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– No paran de repetir las imágenes del accidente del avión -dijo Rose-. Si no las habéis visto, ahí las tenéis. Jackie, he ido a ver a Barbie a mediodía. Le he llevado unos sándwiches y me han dejado bajar a las celdas. Aunque Melvin Searles ha hecho de carabina.

– Qué suerte -dijo Jackie.

– ¿Cómo está? -preguntó Julia-. ¿Se encuentra bien?

– Parece la imagen de la cólera de Dios, pero creo que sí. Me ha dicho… Quizá deberíamos mantener esta conversación en privado, Jackie.

– Sea lo que sea, creo que puedes decirlo delante de Ernie y Julia.

Rose lo meditó, pero solo un instante. Si no podía confiar en Ernie Calvert y Julia Shumway, no podía confiar en nadie.

– Me ha dicho que debía hablar contigo. Hacer las paces; como si nos hubiéramos peleado. Me ha dicho que te diga que soy buena.

Jackie se volvió hacia Ernie y Julia. A Rose le pareció oír cuchicheos, una pregunta y la consiguiente respuesta.

– Si Barbie lo dice, es que lo eres -afirmó Jackie, y Ernie asintió enérgicamente-. Cariño, vamos a celebrar una pequeña reunión esta noche. En la parroquia congregacional. Es más o menos secreta…

– Más o menos no, es secreta -la corrigió Julia-. Y dado el actual estado de cosas en el pueblo, es mejor que el secreto no se difunda.

– Si es sobre lo que creo que es, me apunto. -Acto seguido Rose bajó la voz-. Pero Anson no. Lleva uno de esos malditos brazaletes.

Justo entonces apareció en la televisión el rótulo de NOTICIA DE ÚLTIMA HORA de la CNN, acompañado por la molesta música en tono menor para desastres que la cadena empleaba para acompañar todas las noticias relacionadas con la Cúpula. Rose esperaba ver a Anderson Cooper o a su amado Wolfie -ambos se encontraban en Castle Rock-, pero apareció Barbara Starr, la corresponsal en el Pentágono. Se encontraba frente a un poblado formado por tiendas de acampada y camiones que hacía las veces de puesto de avanzada del ejército en Harlow.

– Don, Kyra: el coronel James O. Cox, el portavoz del Pentágono desde la aparición de ese monumental misterio conocido como la Cúpula el sábado pasado, está a punto de celebrar una rueda de prensa por segunda vez desde el inicio de la crisis. Acaban de comunicarnos el tema y va a movilizar a decenas de miles de estadounidenses que tienen a seres queridos en la población sitiada de Chester's Mills. Nos han dicho… -Prestó atención a algo que le decían por el auricular-. Ahí está el coronel Cox.

Los cuatro se sentaron en taburetes de la barra mientras las imágenes mostraban el interior de una gran tienda de acampada. Debía de haber unos cuarenta periodistas sentados en sillas plegables, y varios más de pie, al fondo. Cuchicheaban entre ellos. En uno de los extremos de la tienda se había montado una tarima. En ella había un atril con micrófonos flanqueado por banderas estadounidenses. Detrás había una pantalla blanca.

– Es bastante profesional para ser una operación improvisada -dijo Ernie.

– Oh, creo que esto lo han tramado con tiempo -replicó Jackie, que recordaba su conversación con Cox: «Vamos a esforzarnos al máximo para hacerle la vida un poco más difícil a Rennie».

Se abrió una entrada en el lado izquierdo de la tienda y un hombre bajito, canoso y con aspecto de estar en buena forma se encaminó con brío hacia la tarima. A nadie se le había ocurrido poner una escalerilla, o un par de cajas, lo cual no supuso, sin embargo, ningún problema para el orador, que dio un salto con naturalidad, sin perder el ritmo. Llevaba un uniforme de batalla de color caqui. Si tenía medallas, no las lucía. En la camisa, una pequeña tarjeta decía CNEL. J. COX. No llevaba notas. Los periodistas guardaron silencio de inmediato y Cox esbozó una sonrisa.

– Este tipo debería haber dado las ruedas de prensa desde el principio -dijo Julia-. Tiene buena planta.

– Cállate, Julia -le espetó Rose.

– Damas y caballeros, gracias por venir -dijo Cox-. Seré breve y luego aceptaré unas cuantas preguntas. La situación en lo que respecta a Chester's Mills y lo que ahora llamamos la Cúpula no ha variado: el pueblo sigue aislado, aún no sabemos cuál es la causa de esta situación, y aún no hemos logrado atravesar la barrera. En caso contrario ya lo sabrían, por supuesto. Los mejores científicos de Estados Unidos, los mejores de todo el mundo, están trabajando en el caso, y estamos barajando diversas opciones. No me pregunten cuáles porque ahora mismo no puedo responderles.

Un murmullo de descontento se extendió por la tienda. Cox no intervino. Debajo de él, apareció un mensaje de la CNN: DE MOMENTO NO HABRÁ RESPUESTAS. Cuando el murmullo cesó, Cox prosiguió.

– Tal como saben, hemos creado una zona prohibida alrededor de la Cúpula. En un principio era de un kilómetro y medio, el domingo la ampliamos a tres y el martes, a seis. Existen varios motivos que nos han llevado a tomar esta decisión, pero el más importante es que la Cúpula es peligrosa para la gente que lleva ciertos implantes, como marcapasos. Un segundo motivo es que nos preocupaba que el campo que generaba la Cúpula pudiera tener efectos perjudiciales más difíciles de detectar.

– ¿Se refiere a la radiación, coronel? -preguntó alguien.

Cox lo fulminó con la mirada, y cuando creyó que ya había recibido suficiente castigo (Rose se alegró al ver que no era Wolfie, sino ese charlatán medio calvo de FOX News), prosiguió.

– Ahora creemos que no existen efectos perjudiciales, al menos a corto plazo, de modo que hemos designado el viernes 27 de octubre, pasado mañana, como el día de Visitas a la Cúpula.

Esta declaración desencadenó un aluvión de preguntas. Cox esperó a que amainara la tormenta, y cuando los periodistas se calmaron, tomó un mando a distancia del atril y apretó un botón. En la pantalla blanca apareció una imagen en alta resolución (demasiado buena para haber sido descargada de Google Earth, pensó Julia) que mostraba Chester's Mills y los dos pueblos con los que limitaba al sur: Motton y Castle Rock. Cox dejó el mando a distancia y sacó un puntero láser.

En pantalla podía leerse: VIERNES DESIGNADO DÍA DE BISITAS LA CÚPULA. Julia sonrió. El coronel había pillado a la CNN con el corrector ortográfico desactivado.

– Creemos que podemos aceptar mil doscientas visitas -declaró Cox de manera concisa-. Los elegidos deberán ser familiares cercanos, al menos en esta ocasión… y todos esperamos y rezamos para que no tenga que haber otra. Los puntos de encuentro serán aquí, en el recinto ferial de Castle Rock, y aquí, en la gran extensión del circuito de Oxford. -Señaló ambas ubicaciones-. Dispondremos de dos docenas de autobuses, una en cada punto. Los vehículos serán proporcionados por los distritos escolares de los alrededores, que anularán las clases ese día para contribuir en este esfuerzo, motivo por el cual les transmitimos nuestro más sincero agradecimiento. Habrá un autobús más a disposición de la prensa en Shiner's Bait and Tackle, en Motton. -Y añadió con sequedad-: Como Shiner's es una licorería, estoy seguro de que la mayoría de ustedes la conocerán. También se permitirá la participación de una, repito, una unidad móvil de televisión. Ustedes mismos se encargarán de redistribuir las imágenes, damas y caballeros, pero el afortunado se elegirá mediante sorteo.

Los periodistas lanzaron un gruñido no demasiado sincero.

– En el autobús de la prensa hay cuarenta y ocho plazas, y salta a la vista que en esta tienda hay cientos de representantes de los medios de comunicación de todo el mundo…

– ¡Miles! -exclamó un hombre canoso, lo que desató una oleada de carcajadas.

– Me alegra que alguien se divierta -comentó Ernie Calvert con amargura.

Cox no pudo reprimir una sonrisa.