente. Era el delantal más grande que tenían, y colgaba hasta las brillantes espinilleras de color naranja. Había pensado en ponerse otro delantal por la espalda (en su opinión, tener un aspecto ridículo era mejor que morir de cáncer de pulmón), pero al final decidió no hacerlo. Ya había aumentado su peso hasta más de ciento treinta y cinco kilos. Y la radiación no disminuía. Creía que no tendría ningún problema si debía llegar hasta la fuente.

Bueno. Quizá.

Llegados a ese punto, Rommie y los chicos habían logrado reprimir las carcajadas y reducirlas a unas risitas discretas y contenidas. Estuvieron a punto de perder la compostura cuando Rusty se puso un gorro de baño de la talla XL con dos láminas de plomo, pero cuando se enfundó los guantes hasta los codos y se puso las gafas estallaron de nuevo en risotadas.

– ¡Vive! -gritó Benny, que se puso a caminar con los brazos estirados, como el monstruo de Frankenstein-. ¡Amo, vive!

Rommie se dirigió a trompicones a un lado de la carretera y, riéndose a carcajadas, se sentó en una roca. Joe y Norrie se tiraron al suelo y se pusieron a rodar como un par de pollos revolcándose en la tierra.

– Ya podéis empezar a caminar hacia casa -dijo Rusty, pero sonreía mientras subía, no sin ciertas dificultades, de nuevo a la camioneta.

Frente a él, la luz púrpura brillaba como un faro.

14

Henry Morrison salió de la comisaría cuando el jaleo que los nuevos reclutas armaban en los vestuarios, como si estuvieran en la media parte de un partido, le resultó insoportable. La situación no hacía más que empeorar. Supuso que lo sabía incluso antes de que Thibodeau, el matón que ahora hacía de guardaespaldas del concejal Rennie, apareciera con una orden firmada para despedir a Jackie Wettington, una buena agente y aún mejor persona.

Henry consideró que era el primer paso de lo que a buen seguro iba a ser una campaña exhaustiva para eliminar del cuerpo a los agentes mayores, a los que Rennie debía de ver como partidarios de Duke Perkins. Él sería el próximo. Freddy Denton y Rupert Libby tenían posibilidades de quedarse; Rupe era un capullo del montón; Denton, un caso perdido. Echarían a Linda Everett. Seguramente también a Stacey Moggin. Y entonces la comisaría de Chester's Mills volvería a ser un club masculino, salvo por Lauren Conree, que era del género tonto.

Recorría lentamente Main Street, casi vacía, como la calle de un pueblo fantasma de un western. Sam «el Desharrapado» estaba sentado bajo la marquesina del Globe; la botella que tenía entre las rodillas no debía de contener Pepsi-Cola, pero Henry no se detuvo. Que el viejo borrachín disfrutara de un trago.

Johnny y Carrie Carver estaban tapando con tablones las ventanas delanteras de Gasolina & Alimentación Mills. Ambos lucían los brazaletes azules que se habían extendido por todo el pueblo y que a Henry le ponían la piel de gallina.

Se arrepentía de no haber aceptado la plaza en la policía de Orono cuando se la ofrecieron el año anterior. No habría sido un ascenso en su carrera, y sabía que tratar con universitarios borrachos o colocados habría sido una mierda, pero el sueldo era mayor y Frieda le dijo que las escuelas de Orono eran mucho mejores.

Sin embargo, al final Duke lo convenció de que se quedara con la promesa de que le conseguiría un aumento de cinco de los grandes en la siguiente asamblea del pueblo y la confesión de que iba a despedir a Peter Randolph si este no se jubilaba de forma voluntaria. «Ascenderías a adjunto del jefe de policía, y eso son diez de los grandes más al año -le dijo Duke-. Cuando me jubile, puedes optar a mi puesto, si eso es lo que quieres. La alternativa, claro, es hacer de taxista a universitarios con los pantalones pringados de vómito reseco y llevarlos de vuelta a su residencia. Piénsatelo.»

La propuesta le pareció bien a él, le pareció bien (bueno… bastante bien) a Frieda y, por supuesto, tranquilizó a los niños, que no soportaban la idea de tener que trasladarse. Sin embargo, ahora Duke estaba muerto, Chester's Mills se encontraba bajo la Cúpula y la comisaría se estaba convirtiendo en un lugar que transmitía muy malas sensaciones y olía aún peor.

Dobló por Prestile Street y vio a Junior frente a la cinta policial amarilla con la que habían acordonado la casa de los McCain. El hijo de Rennie llevaba pantalones de pijama, zapatillas y nada más. Se balanceaba de un modo ostensible y el primer pensamiento que le vino a la cabeza a Henry fue que Junior y Sam «el Desharrapado» tenían mucho en común.