– Sí -respondió Norrie con desánimo-. Vendrá, aunque la idea no le entusiasma.
– ¿Traerá toda la comida que tenga cuando llegue el momento?
– Sí. En el maletero de nuestro coche. -Lo que Norrie no añadió fue que Joanie Calvert cargaría primero toda la bebida que tenía guardada; las provisiones alimentarias tendrían un papel secundario-. ¿Qué haremos con la radiación, Rose? No podemos forrar con lámina de plomo todos los coches que suban allí.
– Si la gente sube solo una o dos veces, no les pasará nada. -Rose lo había corroborado por sí misma buscando en internet. También había descubierto que la seguridad, en casos de radiación, dependía de la fuerza de los rayos, pero no veía qué sentido tenía preocuparse por cosas que no podían controlar-. Lo importante es limitar la exposición… y Joe dice que el cinturón no es muy ancho.
– La madre de Joey no querrá venir -dijo Norrie.
Rose suspiró. Eso ya lo sabía. El día de Visita era una bendición a medias. Les serviría para encubrir su marcha, pero todos aquellos que tenían familiares al otro lado querrían ir a verlos. A lo mejor a McClatchey no le toca la lotería, pensó.
Por delante se veía ya Coches de Ocasión Jim Rennie con su gran carteclass="underline" ¡CON BIG JIM TODOS A MIL! ¡PÍDANOS CRÉDITO!
– Recordad… -empezó a decir Ernie.
– Ya lo sé -dijo Rose-. Si vemos a alguien, damos la vuelta en la entrada y regresamos al pueblo.
Sin embargo, en el concesionario de Rennie hasta el último aparcamiento RESERVADO PARA EL PERSONAL estaba libre, el salón de exposición estaba desierto y en la puerta principal colgaba una pizarra blanca en la que se leía el mensaje de CERRADO HASTA NUEVO AVISO. Rose condujo a toda prisa hacia la parte de atrás. Allí fuera había hileras de coches y camiones que tenían en las ventanillas carteles con precios y eslóganes del estilo de VALOR SEGURO, ESTOY COMO NUEVO y ¡EH! ÉCHAME UN VISTAZO (con esa O convertida en un femenino ojo de largas y sexys pestañas). Aquellos eran los caballos maltratados del establo de Big Jim, en nada parecidos a los llamativos purasangres de Detroit y Alemania que tenía expuestos en la parte de delante. En el extremo más alejado del aparcamiento, junto a la valla de tela metálica que separaba la propiedad de Big Jim de un terreno de bosque replantado lleno de basura, había una hilera de furgonetas de la compañía telefónica, algunas de las cuales todavía conservaban el logo de AT &T.
– Esas -dijo Ernie mientras buscaba algo detrás de su asiento. Sacó una tira de metal larga y delgada.
– Eso es una ganzúa para abrir coches -dijo Rose, riendo a medias a pesar de los nervios-. ¿Cómo es que tienes una herramienta para abrir coches, Ernie?
– De cuando trabajaba en el Food City. Te sorprendería la cantidad de gente que cierra el coche con las llaves dentro.
– ¿Por dónde vas a empezar, abuelo? -preguntó Norrie.
Ernie esbozó una sonrisa.
– Ya se me ocurrirá algo. Para aquí, Rose.
Bajó y corrió hacia la primera furgoneta; se movía con una agilidad sorprendente para un hombre que andaba cerca de los setenta. Miró por la ventanilla, negó con la cabeza y se dirigió hacia la siguiente de la hilera. Después a la tercera… pero esa tenía una rueda pinchada. Tras echar un vistazo a la cuarta furgoneta, se volvió hacia Rose y levantó los pulgares.
– Vamos, Rose. Aire.
A Rose le dio la sensación de que Ernie no quería que su nieta lo viera abriendo un coche con una ganzúa. Emocionada, regresó hacia la parte de delante sin decir nada. Allí volvió a detenerse.
– ¿Todo esto te parece bien, corazón?
– Sí -dijo Norrie mientras bajaba-. Si no consigue que arranque, volveremos al pueblo andando.
– Son casi cinco kilómetros. ¿Podrá recorrerlos?
Norrie estaba pálida pero consiguió sonreír.
– Mi abuelo me gana andando. Camina seis kilómetros y medio todos los días, dice que así mantiene las articulaciones bien lubricadas. Márchese antes de que venga alguien y la vea.
– Eres una chica muy valiente -dijo Rose.
– Pues yo no me siento nada valiente.
– La gente valiente nunca se siente valiente, cielo.
Rose volvió al pueblo con la furgoneta. Norrie la siguió con la mirada hasta que desapareció, después se puso a hacer rails y lazy diamonds por el aparcamiento de delante. Había una ligera pendiente, así que solo tenía que molestarse en empujar con el pie en una dirección… aunque estaba tan acelerada que le parecía que podría subir con la tabla hasta lo alto de la cuesta del Ayuntamiento sin enterarse siquiera. ¿Y si aparecía alguien? Bueno, había salido a dar un paseo con su abuelo, que quería echarles un vistazo a las furgonetas. Ella solo lo estaba esperando; después volverían al pueblo dando otro paseo. A su abuelo le encantaba caminar, todo el mundo sabía eso. Para lubricar las articulaciones. Solo que Norrie no creía que fuera solamente por eso, ni siquiera en buena parte. A su abuelo le dio por salir a pasear cuando su abuela empezó a confundir las cosas (nadie daba un paso al frente y decía que era Alzheimer, pero todos lo sabían). Norrie pensaba que caminar le servía para mitigar las penas. ¿Era posible algo así? Ella creía que sí. Sabía que, cuando montaba en su tabla y conseguía hacer un doble kink alucinante en la pista de skate de Oxford, en su interior no había espacio para nada que no fuera alegría y miedo, y la alegría se convertía en la reina de la casa. El miedo vivía en el cobertizo de la parte de atrás.
Después de un rato que le pareció larguísimo, la antigua furgoneta de la compañía telefónica salió de detrás del edificio con su abuelo al volante. Norrie se puso el skate debajo del brazo y subió de un salto. Su primer viaje en un vehículo robado.
– Abuelo, eres superguay -dijo, y le dio un beso.
7
Joe McClatchey iba a la cocina porque quería una de las últimas latas de zumo de manzana que había en su difunta nevera cuando oyó que su madre decía «Meneo» y se quedó quieto.
Sabía que sus padres se habían conocido estudiando la carrera en la Universidad de Maine y que por aquel entonces a Sam McClatchey sus amigos lo conocían como «Meneo», pero su madre ya casi nunca lo llamaba así, y, cuando lo hacía, se echaba a reír y se ruborizaba, como si el apodo tuviera alguna clase de sucio trasfondo. Joe no sabía nada de eso. Lo que sí sabía era que ese resbalón -ese resbalón hacia atrás- significaba que estaba muy afectada.
Se acercó un poco más a la puerta de la cocina. Estaba abierta y calzada con una cuña, y Joe vio a su madre y a Jackie Wettington, que ese día vestía una blusa y unos tejanos desvaídos en lugar del uniforme. Si hubieran levantado la mirada lo habrían visto. Joe no tenía ninguna intención de escucharlas a escondidas; eso no molaba nada, y menos si su madre estaba disgustada. Pero por el momento las dos mujeres simplemente se miraban. Estaban sentadas a la mesa de la cocina. Jackie tenía las manos de Claire entre las suyas. Joe vio los ojos húmedos de su madre y eso hizo que le entraran ganas de llorar a él también.
– No puedes -estaba diciendo Jackie-. Ya sé que quieres, pero no puedes. No, si esta noche las cosas salen tal como se supone que han de salir.
– ¿No puedo al menos llamarle y decirle por qué no estaré allí? ¡O escribirle un correo electrónico! ¡Podría hacer eso!
Jackie dijo que no con la cabeza. Su expresión era amable pero firme.
– Él podría explicárselo a alguien, y lo que dijera podría llegar a oídos de Rennie. Si Rennie se huele algo antes de que saquemos a Barbie y a Rusty de ahí, todo podría acabar en un completo desastre.
– Si le digo que no se lo cuente absolutamente a nadie…
– Pero, Claire, ¿no lo ves? Hay demasiado en juego. Las vidas de dos hombres. Y las nuestras también. -Hizo una pausa-. La de tu hijo.