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– Vámonos adentro -les dijo a Judy y a Deanna-. A cantar canciones y eso. Será bonito.

Normalmente era bonito, pero ese día no. Incluso antes de la gran explosión en el cielo, no era bonito. Janelle no dejaba de pensar en el muñeco con los ojos con forma de cruz. Y en aquella camiseta horrible: PLAY THAT DEAD BAND SONG.

17

Cuatro años antes de que apareciera la Cúpula, el abuelo de Linda Everett murió y dejó a cada uno de sus nietos una pequeña pero nada despreciable cantidad de dinero. El cheque de Linda ascendió a 17.232,04 dólares. Gran parte del dinero fue a parar a la cuenta de ahorro para la universidad de las niñas, pero le pareció más que justificado gastar unos cuantos cientos de dólares en un regalo para Rusty. Se acercaba su cumpleaños y desde que habían salido al mercado unos años antes, siempre había querido un Apple TV.

A lo largo de su relación le había comprado regalos más caros, pero nunca uno que le hubiera gustado más. La idea de poder descargar películas de la red y luego verlas en la televisión en lugar de estar encadenado a la pantalla más pequeña de su ordenador lo colmó de alegría. El artilugio en cuestión era un rectángulo blanco de plástico de dieciocho centímetros de lado y dos centímetros de grosor. El objeto que Rusty encontró en Black Ridge se parecía tanto a su Apple TV que al principio creyó que era uno… salvo que modificado, por supuesto, para poder mantener prisionero a todo un pueblo y emitir La sirenita en tu televisor vía wi-fi y en alta definición.

El aparato que había en el manzanar de los McCoy era de color gris oscuro, no blanco, y en lugar del logotipo familiar de la manzana, Rusty vio este símbolo algo turbador:

Sobre el símbolo había una excrecencia cubierta con un capuchón, del tamaño del nudillo de su dedo meñique. Dentro de la tapa había una lente de vidrio o cristal. Y era esta lente la que emitía los destellos púrpura intermitentes.

Rusty se inclinó y tocó la superficie del generador (si es que era un generador). Sintió de inmediato una fuerte descarga que le subió por el brazo y se extendió por todo el cuerpo. Intentó apartarse pero no pudo. Tenía los músculos agarrotados. El contador Geiger emitió un sonido estridente y se quedó en silencio. Rusty no sabía si la aguja había alcanzado la zona de peligro porque tampoco podía mover los ojos. De pronto el mundo empezó a oscurecerse, la luz se disipaba, desaparecía como el agua que se cuela por el desagüe de una bañera, y pensó con súbita y calma lucidez: Voy a morir. Qué forma tan estúpida de i…

Entonces, en esa oscuridad, surgieron unas caras, pero no eran rostros humanos, y más tarde no estaría muy seguro de que fueran caras. Eran unos cuerpos sólidos geométricos que parecían recubiertos de cuero. Las únicas partes de esos seres que parecían remotamente humanas eran las marcas con forma de diamante que tenían en los costados y que podrían haber sido las orejas. Las cabezas (si eran cabezas) se volvieron las unas hacia las otras, como si fueran a debatir algo, o en una actitud similar. Creyó oír risas. Creyó percibir cierta emoción. Vio a niños en el patio de la escuela de primaria de East Street -sus hijas, quizá, y su amiga Deanna Carver- intercambiando comida y secretos en el recreo.

Todo sucedió en pocos segundos, no más de cuatro o cinco. Luego se desvaneció. La descarga desapareció de forma tan brusca como cuando la gente tocaba por primera vez la superficie de la Cúpula; tan rápido como la sensación de mareo y la visión del muñeco con la chistera ladeada. Estaba arrodillado en la cima de la cresta desde la que se dominaba el pueblo, sofocado debido al traje de plomo.

A pesar de todo, la imagen de los cabeza de cuero permaneció. Apoyados unos contra otros y riendo, como una confabulación obscenamente infantil.

Los otros están ahí abajo observándome. Saluda. Demuéstrales que estás bien.

Alzó ambas manos por encima de la cabeza -ahora las movía con soltura-, y las agitó lentamente hacia delante y hacia atrás, como si el corazón no le latiera desbocado en el pecho, como si los regueros de sudor acre no le corrieran por el pecho.

Abajo, en la carretera, Rommie y los chicos le devolvieron el saludo.

Rusty respiró hondo varias veces para calmarse y luego acercó el sensor del contador Geiger al cuadrado plano y gris que se encontraba sobre una alfombra de hierba esponjosa. La aguja no llegaba a +5. Era radiación de fondo, nada más.

Rusty estaba casi convencido de que ese objeto cuadrado y plano era la fuente de todos sus problemas. Unas criaturas -no seres humanos, sino criaturas- lo estaban usando para mantenerlos prisioneros, pero eso no era todo. También lo estaban utilizando para observarlos.

Y para divertirse. Esos cabrones se estaban riendo. Los había oído.

Rusty se quitó el delantal, cubrió con él la caja, de la que sobresalía la lente, se levantó y retrocedió. Por un instante no sucedió nada. Entonces el delantal empezó a arder. Desprendió un olor acre y repugnante. Observó que la superficie brillante se llenaba de ampollas y burbujas, observó cómo aparecieron las llamas. Acto seguido, el delantal, que en realidad no era más que un trozo de plástico recubierto con una lámina de plomo, se deshizo en pedazos. De repente varios trozos ardieron, el mayor de los cuales se encontraba aún encima de la caja. Al cabo de un instante, el delantal, o lo que quedaba de él, se desintegró. Solo quedaron unos cuantos remolinos de ceniza y el olor, pero por lo demás… puuf. Había desaparecido.

¿He visto eso?, se preguntó Rusty, y luego lo dijo en voz alta, se lo preguntó al mundo. Percibía el olor del plástico quemado y otro olor más fuerte; dedujo que era el del plomo fundido, lo cual era una locura, algo imposible, pero el delantal había desaparecido.

– ¿De verdad he visto eso?

Como respondiendo a su pregunta, la luz púrpura emitió un destello desde el capuchón del tamaño de un nudillo que había sobre la caja. ¿Eran aquellos fogonazos una forma de renovar la Cúpula, del mismo modo en que al apretar la tecla de un ordenador se actualiza la pantalla? ¿O acaso permitían que los cabeza de cuero observaran el pueblo? ¿Ambas cosas? ¿Ninguna?

Se dijo que no debía acercarse a la caja plana de nuevo. Se dijo que lo más sensato que podía hacer era regresar a la camioneta (sin el peso del delantal podría correr), luego huir de allí a toda prisa, deteniéndose únicamente para recoger a sus compañeros, que lo esperaban más abajo.

Pero lo que hizo fue acercarse otra vez a la caja y arrodillarse ante ella, una postura que para su gusto recordaba demasiado a un gesto de adoración.

Se quitó uno de los guantes, tocó el suelo alrededor de la cosa y apartó la mano rápidamente. Estaba caliente. Los pedazos del mandil quemado habían chamuscado algunos fragmentos de hierba. Entonces alargó la mano para tocar la caja y se armó de valor para sufrir otra quemadura o descarga… aunque no era eso lo que más le preocupaba: tenía miedo de ver aquellas formas de cuero, que parecían cabezas sin llegar a serlo, reunidas unas junto a otras urdiendo una conspiración de risas.

Pero no sucedió nada. No tuvo visiones y no sintió calor. La caja gris resultaba fría al tacto, a pesar de que había visto cómo bullía y ardía el delantal de plomo.

La luz púrpura volvió a destellar. Rusty fue precavido y no puso la mano delante. En lugar de eso, agarró la cosa por los lados mientras se despedía mentalmente de su mujer y sus hijas y les pedía perdón por ser tan rematadamente estúpido. Esperaba verse envuelto en llamas y arder. Cuando eso no sucedió, intentó levantar la caja. Aunque era del tamaño de un plato llano, y no mucho más grueso, no pudo moverla. Era como si estuviera soldada a un pilar que se hundía treinta metros en el lecho de roca de Nueva Inglaterra; sin embargo, no era así. Descansaba sobre una alfombra de hierba, y cuando Rusty deslizó los dedos por ambos lados, se tocaron por debajo. Los entrelazó e intentó levantar la cosa. No hubo descarga, visiones, ni calor; tampoco ningún movimiento. Ni la más mínima vibración.