El segundo pensamiento fue sobre el cuerpo de policía. Quizá no le quedaba mucho tiempo en él, pero aún pertenecía al cuerpo, y una de las reglas inquebrantables de Duke Perkins era: «Nunca permitáis que el nombre de un agente de policía de Chester's Mills aparezca en la columna sobre tribunales del Democrat». Y Junior, tanto si a Henry le gustaba como si no, era un agente.
Detuvo la unidad Tres y se dirigió hacia el lugar en el que Junior se balanceaba hacia delante y hacia atrás.
– Eh, Junes, ¿por qué no volvemos a la comisaría y te tomas un café? A ver si se te pasa… -«la borrachera» era lo que quería decir, pero entonces reparó en que los pantalones del pijama del chico estaban empapados. Junior se había meado.
Alarmado y asqueado -nadie debía verlo, Duke se retorcería en su tumba-. Henry alargó el brazo y agarró a Junior del hombro.
– Venga, hijo. Estás montando una escena.
– Eran mis almiiigas -dijo Junior sin volverse. Se balanceaba más rápido. Por lo poco que podía ver Henry, tenía cara de distraído y ausente-. Las metí en la defensa para sorberlas. Sin metértela, solo lengua. -Se rió, luego escupió. O lo intentó. Un reguero blanco y espeso le colgaba de la barbilla, como un péndulo.
– Ya basta, voy a llevarte a casa.
Esta vez Junior se volvió y Henry vio que no estaba borracho. Tenía el ojo izquierdo teñido de un rojo brillante. La pupila muy dilatada. El lado izquierdo de la boca, abierto hacia abajo, mostraba algunos de sus dientes. Aquella mirada gélida le hizo pensar fugazmente en El barón sardónico, una película con la que pasó mucho miedo de niño.
Junior no tenía que ir a la comisaría a tomar un café, y no tenía que ir a casa a dormir la mona. Junior tenía que ir al hospital.
– Vamos, chico -dijo-. Camina.
Al principio Junior pareció dispuesto a obedecer y Henry lo acompañó casi hasta el coche, pero el chico se detuvo de nuevo.
– Olían igual y me gustaba -dijo-. Amos, amos, amos, está a punto de empezar a nevar.
– Sí, sin duda. -Henry quería que rodeara el capó del coche y meterlo en el asiento delantero, pero ahora le parecía una solución poco práctica. Tendría que conformarse con ir detrás, aunque los asientos traseros de los coches de policía acostumbraban a estar impregnados de un olor peculiar. Junior miró por encima del hombro hacia la casa de los McCain, y una expresión de anhelo se apoderó de su rostro medio congelado.
– ¡Almiiigas! -gritó Junior-. ¡Sin metérlela, solo lengua! ¡Solo lengua, carbonazo! -Sacaba la lengua y hacía pedorretas. Era un ruido parecido al que hace el Correcaminos antes de dejar atrás al Coyote, envuelto en una nube de polvo. Entonces se rió y se dirigió de nuevo hacia la casa.
– No, Junior -dijo Henry, que lo agarró de la cintura de los pantalones del pijama-. Tenemos que…
Junior se dio la vuelta a una velocidad sorprendente. Ya no reía; su cara se había transformado en una mueca felina de odio y furia. Se abalanzó sobre Henry agitando los puños. Sacó la lengua y se la mordió con los dientes. Parloteaba en un extraño idioma que parecía no tener vocales.
Henry hizo lo único que se le ocurrió: apartarse a un lado. Junior se precipitó contra el coche y la emprendió a puñetazos con las luces del techo; rompió una de ellas y se hizo varios cortes en los nudillos. En ese instante la gente empezó a salir de sus casas para ver qué estaba ocurriendo.
– ¡Gthn bnnt mnt! -gritó Junior-. ¡Mnt! ¡Mnt! ¡Gthn! ¡Gthn!
Apoyó el pie en el bordillo, resbaló y lo metió en la alcantarilla. Se tambaleó pero al final logró mantener el equilibrio. Un hilo de sangre y saliva le colgaba de la barbilla; tenía varios cortes en las manos; sangraban abundantemente.
– ¡Me estaba volviendo loco! -gritó Junior-. ¡Le pagué con la rodilla para que se cayera y se pagó encima! ¡Mierda por todos lados! Yo… Yo… -Se calló. Pareció meditar sobre lo sucedido y dijo-: Necesito ayuda. -Entonces hizo «pum» con la boca, un ruido tan fuerte como la detonación de una pistola del calibre 22 en un entorno de silencio, se desplomó hacia delante y cayó entre el coche de policía aparcado y la acera.
Henry lo llevó al hospital con las luces y la sirena encendidas. Lo que no hizo fue pensar en las últimas palabras que había dicho Junior, unas palabras que casi tenían sentido. No quería ir tan lejos.
Ya tenía suficientes problemas.
15
Rusty subía lentamente por Black Ridge, mirando continuamente el contador Geiger, que ahora rugía como una radio de AM sintonizada entre emisoras. La aguja subió de +400 a +1K. Rusty estaba convencido de que llegaría a +4K cuando alcanzara la cima de la cresta. Sabía que eso no podía significar nada bueno -su «traje antirradiación» podía considerarse una solución improvisada, en el mejor de los casos-, pero seguía avanzando, recordándose a sí mismo que los rads eran acumulativos; si actuaba con rapidez no se vería sometido a una cantidad de radiación letal. Tal vez pierda algo de pelo durante un tiempo, pero no será algo letal. Hay que pensar en ello como si fuera una misión de bombardeo: alcanzar el objetivo, hacer lo que haya que hacer y regresar.
Encendió la radio, oyó a los Mighty Clouds of Joy en la WCIK, y la apagó de inmediato. Las gotas de sudor le entraron en los ojos y tuvo que parpadear para que no le nublaran la vista. Incluso con el aire acondicionado al máximo, hacía muchísimo calor en la camioneta. Echó un vistazo por el espejo retrovisor y vio a sus compañeros de exploración apiñados. Parecían muy pequeños.
El rugido del contador Geiger cesó. Miró hacia el aparato y la aguja había caído hasta el cero.
Rusty estuvo a punto de frenar, pero cayó en la cuenta de que Rommie y los chicos creerían que tenía problemas. Además, debía de ser cosa de la batería. Pero cuando miró de nuevo el contador, vio que el indicador de encendido aún brillaba con fuerza.
En la cima de la colina, la carretera acababa frente a un granero rojo y largo delante del cual había espacio suficiente para que los vehículos dieran la vuelta. Había un camión viejo y un tractor aún más viejo que se aguantaba en una única rueda. El granero parecía en bastante buenas condiciones, aunque algunas de las ventanas estaban rotas. Detrás del edificio se alzaba una granja desierta con parte del tejado derruido, seguramente a causa del peso de la nieve.
Uno de los extremos del granero estaba abierto, e incluso con las ventanas cerradas y el aire acondicionado a toda marcha, Rusty podía oler el aroma a sidra de las manzanas viejas. Se detuvo junto a los escalones que conducían a la casa. Había una cadena que impedía el paso y de la que colgaba un cartel que decía: PROHIBIDO EL PASO. El cartel estaba oxidado, era viejo y, a todas luces, inútil. Había latas de cerveza desparramadas por el porche en el que la familia McCoy debía de sentarse en las tardes de verano para disfrutar de la brisa y de las vistas: a la derecha el pueblo entero de Chester's Mills, y a la izquierda hasta el estado de New Hampshire. Alguien había escrito con spray LOS WILDCATS SON LOS MEJORES en una pared antaño roja pero ahora teñida de un rosa deslucido. En la puerta, con un spray de otro color, podía leerse GUARIDA DE ORGÍAS. Rusty supuso que la pintada expresaba los deseos de algún adolescente hambriento de sexo. O quizá era el nombre de un grupo de heavy-metal.
Cogió el contador Geiger y le dio unos golpecitos. La aguja se movió y el aparato hizo ruido. Parecía que funcionaba pero que no detectaba ninguna radiación.
Salió de la camioneta y, tras un breve debate interior, se quitó gran parte de las protecciones caseras; se dejó únicamente el delantal, los guantes y las gafas. Luego recorrió un lateral del granero sosteniendo el sensor del contador Geiger delante de él mientras se prometía que regresaría a por el resto de su «traje» en cuanto la aguja hiciera el menor movimiento.