– ¿Te has enterado de algún cotilleo interesante?
– No. -Lissa estaba montada en la bicicleta y miraba a Linda a través de la ventanilla del acompañante-. No saben nada. Pero están muy preocupados por lo que nos pueda pasar; eso me conmovió. Y oyen los mismos rumores que nosotros. Uno de ellos me ha preguntado si era cierto que ya se habían suicidado más de cien personas.
– ¿Puedes subir al coche un momento?
Lissa sonrió de oreja a oreja.
– ¿Estoy detenida?
– Quiero hablar contigo de algo.
Lissa puso el caballete y entró en el coche, después de apartar la carpeta de citaciones y la pistola radar estropeada de Linda. Esta le contó la visita clandestina que hicieron a la funeraria y lo que encontraron allí, y luego le habló de la reunión que iban a celebrar en la parroquia. La reacción de Lissa fue inmediata y vehemente.
– Pienso asistir, y no intentes evitarlo.
En ese momento la radio carraspeó y se oyó la voz de Stacey.
– Unidad Cuatro, unidad Cuatro. Breico, breico, breico.
Linda agarró el micro. No pensaba en Rusty, sino en sus hijas.
– Aquí unidad Cuatro, Stacey. Adelante.
Lo que le dijo Stacey Moggin transformó su inquietud en una absoluta sensación de terror.
– Tengo malas noticias, Lin. Debería decirte que te preparases para lo que voy a contarte, pero no creo que puedas prepararte para algo así. Han detenido a Rusty.
– ¿Qué? -exclamó Linda, casi gritando, pero solo la oyó Lissa, ya que no había apretado el botón lateral del micrófono.
– Lo han encerrado abajo, en el calabozo, con Barbie. Está bien, pero creo que tiene la mano rota; se la sujetaba contra el pecho y estaba muy hinchada. -Bajó la voz-. Han dicho que ofreció resistencia durante la detención. Cambio.
En esta ocasión Linda se acordó de apretar el botón del micrófono.
– Voy ahora mismo. Avísale. Cambio.
– No puedo -dijo Stacey-. Ya no dejan bajar a nadie, solo a los agentes que están en una lista especial… y no soy uno de ellos. Lo acusan de muchas cosas, entre otras de homicidio frustrado y cómplice de homicidio. Tómatelo con calma cuando regreses al pueblo. No te permitirán verlo, así que no hace falta que te calientes la cabeza por el camino…
Linda apretó el botón del micro tres veces: breico, breico, breico. Acto seguido dijo:
– Lo veré.
Pero no lo vio. El jefe Peter Randolph, que parecía recién despertado de la siesta, salió a su encuentro en los escalones de la comisaría y le dijo que entregara la placa y la pistola; como esposa de Rusty, también era sospechosa de haber atentado contra el gobierno legítimo del pueblo y de fomentar la insurrección.
A Linda le entraron ganas de espetarle a Randolph: «Muy bien. Detenme, llévame abajo con mi marido». Pero entonces pensó en las niñas, que ya debían de estar en casa de Marta, esperando a que las recogiera, y con ganas de contarle lo que habían hecho en la escuela durante el día. También pensó en la reunión que iban a mantener en la parroquia esa misma noche, y a la que no podría asistir si la encerraban en una celda. En ese momento la reunión era más importante que nunca.
Si iban a liberar a un prisionero al día siguiente por la noche, ¿por qué no a dos?
– Dile que le quiero -le pidió Linda, que se desabrochó el cinturón y se quitó la funda de la pistola. Nunca le había hecho mucha gracia tener que cargar con el arma. Ayudar a cruzar a los más pequeños de camino a la escuela, decirles a los chicos de secundaria que tiraran los cigarrillos y que no soltaran palabrotas… Ese tipo de cosas eran su fuerte.
– Le transmitiré el mensaje.
– ¿Alguien ha echado un vistazo a su mano? Me han dicho que podría tenerla rota.
Randolph frunció el entrecejo.
– ¿Quién se lo ha dicho, señora Everett?
– No sé quién me ha llamado. No se ha identificado. Creo que ha sido uno de nuestros chicos, pero la recepción no es demasiado buena en la 117.
Randolph meditó sobre la respuesta de Linda, pero decidió no seguir insistiendo.
– La mano de Rusty está bien -dijo-. Y nuestros chicos ya no son sus chicos. Váyase a casa. Estoy seguro de que tendremos que hacerle unas cuantas preguntas más adelante.
A Linda le entraron ganas de llorar, pero se contuvo.
– ¿Y qué voy a contarles a mis hijas? ¿Que su padre está en la cárcel? Sabes que Rusty es uno de los buenos; lo sabes. ¡Dios, fue quien te diagnosticó los problemas de vesícula el año pasado!
– Me temo que no puedo serle de gran ayuda, señora Everett -dijo Randolph. Parecía que el llamarla Linda ya era cosa del pasado-. Pero le sugiero que no les explique que su papá conspiró con Dale Barbara para perpetrar el asesinato de Brenda Perkins y Lester Coggins. No estamos muy seguros sobre los demás, ya que fueron crímenes sexuales y tal vez Rusty no sabía nada sobre ellos.
– ¡Es una locura!
Randolph prosiguió como si no la hubiera oído.
– También ha intentado matar al concejal Rennie, ya que lo amenazó con no proporcionarle un medicamento vital para él. Por suerte, Big Jim tuvo la precaución de ocultar a un par de agentes en el baño. -Movió la cabeza-. Amenazó con no proporcionarle un medicamento vital a un hombre que se ha puesto enfermo debido a la gran preocupación que ha mostrado por este pueblo. Así se comporta su buen chico, ese es su maldito buen chico.
Linda estaba en apuros, y lo sabía. Se fue antes de que la situación empeorase. Tenía cinco horas antes de la reunión en la parroquia. No se le ocurría ningún lugar al que ir ni nada que hacer.
Pero entonces tuvo una idea.
11
La mano de Rusty no estaba bien, ni mucho menos. Hasta Barbie podía verlo, y había tres celdas vacías entre ellos.
– Rusty… ¿puedo hacer algo?
Everett logró esbozar una sonrisa.
– No, a menos que tengas unas cuantas aspirinas y me las puedas pasar. Un Darvocet sería aún mejor.
– Intenta relajarte. ¿No te han dado nada?
– No, pero el dolor ha bajado un poco. Sobreviviré. -Sus palabras fueron más optimistas de lo que en realidad sentía; el dolor era atroz, y estaba a punto de aumentar aún más-. Pero tengo que hacer algo con los dedos.
– Buena suerte.
Por increíble que pareciera, no tenía ningún dedo roto, tan solo un hueso de la mano, un metacarpiano, el quinto. Lo único que podía hacer al respecto era arrancar unos cuantos jirones de la camiseta y utilizarlos como vendaje. Pero antes…
Se agarró el dedo índice izquierdo, dislocado en la articulación interfalángica proximal. En las películas siempre se hacía rápido porque así era más espectacular. Por desgracia, si se precipitaba podía empeorar las cosas en lugar de mejorarlas. De modo que se aplicó una presión lenta, constante y cada vez mayor. El dolor era insoportable; sintió cómo le subía hasta la mandíbula. Oyó los crujidos del dedo, como las bisagras de una puerta que no se ha abierto en mucho tiempo. En algún lugar, cerca y al mismo tiempo muy lejos, vio a Barbie apoyado en la puerta de su celda, observándolo.
Entonces, de repente, el dedo volvía a estar recto, como por arte de magia, y el dolor había disminuido. Al menos el de ese dedo. Se sentó en el camastro; jadeaba como si acabara de finalizar una carrera.
– ¿Ya está? -preguntó Barbie.
– Aún no. También tengo que volver a encajar el dedo de «que te follen». Podría necesitarlo.
Rusty se agarró el segundo dedo y se puso manos a la obra. Y de nuevo, cuando parecía que el dolor no podía ir a más, la articulación dislocada regresó a su sitio. Solo le faltaba recolocar el meñique, que estaba torcido, como si se dispusiera a hacer un brindis.
Y lo haría si pudiera, pensó. «Por el día más jodido de la historia.» De la historia de Eric Everett, al menos.
Empezó a envolverse el dedo. También le dolió, y no había una solución rápida.