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– ¿Qué has hecho? -preguntó Barbie, y chasqueó los dedos dos veces. Señaló al techo y se llevó una mano a la oreja. ¿Sabía a ciencia cierta que había micrófonos en las celdas, o solo lo sospechaba? Rusty decidió que daba igual, que lo mejor era comportarse como si los hubiera, aunque resultaba difícil creer que se le hubiera ocurrido a alguien en aquel caos.

– He cometido el error de intentar obligar a dimitir a Big Jim -respondió Rusty-. Estoy convencido de que añadirán una docena de acusaciones o más, pero me han metido aquí por decirle que dejara de meter mano en todo o acabaría teniendo un infarto.

Por supuesto, no hizo referencia alguna al caso de Coggins; Rusty creyó que sería más beneficioso para su salud.

– ¿Qué tal es la comida aquí?

– No está mal -dijo Barbie-. Rose me ha traído el almuerzo. Pero ten cuidado con el agua. A veces está un pelín salada.

Estiró los dedos índice y corazón de la mano derecha en una V, se señaló los ojos y luego la boca: «Mira».

Rusty asintió.

«Mañana por la noche», movió los labios sin pronunciar una palabra.

«Lo sé», Rusty hizo lo propio. Marcó las sílabas de un modo tan exagerado que se le agrietaron los labios y volvieron a sangrarle.

Barbie añadió: «Necesitamos… un… escondite… seguro».

Gracias a Joe McClatchey y a sus amigos, Rusty pensó que tenía esa parte solucionada.

12

Andy Sanders tuvo un ataque.

En realidad, fue inevitable; no estaba acostumbrado al cristal y había fumado mucho. Se encontraba en el estudio de la WCIK, escuchando cómo la sinfonía de «El pan nuestro de cada día» se alzaba por encima de «How Great Thou Art», y movía las manos como si fuera un director de orquesta. Se vio a sí mismo descendiendo entre cuerdas eternas de violín.

El Chef estaba en algún lado con la pipa, pero le había dejado un buen suministro de cigarrillos híbridos a los que llamaba «petardos».

– Tienes que ir con cuidado con estos, Sanders -le dijo-. Son dinamita. «Aquellos que no están acostumbrados a la bebida deben hacerlo con moderación», Timoteo 1. Eso también se puede aplicar a los petardos.

Andy asintió muy serio, pero se puso a fumar como un loco en cuanto el Chef se fue: dos petardos, seguidos. Dio una calada tras otra hasta que solo quedaron las colillas, que le quemaban los dedos. El olor a pis de gato del cristal alcanzaba ya los primeros puestos de su lista de grandes éxitos de aromaterapia. Iba por el tercer petardo, y seguía dirigiendo la orquesta como Leonard Bernstein, cuando dio una calada muy grande y perdió el conocimiento al instante. Se cayó al suelo y empezó a temblar en una marea de música sacra. Le salió espuma entre los dientes, a pesar de que los tenía apretados. Los ojos, entreabiertos, giraban en las órbitas, viendo cosas que no estaban ahí. Por lo menos, aún no.

Al cabo de diez minutos se despertó de nuevo, lo suficientemente animado para recorrer el camino entre el estudio y el gran edificio rojo de suministros que había detrás.

– ¡Chef! -gritó-. Chef, ¿dónde estás? ¡YA VIENEN!

Chef Bushey salió por la puerta lateral del edificio de suministros. Tenía el pelo de punta y muy grasiento. Llevaba unos pantalones de pijama mugrientos, con una mancha de orina en la entrepierna y otra de hierba en el trasero. Estampados con ranas de dibujos animados que decían RIBBIT, colgaban de forma precaria de sus caderas huesudas, y dejaban al descubierto una mata de vello púbico por delante y la raja del culo por detrás. Sujetaba su AK-47 con una mano. En la culata había pintado con sumo cuidado las palabras GUERRERO DE DIOS. Sostenía el mando del garaje con la otra mano. Dejó el Guerrero de Dios, pero no el mando de la puerta de Dios. Agarró a Andy de los hombros y lo sacudió con fuerza.

– Basta ya, Anders, estás histérico.

– ¡Ya vienen! ¡Los hombres amargados! ¡Como tú has dicho!

El Chef meditó en silencio.

– ¿Te ha llamado alguien para avisarte?

– ¡No, ha sido una visión! ¡He perdido el conocimiento y he tenido una visión!

El Chef abrió los ojos como platos. El recelo dio paso al respeto. Su mirada pasó de Andy a la Little Bitch Road, y luego de nuevo a Andy.

– ¿Qué has visto? ¿Cuántos son? ¿Vienen todos o solo unos cuantos, como la última vez?

– Yo… Yo… Yo…

El Chef lo sacudió de nuevo, pero en esta ocasión con más tacto.

– Cálmate, Sanders. Ahora perteneces al Ejército del Señor y…

– ¡Soy un soldado cristiano!

– Sí, sí, sí. Y yo soy tu superior. Así que informa.

– Vienen en dos camiones.

– ¿Solo dos?

– Sí.

– ¿Naranja?

– ¡Sí!

El Chef se subió los pantalones del pijama, que regresaron a su anterior posición de forma casi inmediata, y asintió.

– Camiones del ayuntamiento. Seguramente esos tres estúpidos: los Bowie y Don Pollo.

– ¿Don…?

– Killian, Sanders, ¿quién, si no? Fuma cristal pero no entiende el objetivo del cristal. Es un idiota. Vienen a buscar más propano.

– ¿Deberíamos escondernos? ¿Escondernos y dejar que se lo lleven?

– Eso es lo que hice la última vez. Pero esta vez no. Me he cansado de esconderme y dejar que la gente se lleve cosas. Ajenjo ha refulgido. Ha llegado el momento de que los hombres de Dios enarbolen su bandera. ¿Estás conmigo?

Andy, que desde la aparición de la Cúpula había perdido todo lo que era más importante para él, no dudó.

– ¡Sí!

– ¿Hasta el final, Sanders?

– ¡Hasta el final!

– ¿Dónde has dejado el arma?

Por lo que podía recordar, estaba en el estudio, apoyada en un póster de Pat Robertson en el que este abrazaba a Lester Coggins.

– Vamos a por ella -dijo el Chef, que cogió su GUERRERO DE DIOS y comprobó el cargador-. A partir de ahora, llévala siempre contigo. ¿Lo entiendes?

– Sí.

– ¿Tienes una caja de munición?

– Sí. -Andy había traído una de esas cajas una hora antes. Al menos, creía que había sido una hora antes; los petardos tenían la capacidad de distorsionar el tiempo.

– Un momento -dijo el Chef. Se acercó a la caja de las granadas chinas y regresó con tres. Le dio dos a Andy y le dijo que se las guardara en el bolsillo. Chef colgó la tercera granada de la boca de GUERRERO DE DIOS, por la anilla-. Sanders, me dijeron que después de quitar el pasador teníamos siete segundos para librarnos de esos cabrones, pero cuando hice pruebas en el foso de grava de ahí detrás, fueron cuatro. No puedes confiar en las razas orientales. Recuérdalo.

Andy dijo que lo haría.

– Venga, vamos a buscar tu arma.

Pero Sanders le preguntó, con cierta indecisión:

– ¿Las usaremos?

El Chef pareció sorprenderse.

– No, a menos que sea necesario.

– Vale -dijo Andy. A pesar de todo, no quería hacer daño a nadie.

– Pero si la situación se complica, haremos lo que sea necesario. ¿Lo entiendes?

– Sí -respondió Andy.

El Chef le dio una palmada en el hombro.

13

Joe le preguntó a su madre si Benny y Norrie podían quedarse a pasar la noche. Claire le dijo que a ella le parecía bien si sus padres les daban permiso. Sería, de hecho, incluso un alivio. Después de su aventura en Black Ridge, a Claire le gustaba la idea de tenerlos cerca. Podían hacer palomitas en la cocina de leña y continuar con la escandalosa partida de Monopoly que habían empezado una hora antes. De hecho, era demasiado ruidosa; sus conversaciones y silbidos tenían un tono alegre y descarado que no la convencía.

La madre de Benny dio permiso a su hijo y, sorprendentemente, la de Norrie hizo lo propio con su hija.

– Es buena idea -dijo Joanie Calvert-. Tengo ganas de pillar un buen pedal desde que empezó todo esto. Parece que esta noche va a ser mi gran oportunidad. Y, Claire, dile a mi hija que vaya a ver a su abuelo mañana y que le dé un beso.