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– No seas tonto. -Lo fulminó con la mirada.

– ¿En qué habitaciones están los Rennie?

– Junior en la siete y su padre en la diecinueve. El padre llegó acompañado de Thibodeau, pero debe de haberlo enviado a hacer recados porque estaba solo cuando fue a ver a su hijo. -Sonrió con cinismo-. Fue una visita breve. Se ha pasado gran parte del tiempo colgado del móvil. Junior simplemente permanece sentado en la habitación, aunque parece que ya rige. Cuando lo trajo Henry Morrison, no estaba en sus cabales.

– ¿Y la arritmia de Big Jim? ¿Qué me cuentas de eso?

– Thurston ha logrado estabilizarlo.

De momento, pensó Rusty, no sin cierta satisfacción. Cuando se le pasen los efectos del Valium, su corazón volverá a bailar el jitterbug.

– Ve a ver primero al chico -dijo Ginny. Estaban solos en el vestíbulo, pero le hablaba en voz muy baja-. No me gusta, nunca me ha gustado, pero me da pena. No creo que dure mucho.

– ¿Le ha contado Thurston algo a Rennie sobre el estado de Junior?

– Sí, que la cosa puede ser grave. Pero, al parecer, no tanto como todas esas llamadas que está haciendo. Alguien debe de haberle contado lo del día de Visita del viernes. Rennie está un poco cabreado.

Rusty pensó en la caja de Black Ridge, tan solo un rectángulo muy delgado con una superficie de menos de tres metros cuadrados, a pesar de lo cual no pudo levantarlo. Ni tan siquiera moverlo un poco. También pensó en los cabeza de cuero que había visto fugazmente, y en sus risas.

– Hay gente a la que no le gustan las visitas -dijo.

5

– ¿Qué tal te sientes, Junior?

– Bien. Mejor. -Parecía apático. Llevaba un pijama del hospital y estaba sentado junto a la ventana. La luz mostraba sin piedad su rostro demacrado. Parecía un hombre de cuarenta años que no había tenido una vida fácil.

– Cuéntame lo que ocurrió antes de que perdieras el conocimiento.

– Iba a la facultad pero me pasé por casa de Angie. Quería decirle que hiciera las paces con Frank, que últimamente solo se dedica a hacer el vago.

Rusty pensó en preguntarle si sabía que Frank y Angie estaban muertos, pero no lo hizo, ¿de qué habría servido? En lugar de eso, le preguntó:

– ¿Ibas a la facultad? ¿Y qué hay de la Cúpula?

– Ah, claro. -La misma voz inalterable, indiferente-. Se me había olvidado.

– ¿Cuántos años tienes?

– Veinti… ¿uno?

– ¿Cómo se llamaba tu madre?

Junior meditó las respuesta.

– Jason Giambi -dijo al final, y soltó una carcajada estridente sin que se le alterara el rostro apático y demacrado.

– ¿Cuándo apareció la Cúpula?

– El sábado.

– ¿Y cuánto hace de eso?

Junior frunció el entrecejo.

– ¿Una semana? -respondió al cabo de un rato. Y añadió-: ¿Dos semanas? Hace ya un poco, eso seguro. -Se volvió hacia Rusty. Los ojos le brillaban a causa del Valium que Marshall le había inyectado-. ¿Te ha dicho Baaarbie que me hagas todas estas preguntas? Él las mató, lo sabes. -Asintió-. Encontramos sus playas de indefinición. -Hizo una pausa-. Placas de identificación.

– Barbie no me ha dicho que te pregunte nada -replicó Rusty-. Está en el calabozo.

– Dentro de poco estará en el infierno -dijo Junior en un tono de lo más natural-. Lo juzgaremos y lo ejecutaremos. Lo dice mi padre. En Maine no hay pena de muerte, pero dice que la situación que vivimos es como si estuviéramos en guerra. La ensalada de huevo tiene demasiadas calorías.

– Eso es cierto -admitió Rusty. Tenía un estetoscopio, un tensiómetro y un oftalmoscopio. Le puso el brazalete en el brazo-. ¿Puedes decirme el nombre de los tres últimos presidentes, por orden?

– Claro. Bush, Push y Tush. -Soltó una carcajada sin que se le alterara el semblante.

Tenía la presión a 147 y 120. Rusty esperaba algo peor.

– ¿Recuerdas quién ha venido a verte antes de que llegara yo?

– Sí. El viejo al que Frankie y yo vimos en la cabaña antes de encontrar a los niños. Espero que estén bien. Eran muy monos.

– ¿Recuerdas cómo se llaman?

– Aidan y Alice Appleton. Fuimos a la discoteca y esa chica pelirroja me hizo una paja por debajo de la mesa. Creía que iba a parar antes de alabar. -Hizo una pausa-. Acabar.

– Ajá. -Rusty le miró los ojos con el oftalmoscopio. El derecho estaba bien. El nervio óptico del izquierdo estaba inflamado, era una afección conocida como papiledema. Se trataba de un síntoma habitual en los tumores cerebrales avanzados y las hinchazones que estos provocaban.

– ¿Ves algo verde, McQueen?

– No. -Rusty dejó el oftalmoscopio y estiró el dedo índice frente a Junior-. Quiero que me toques el dedo índice con tu dedo y que luego te toques la nariz.

Junior obedeció. Rusty empezó a mover el dedo lentamente hacia delante y hacia atrás.

– Sigue.

Junior logró tocarse la nariz una vez. Luego alcanzó el dedo de Rusty pero se tocó la mejilla. La tercera vez fue incapaz de llegar al dedo y se tocó la ceja derecha.

– Ya está. ¿Más? Podría pasarme así todo el día.

Rusty empujó la silla hacia atrás y se puso en pie.

– Le voy a decir a Ginny Tomlinson que te traiga una receta.

– Cuando la tenga, ¿podré irme a pasa? A casa, quiero decir.

– Esta noche te quedarás aquí, Junior. En estado de observación.

– Pero estoy bien, ¿no? Antes he tenido una de mis migrañas, una muy fuerte, pero ya se me ha pasado. Estoy bien, ¿verdad?

– Ahora no puedo decirte nada -dijo Rusty-. Quiero hablar con Thurston Marshall y consultar un par de libros.

– Eh, ese tío no es médico. Es profesor de inglés.

– Quizá, pero te ha tratado bien. Mejor de lo que lo tratasteis Frank y tú a él, por lo que me han contado.

Junior hizo un gesto de desdén con la mano.

– Solo estábamos jugando. Además, nos portamos bien con los niños, ¿verdad?

– Eso no te lo discuto. Ahora relájate, Junior. ¿Por qué no miras un rato la tele?

Junior pensó en ello y luego preguntó:

– ¿Qué hay para cenar?

6

En tales circunstancias, lo único que a Rusty se le ocurrió que podía administrarle a Junior Rennie para reducirle la presión del cerebro era manitol intravenoso. Cogió el historial clínico de la puerta y vio una nota pegada, escrita con una caligrafía muy redondeada y desconocida:

Estimado Dr. Everett: ¿Le parece bien que le administremos manitol a este paciente? No lo he hecho porque no sé la dosis correcta.

Thurse

Rusty apuntó la dosis. Ginny tenía razón; Thurston Marshall era bueno.

7

La puerta de la habitación de Big Jim estaba abierta, pero dentro no había nadie. Rusty oyó la voz del segundo concejal. Procedía del refugio favorito del difunto doctor Haskell para echarse la siesta.

Rusty recorrió el pasillo. No pensó en echar un vistazo al historial de Big Jim, un despiste que más tarde lamentaría.

Big Jim estaba vestido de calle y sentado junto a la ventana, con el teléfono pegado a la oreja, a pesar de que en el cartel de la pared aparecía un teléfono móvil rojo tachado con una gran X, para los analfabetos. Rusty pensó que le proporcionaría un gran placer ordenar a Big Jim que colgara. Tal vez no era la forma más diplomática de empezar lo que iba a ser una mezcla de análisis médico y discusión, pero pensaba hacerlo. Se dirigió hacia el concejal, pero de repente se detuvo. En seco.

Le vino a la cabeza un recuerdo: no podía dormir, se levantó para comer un trozo del pastel de arándanos y naranja de Linda, oyó que Audrey sollozaba en la habitación de las niñas. Fue a ver cómo estaban. Se sentó en la cama de Jannie, bajo Hannah Montana, su ángel de la guarda.