Por un momento levantó la mirada hacia las vacas que ya no daban leche, que ya apenas comían hierba siquiera, y luego se sentó otra vez junto a su mochila. Buscó y encontró otra piedra buena, redondeada. Pensó en el esmalte descascarillado de las uñas de la mano extendida de su madre muerta, la que tenía al lado la pistola aún humeante. Después lanzó la piedra. Chocó contra la Cúpula y rebotó.
BONK. Silencio.
10
A las cuatro de la tarde de ese jueves, mientras en todo el norte de Nueva Inglaterra el cielo seguía cubierto y en Chester's Mills el sol caía como un foco empañado por el agujero con forma de calcetín que se abría en las nubes, Ginny Tomlinson fue a ver cómo se encontraba Junior. Le preguntó si necesitaba algo para el dolor de cabeza. El dijo que no, pero después cambió de opinión y pidió un poco de Tylenol o de Advil. Cuando la enfermera regresó y el chico cruzó la habitación para cogerlo. Ginny escribió en su historiaclass="underline" «Sigue presentando cojera, pero parece haber mejorado».
Cuando Thurston Marshall asomó la cabeza cuarenta y cinco minutos después, la habitación estaba vacía. Supuso que Junior había bajado a la sala de estar, pero, cuando fue allí a mirar, solo encontró a Emily Whitehouse, la paciente del ataque al corazón. Emily se estaba recuperando muy bien. Thurse le preguntó si había visto a un joven con el pelo rubio oscuro y que cojeaba un poco. La mujer dijo que no. Thurse volvió a la habitación de Junior y miró en el armario. Estaba vacío. El chico con un posible tumor cerebral se había vestido, se había saltado todo el papeleo y se había dado el alta él mismo.
11
Junior se fue a casa andando. La cojera desapareció por completo en cuanto sus músculos entraron en calor. Además, la sombra con forma de cerradura que flotaba en la parte izquierda de su campo visual encogió hasta convertirse en una bola del tamaño de una canica. A lo mejor al final resultaba que no le habían administrado una dosis completa de talio. Era difícil de decir. Sea como fuere, tenía que mantener la promesa que le había hecho a Dios. Si él se ocupaba de los pequeños Appleton, Dios se ocuparía de él.
Al salir del hospital (por la puerta de atrás), el primer punto de su lista de tareas pendientes era matar a su padre. Sin embargo, cuando por fin llegó a casa (la casa en la que había muerto su madre, la casa donde habían muerto Lester Coggins y Brenda Perkins), había cambiado de opinión. Si mataba ya a su padre, la asamblea municipal extraordinaria quedaría cancelada. Junior no quería que eso sucediera, porque la asamblea de la ciudad le proporcionaría una buena tapadera para su misión principal. La mayoría de los polis estarían allí, y eso le haría más fácil colarse en el calabozo. Le hubiera gustado tener esas placas envenenadas. Habría disfrutado metiéndoselas a Baaarbie por su garganta agonizante.
De todas formas, Big Jim no estaba en casa. El único bicho viviente que había allí dentro era el lobo que había visto cruzar corriendo el aparcamiento del hospital a altas horas de la madrugada. Estaba en mitad de la escalera, mirándolo, y emitía un profundo gruñido que le nacía del pecho. Tenía el pelaje desgreñado y los ojos amarillos. Del cuello le colgaban las placas de identificación de Dale Barbara.
Junior cerró los ojos y contó hasta diez. Cuando volvió a abrirlos, el lobo había desaparecido.
– Ahora el lobo soy yo -susurró a la casa cálida y vacía-. Soy el hombre lobo, y he visto a Lon Chaney bailando con la reina.
Subió la escalera cojeando de nuevo, aunque no era consciente de ello. En el armario tenía el uniforme y también su pistola: una Beretta 92 Taurus. El departamento de policía contaba con una docena de ellas, casi todas pagadas con dinero federal de Seguridad Nacional. Comprobó el cargador de quince balas de la pistola y vio que estaba lleno. Metió el arma en su funda, se ciñó el cinturón alrededor de su menguante cintura y salió de la habitación.
Se detuvo en lo alto de la escalera preguntándose adonde iría hasta que la asamblea hubiera empezado y él pudiera poner en marcha su plan. No quería hablar con nadie, ni siquiera quería que nadie lo viera. Entonces se le ocurrió: un buen escondite que además estaba cerca de donde se desarrollaría la acción. Bajó los escalones con cuidado (esa condenada cojera había vuelto otra vez, y además tenía la parte izquierda de la cara tan dormida que era como si se le hubiera quedado paralizada) y se arrastró por el pasillo. Se detuvo un momento en la puerta del estudio de su padre, preguntándose si debería abrir la caja fuerte y quemar el dinero que había dentro. Decidió que no merecía la pena tomarse tantas molestias. Recordaba vagamente un chiste sobre unos banqueros que habían ido a parar a una isla desierta y se habían hecho ricos vendiéndose la ropa los unos a los otros, y profirió una corta risotada animal, aunque no recordaba exactamente cómo terminaba el chiste y, de todas formas, nunca lo había entendido del todo.
El sol se había ocultado tras las nubes que pendían al oeste de la Cúpula y el día quedó sumido en la penumbra. Junior salió de la casa y desapareció en la oscuridad.
12
A las cinco y cuarto, Alice y Aidan Appleton, que estaban en el patio de atrás, entraron en la casa en la que vivían de prestado. Alice preguntó:
– Caro… ¿Nos llevarás a Aidan y a yo… a mí… a la gran asamblea?
Carolyn Sturges, que estaba preparando unos sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada para la cena en la encimera de Coralee Dumagen con el pan de Coralee Dumagen (algo duro pero comestible), miró a los pequeños con sorpresa. Nunca antes había oído que unos niños quisieran asistir a una reunión de adultos; si alguien le hubiese preguntado su opinión, habría dicho que seguramente echarían a correr en dirección contraria para evitar un acto tan aburrido. Se sintió tentada. Porque, si los niños iban, también ella podría asistir.
– ¿Estáis seguros? -preguntó, agachándose-. ¿Los dos?
Antes de esos últimos días, Carolyn habría dicho que no le interesaba tener hijos, que lo que quería era labrarse una carrera como profesora y escritora. Quizá como novelista, aunque tenía la sensación de que escribir novelas era bastante arriesgado: ¿y si te pasabas todo ese tiempo escribiendo un volumen de mil páginas y luego era un asco? La poesía, sin embargo… recorrer todo el país (en moto, tal vez)… realizando lecturas y ofreciendo seminarios, libre como un pájaro… eso sí que sería una pasada. Quizá conocer a unos cuantos hombres interesantes, beber vino y discutir sobre Sylvia Plath en la cama. Alice y Aidan le habían hecho cambiar de opinión. Se había enamorado de ellos. Quería que la Cúpula se abriera, desde luego que sí, pero devolver esos niños a su madre le iba a partir el corazón. En cierto modo esperaba que también a ellos les doliese un poco. Seguramente era cruel, pero así era.
– ¿Ade? ¿Es eso lo que quieres? Porque las asambleas de adultos pueden ser un tostón, largas y aburridas.
– Yo quiero ir -dijo Aidan-. Quiero ver a todo el mundo.
Entonces Carolyn lo entendió. Lo que les interesaba no era la discusión sobre los recursos ni sobre cómo los utilizaría el pueblo en adelante, ¿por qué habría de interesarles? Alice tenía nueve años y Aidan cinco. Pero que quisieran ver a todo el mundo reunido, como si fueran una gran familia… eso sí tenía sentido.
– ¿Os portaréis bien? ¿Os estaréis quietecitos y no cuchichearéis por lo bajo?
– Claro que sí -respondió Alice con dignidad.
– ¿Y los dos haréis todo el pipí que tengáis antes de salir?
– ¡Sí! -Esta vez la niña puso los ojos en blanco para expresar que Caro se estaba comportando como una pesada insoportable… y a ella le encantó esa reacción.
– Entonces, lo que voy a hacer es envolver estos sándwiches para llevárnoslos. Y hay dos latas de refresco para los niños que se portan bien y saben beber con pajita. Suponiendo que los niños en cuestión hayan hecho todo el pipí que puedan antes de hincharse a beber más líquido, claro.