Levantó el mando de la puerta del garaje como para dar énfasis a su afirmación.
A Andy le daba pena lo que le había sucedido a Sammy, como le daban pena Claudette y Dodee, aunque ahora era una pena fría y aséptica, almacenada en el interior de su propia Cúpula: la podías ver, apreciar su existencia, pero no podías llegar hasta ella, lo cual era positivo. Intentó explicarle todo eso a Chef Bushey, pero se trataba de un concepto complejo y se hizo un lío. A pesar de todo, el Chef asintió y le pasó una gran pipa de cristal a Andy. Grabadas en el costado podían leerse las palabras: PROHIBIDA SU VENTA.
– Es bueno, ¿verdad? -preguntó el Chef.
– ¡Sí! -exclamó Andy.
Durante un rato debatieron sobre los dos grandes temas de los fumetas: que la droga que estaban fumando era de puta madre, y lo jodidos que los estaba dejando esa droga tan de puta madre. En cierto momento hubo una gran explosión hacia el norte. Andy se tapó los ojos, que le quemaban por culpa del humo. Estuvo a punto de tirar la pipa, pero el Chef la rescató.
– ¡Me cago en la puta, ha sido un avión! -Andy intentó ponerse en pie, pero a pesar de que estaba rebosante de energía, le flaquearon las piernas y se dejó caer.
– No, Sanders -dijo el Chef; dio una calada a la pipa. Sentado con las piernas abiertas y dobladas, y los pies planta contra planta, a Andy le pareció que era un jefe indio con la pipa de la paz.
Apoyados en el costado de la cabaña entre Andy y el Chef había cuatro AK-47 automáticos, de fabricación rusa pero importados de China, al igual que muchos otros objetos almacenados en aquel lugar. También había cinco cajas apiladas con cargadores de treinta balas y una caja con granadas RGD-5. El Chef le ofreció a Andy una traducción de los ideogramas que aparecían en la caja de las granadas: «Que no se te caiga esta cabrona».
Entonces el Chef cogió uno de los AK y se lo puso sobre las rodillas.
– Eso no ha sido un avión -dijo en voz bien alta.
– Ah, ¿no? ¿Entonces qué ha sido?
– Una señal de Dios. -El Chef miró hacia la pared lateral del granero en la que había hecho un par de pintadas: dos citas (interpretadas de forma bastante libre) del Apocalipsis en las que destacaba el número 31 en grande. Entonces miró de nuevo a Andy. Al norte, la columna de humo empezaba a disiparse. Debajo de ella se alzaba una nueva columna en el lugar en el que había caído el avión-. Interpreté mal la fecha -dijo con voz siniestra-. Halloween va a llegar antes este año. Quizá hoy, quizá mañana, quizá pasado mañana.
– O quizá el día después de pasado mañana -añadió Andy amablemente.
– Quizá -admitió el Chef-, pero creo que será antes. ¡Sanders!
– ¿Qué, Chef?
– Toma un arma. Ahora perteneces al Ejército del Señor. Eres un soldado cristiano. Tus días de lamerle el culo a ese apóstata hijo de puta han acabado.
Andy cogió un AK y lo dejó sobre sus muslos desnudos. Su peso y su calidez le resultaban agradables. Comprobó que el seguro estaba puesto.
– ¿A qué apóstata hijo de puta te refieres?
El Chef le lanzó una mirada de absoluto desdén, pero cuando Andy alargó la mano para coger la pipa, se la entregó de buen grado. Había de sobra para los dos, habría hasta el final, y sí, en verdad, el final no estaba muy lejos.
– A Rennie. Ese apóstata hijo de puta.
– Es amigo mío, colega, pero puede ser un cabrón -admitió Andy-. Cielos, este cristal está de puta madre.
– Lo está -admitió el Chef con aire taciturno, y cogió la pipa (a la que Andy ahora llamaba la pipa de la paz)-. Es la más larga de las pipas largas de cristal, la más pura de las puras, ¿y qué es, Sanders?
– ¡Un medicamento para la melancolía! -respondió Andy rápidamente.
– ¿Y qué es eso? -Señaló la marca negra que el avión había dejado en la Cúpula.
– ¡Una señal! ¡De Dios!
– Sí -dijo el Chef, más calmado-. Eso es justamente lo que es. Hemos emprendido un viaje por Dios, Sanders. ¿Sabes qué ocurrió cuando Dios abrió el séptimo sello? ¿Has leído el Apocalipsis?
Andy tenía algún recuerdo, de la época del campamento al que había asistido de adolescente, de unos ángeles saliendo de ese séptimo sello como los payasos que salen de un coche demasiado pequeño en el circo, pero prefirió no expresarlo de ese modo. El Chef podría considerarlo una blasfemia. Se limitó a negar con la cabeza.
– Ya me lo imaginaba -dijo el Chef-. Seguro que te han largado muchos sermones en el Santo Redentor, pero sermonear no es educar. Los sermones no son mierda visionaria de verdad. ¿Lo entiendes?
Lo que Andy entendía era que quería otra calada, pero asintió con la cabeza.
– Cuando se abrió el séptimo sello, aparecieron siete ángeles con siete trompetas. Y cada vez que uno la tocaba, una plaga asolaba la Tierra. Toma, dale una calada, te ayudará a concentrarte.
¿Cuánto tiempo llevaban fumando? Tenía la sensación de que hacía horas. ¿Habían visto un accidente de avión de verdad? Andy creía que sí, pero no estaba del todo convencido. Le parecía algo muy inverosímil. Quizá debería echarse una siesta. Sin embargo, el mero hecho de estar ahí con el Chef, colocándose y recibiendo enseñanzas, era una sensación maravillosa, rayana en el éxtasis.
– He estado a punto de suicidarme, pero Dios me ha salvado -le dijo al Chef. El pensamiento era tan maravilloso que se le inundaron los ojos de lágrimas.
– Sí, sí, eso es obvio. Pero esto que te voy a contar, no. Así que escucha.
– Eso hago.
– El primer ángel tocó la trompeta y desató una lluvia de sangre en la Tierra. El segundo ángel tocó la trompeta y una montaña de fuego se precipitó en el mar. De ahí los volcanes y toda esa mierda.
– ¡Sí! -gritó Andy, que apretó sin querer el gatillo del AK-47 que tenía en el regazo.
– Ve con cuidado -le advirtió el Chef-. Si no hubiera tenido puesto el seguro, me habrías clavado la picha en ese pino. Dale una calada a esto. -Le pasó la pipa. Andy ni siquiera recordaba habérsela dado, pero debía de haberlo hecho por fuerza. ¿Y qué hora era? Parecía media tarde, pero ¿cómo era posible? No le había entrado hambre a la hora del almuerzo, y siempre tenía hambre a mediodía, era su momento de la comida preferido.
– Ahora escucha, Sanders, porque esta es la parte importante:
El Chef citó de memoria porque se había volcado en el Apocalipsis cuando se trasladó a la emisora de radio; lo leyó y releyó de forma obsesiva, a veces hasta que despuntaba el alba.
– «¡El tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella! ¡Ardiendo como una antorcha!»
– ¡Es lo que acabamos de ver!
El Chef asintió. Tenía los ojos clavados en la mancha negra en la que el 179 de Air Ireland había encontrado su fin.
– «Y el nombre de la estrella es Ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo; y muchos hombres murieron a causa de esas aguas, porque se hicieron amargas.» ¿Tú eres un hombre amargado, Sanders?
– ¡No! -exclamó Andy.
– No. Somos personas sosegadas. Pero ahora que la estrella Ajenjo ha refulgido en el cielo, llegarán los hombres amargados. Me lo ha dicho Dios, Sanders, y no son chorradas. Ponme a prueba, si quieres, y verás que paso de las chorradas. Van a intentar quitárnoslo todo. Rennie y sus compinches de mierda.
– ¡Ni hablar! -gritó Andy. Un súbito ataque de paranoia, horriblemente intenso, se apoderó de él. ¡Quizá ya estaban ahí! ¡Esos compinches de mierda arrastrándose entre los árboles! ¡Esos compinches de mierda avanzando por la Little Bitch Road en una hilera de camiones! Ahora que El Chef había sacado el tema, entendía por qué Rennie quería hacerlo. Lo llamaría «eliminar las pruebas».