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De repente tomó una decisión: iba a matar a Dale Barbara. Y si alguien se interponía en su camino, también lo mataría. Después buscaría a su padre y acabaría con él…, algo que llevaba años soñando con hacer, aunque nunca había llegado a admitirlo del todo -ni siquiera para sus adentros- hasta ese momento.

Cuando se hubiera encargado de todo, iría a buscar a Aidan y a Alice. Si alguien intentaba detenerlo, también lo mataría. Se llevaría a los niños otra vez a Chester Pond y se ocuparía de ellos. Cumpliría la promesa que le había hecho a Alice. Si lo hacía, no moriría. Dios no dejaría que muriera de intoxicación por talio mientras se ocupaba de aquellos niños.

Y entonces Angie McCain y Dodee Sanders cruzaron el aparcamiento haciendo cabriolas, vestidas con falditas de animadoras y sudaderas de los Mills Wildcats con una gran W en el pecho. Las chicas lo vieron y empezaron a mover las caderas y a levantarse las faldas. Sus rostros se deshacían en una tonta sonrisilla podrida. Estaban cantando: «¡Ven a la despensa, no seas mojigato! ¡Ven a la despensa y follaremos un rato! ¡Vamos… EQUIPO!».

Junior cerró los ojos. Los abrió. Sus amigas ya no estaban. Otra alucinación, igual que el lobo. De las chicas haciendo el 69 no estaba tan seguro.

Pensó que quizá al final no se llevaría a los niños al Pond. Quedaba bastante lejos del pueblo. Quizá, en lugar de eso, se los llevaría a la despensa de los McCain. La despensa quedaba más cerca. Había mucha comida.

Y, por supuesto, estaba oscuro.

– Yo me ocuparé de vosotros, niños -dijo Junior-. Conmigo estaréis a salvo. En cuanto Barbie esté muerto, toda la conspiración se vendrá abajo.

Al cabo de un rato apoyó la frente en el cristal y también él se durmió.

4

Puede que el trasero de Henrietta Clavard solo estuviera muy magullado pero no roto, sin embargo le dolía como un hijo de perra (a sus ochenta y cuatro años todo lo malo que le pasaba le dolía como un hijo de perra) y al principio creyó que había sido su trasero lo que la había despertado ese jueves por la mañana. Pero por lo visto el Tylenol que se había tomado a las tres de la madrugada todavía le hacía efecto. Además, había encontrado el cojín con forma de flotador de su difunto marido (John Clavard padecía de hemorroides), y eso la había ayudado considerablemente. No, era otra cosa, y poco después de despertarse se dio cuenta de qué.

El setter irlandés de los Freeman, Buddy, estaba aullando. Buddy nunca aullaba. Jamás. Era el perro más educado de todo Battle Street, una corta calle contigua al camino de entrada del Catherine Russell. Además, el generador de los Freeman se había parado. Henrietta pensó que tal vez era eso lo que la había despertado, y no el perro. Lo cierto es que esa noche había logrado conciliar el sueño gracias a esa máquina de sus vecinos. Era uno de esos cacharros estruendosos que expulsaban al aire un gas azulado; producía un ronroneo grave y constante que, a decir verdad, resultaba bastante relajante. Henrietta suponía que era caro, pero los Freeman podían permitírselo. Will era el propietario del concesionario Toyota que había codiciado Big Jim Rennie, y, a pesar de que los tiempos eran difíciles para casi todos los vendedores de coches, Will siempre había parecido la excepción que confirmaba la regla. El año anterior, precisamente, Lois y él habían construido una bonita ampliación de muy buen gusto a la casa.

Pero esos aullidos… Parecía que el perro estuviera herido. Una mascota herida era una de esas cosas de las que la gente agradable como los Freeman se ocupaban enseguida, así que… ¿cómo es que no lo habían hecho ya?

Henrietta se levantó de la cama (estremeciéndose un poco cuando el trasero salió del cómodo agujero de la rosquilla de espuma) y se acercó a la ventana. Veía perfectamente bien la casa de dos pisos de los Freeman, aunque la luz era grisácea y mortecina en lugar de clara y brillante como solía serlo por la mañana a finales de octubre. Desde la ventana oía mejor aún a Buddy, pero no veía a nadie moviéndose por allí. La casa estaba a oscuras, ni siquiera había una lámpara Coleman encendida en alguna ventana. Henrietta habría concluido que no estaban en casa, pero los dos coches seguían aparcados en el camino de entrada. Además, ¿adónde podrían haber ido?

Buddy no dejaba de aullar.

Henrietta se puso la bata de estar por casa y las zapatillas y salió fuera. Cuando estaba ya en la acera, vio acercarse un coche. Era Douglas Twitchell, que sin duda iba hacia el hospital. Tenía los ojos hinchados. Bajó del vehículo sin soltar una taza de café para llevar con el logo del Sweetbriar Rose.

– ¿Está usted bien, señora Clavard?

– Sí, pero en casa de los Freeman pasa algo raro. ¿Lo oyes?

– Sí.

– Pues ellos también deberían oírlo. Sus coches están ahí, así que ¿por qué no lo hacen callar?

– Iré a echar un vistazo. -Twitch dio un sorbo a su café y después lo dejó en el capó del coche-. Usted quédese aquí.

– Qué tontería -dijo Henrietta Clavard.

Recorrieron unos veinte metros de acera, después torcieron por el camino de entrada de los Freeman. El perro no paraba de aullar. A Henrietta ese sonido le helaba la piel a pesar de la lánguida calidez de la mañana.

– El aire está fatal -dijo-. Huele igual que olía Rumford cuando yo estaba recién casada y la fábrica de papel aún funcionaba. Esto no puede ser bueno para la gente.

Twitch masculló algo y tocó el timbre de los Freeman. Al ver que no abrían, primero llamó a la puerta con la mano, después con el puño.

– Mira a ver si está cerrado con llave -dijo Henrietta.

– No sé si debería, señora…

– ¡Ay, concho! -Lo apartó a un lado y probó suerte con el pomo. Giró. Abrió la puerta. La casa que había al otro lado estaba en silencio y llena de profundas sombras matutinas-. ¿Will? -llamó-. ¿Lois? ¿Estáis ahí?

No hubo más respuesta que los aullidos.

– El perro está fuera, en la parte de atrás -dijo Twitch.

Habría sido más rápido atajar por dentro, pero a ninguno de los dos les atraía la idea, así que salieron por el camino de entrada y recorrieron el estrecho pasadizo techado que unía la casa y el garaje en el que Will guardaba, no sus coches, sino sus juguetes: dos motonieves, un quad, una Yamaha de motocross y una abultada Honda Gold Wing.

El patio trasero de los Freeman estaba rodeado por una valla alta. La puerta quedaba al final del pasadizo. Twitch la abrió y se le echaron encima treinta y dos kilos de desesperado setter irlandés. Gritó con sorpresa y levantó las manos, pero el perro no quería morderlo; la actitud de Buddy no decía más que «¡Sálvame, por favor!». Apoyó las patas en la parte delantera de la última bata limpia de Twitch, manchándola de tierra, y empezó a babosearle la cara.

– ¡Para ya! -gritó él. Empujó a Buddy, que bajó, pero enseguida volvió a saltarle encima, a dejar más huellas en su bata y a babearle las mejillas con una larga lengua rosada.

– ¡Buddy, abajo! -ordenó Henrietta, y Buddy se sentó al instante sobre sus ancas, gimiendo y desplazando su mirada al uno y al otro. Bajo el animal empezó a extenderse un charco de orina.

– Señora Clavard, esto no tiene buena pinta.

– No -convino Henrietta.

– A lo mejor debería quedarse con el pe…

Henrietta volvió a exclamar «¡Concho!» y entró con paso firme en el patio de atrás de los Freeman; Twitch tuvo que correr para alcanzarla. Buddy los siguió con sigilo; la cabeza gacha, la cola entre las patas, gimiendo desconsoladamente.

Vieron una zona delimitada por piedras en la que había una barbacoa. Estaba muy bien resguardada por una lona en la que se leía LA COCINA ESTÁ CERRADA. Más allá, donde acababa el césped, había una plataforma de secuoya, y sobre esa plataforma los Freeman tenían su jacuzzi. Twitch supuso que habían instalado aquella valla tan alta para poder bañarse desnudos, puede que incluso para tontear un poco si les entraban ganas.