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¿Por qué había tardado tanto en recordar eso? ¿Por qué no le había sucedido durante su reunión con Big Jim en el estudio de la casa de Rennie?

Porque entonces no estaba al corriente de los asesinatos; estaba obcecado con el propano. Y porque Janelle no tenía un ataque, tan solo estaba en la fase REM del sueño. Hablaba en sueños.

«Tiene una pelota de béisbol dorada, papá. Es una pelota mala.»

Ese recuerdo no le acudió al pensamiento ni tan siquiera la noche anterior, en la funeraria. Lo hacía entonces, cuando ya casi era demasiado tarde.

Pero piensa en lo que significa: quizá ese artilugio de Black Ridge solo emita una cantidad de radiación limitada, pero está transmitiendo algo más. Llamémoslo precognición inducida, o tal vez sea algo que ni siquiera tiene nombre, pero sea lo que sea, está ahí. Y si Jannie tenía razón sobre la pelota de béisbol dorada, entonces todos los niños que han hablado en tono profético sobre un desastre en Halloween quizá también tengan razón. Pero ¿significa eso que será actualmente ese día? ¿O podría ser antes?

Rusty consideraba esta última opción la más probable. Para los niños del pueblo, entusiasmados por las chucherías que iban a conseguir, ya era Halloween.

– Me da igual lo que tengas entre manos, Stewart -decía Big Jim. Los tres miligramos de Valium no parecían haberlo dulcificado; era el mismo gruñón recalcitrante de siempre-. Quiero que Fernald y tú vayáis allí arriba, y llevaos a Roger con voso… ¿Eh? ¿Qué? -Escuchó-. No tendría ni que decírtelo. ¿Es que no has visto la puñetera televisión? Si se pone muy gallito, le…

Alzó la mirada y vio a Rusty en la puerta. Por un instante, la mirada asustada de Big Jim fue la de un hombre que está repitiendo mentalmente la conversación para averiguar hasta dónde puede haber oído el recién llegado.

– Stewart, ha llegado una persona. Te llamaré más tarde, y cuando hablemos, más vale que me digas lo que quiero oír. -Colgó sin despedirse, alzó el teléfono hacia Rusty y esbozó una sonrisa que mostró la hilera superior de dientes-. Lo sé, lo sé, he sido muy malo, pero los asuntos del pueblo no pueden esperar. -Suspiró-. No es fácil ser el hombre del que depende todo el mundo, sobre todo cuando no te sientes bien.

– Debe de ser difícil -admitió Rusty.

– Dios me ayuda. ¿Quieres saber cuál es mi filosofía de vida?

No.

– Claro.

– Cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana.

– ¿Eso crees?

– Lo sé. Y algo que nunca olvido es que cuando rezas para pedir algo que quieres, Dios hace oídos sordos. Pero cuando rezas para pedir algo que necesitas, Dios es todo oídos.

– Ajá. -Rusty entró en la sala de personal. El televisor de la pared estaba sintonizado en la CNN, aunque sin sonido. En ese momento había una fotografía de James Rennie padre, que se alzaba por detrás del busto parlante: era una imagen en blanco y negro, no muy favorecedora. En ella Big Jim aparecía con un dedo y el labio superior alzado. No se trataba de una sonrisa, sino de una mueca de hiena. En el rótulo inferior podía leerse: ¿ERA EL PUEBLO DE LA CÚPULA UN REFUGIO DE TRAFICANTES DE DROGA? Ahora la pantalla mostraba un anuncio del concesionario de Jim Rennie, aquel tan irritante que siempre acababa con la imagen de un vendedor (nunca el propio Big Jim) gritando «¡Con Big Jim TODO irá sobre RUEDAS!».

Rennie señaló el televisor y esbozó una sonrisa triste.

– ¿Ves lo que me están haciendo los amigos de Barbara de ahí fuera? Aunque, ¿a quién le sorprende? Cuando Jesucristo vino a redimir a la humanidad, lo obligaron a cargar con Su propia cruz hasta el monte Calvario, donde murió lleno de sangre y polvo.

Rusty pensó, y no por primera vez, que el Valium era un medicamento muy extraño. No sabía si en el vino había veritas, pero sí que la había en el Valium. Cuando lo administraba a la gente, sobre todo si era por vía intravenosa, acostumbraba a oír exactamente lo que las personas en cuestión pensaban sobre sí mismas.

Rusty acercó una silla y se preparó para auscultar a Rennie con el estetoscopio.

– Levántate la camisa. -Cuando Big Jim dejó el teléfono para obedecer a Rusty, este se lo guardó en el bolsillo del pecho-. Si no te importa, me llevo esto. Lo dejaré en el mostrador del vestíbulo, una zona donde está permitido hablar por el móvil. Las sillas no están tan bien tapizadas como estas, pero no son incómodas.

Temía que Big Jim se quejara, que estallara incluso, pero ni siquiera abrió la boca; dejó al descubierto su prominente barriga de buda, y sus pechos grandes y flácidos. Rusty se inclinó y lo auscultó. Estaba mucho mejor de lo que esperaba. Se habría conformado con ciento diez latidos por minuto y una fibrilación ventricular moderada. Sin embargo, el corazón de Big Jim latía a noventa pulsaciones por minuto, sin arritmias.

– Me siento mucho mejor -afirmó Rennie-. Era el estrés. He estado sometido a un estrés brutal. Me quedaré a descansar un par de horas (¿te das cuenta de que se ve todo el pueblo desde esta ventana, amigo?), y le haré otra visita a Junior. Luego me iré y…

– No es solo el estrés. Tienes sobrepeso y no estás en forma.

Big Jim volvió a mostrarle la hilera de dientes superiores con su falsa sonrisa.

– Dirijo un negocio y un pueblo, amigo; ambos en números rojos, por cierto. Eso me deja poco tiempo para cintas de andar, para StairMasters y aparatos por el estilo.

– Hace dos años te presentaste aquí con síntomas de TAP, Rennie. Eso es taquicardia auricular paroxística.

– Sé lo que significa. Lo busqué en WebMD y decía que la gente sana a veces experimenta…

– Ron Haskell no se anduvo con rodeos y te dijo que debías controlar el peso, que debías controlar la arritmia con medicación, y que si los medicamentos no eran efectivos, habría que tener en cuenta la vía quirúrgica para corregir el problema subyacente.

Big Jim puso cara de niño infeliz que está sentado en una trona y no puede bajar de ella.

– ¡Dios me dijo que no lo hiciera! ¡Dios me dijo no al marcapasos! ¡Y Dios tenía razón! ¡Duke Perkins llevaba marcapasos y mira lo que le pasó!

– Por no hablar de su viuda -añadió Rusty en voz baja-. Ella también ha tenido mala suerte. Debía de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Big Jim lo escrutó con sus ojos de cerdo. Luego alzó la vista al techo.

– Volvéis a tener luz, ¿verdad? Os di el propano, tal como me pediste. Hay gente que no sabe lo que es la gratitud. Aunque, claro, un hombre en mi situación se acostumbra a eso.

– Mañana por la noche se nos habrá acabado otra vez.

Big Jim negó con la cabeza.

– Mañana por la noche tendrás suficiente propano para mantener el hospital en funcionamiento hasta Navidad si es necesario. Te lo prometo, por haberme tratado de forma tan agradable y por ser un tipo tan bueno en todos los aspectos.

– Me resulta difícil ser agradecido cuando la gente me devuelve lo que era mío. Imagino que soy un poco raro en ese aspecto.

– Ah, vaya, ¿así que ahora te comparas con el hospital? -rezongó Big Jim.

– ¿Por qué no? Tú acabas de ponerte a la misma altura que Jesucristo. Pero regresemos a tu estado médico, ¿te parece?

Big Jim agitó sus manos grandes y gruesas en un gesto de indignación.

– El Valium no es un remedio. Si sales de aquí, podrías volver a tener arritmias a las cinco de la tarde. O directamente un infarto. Lo bueno de todo esto es que podrías reunirte con tu salvador antes de la puesta de sol.

– ¿Y qué me recomiendas? -preguntó Rennie con calma. Había recuperado la compostura.

– Podría darte algo que solucionaría el problema, al menos a corto plazo. Es un medicamento.