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Aplausos entusiastas.

– Damas y caballeros… y niños también, puesto que veo unos cuantos entre el público…

Risas bondadosas.

– Nos encontramos en un aprieto terrible. Ya lo saben. Esta noche tengo intención de explicarles cómo hemos llegado a esta situación. No lo sé todo, pero compartiré con ustedes lo que sé, porque se lo merecen. Cuando haya terminado de ponerlos al corriente, tenemos un orden del día breve pero importante que repasar. Sin embargo, primero y ante todo, quiero decirles lo muy ORGULLOSO que estoy de ustedes, lo HUMILDE que me siento de ser el hombre que Dios (y ustedes) han elegido para ser su líder en esta crítica encrucijada, y quiero ASEGURARLES que juntos superaremos esta prueba. Juntos y con la ayuda de Dios ¡saldremos de esto MÁS FUERTES y MÁS JUSTOS y MEJORES de lo que hemos sido nunca! Puede que ahora seamos israelitas en el desierto…

Barbie puso cara de exasperación y Rusty cerró el puño e hizo como si se la pelara.

– … ¡pero pronto llegaremos a CANAÁN y nos deleitaremos con el banquete de leche y miel que el Señor y nuestros compatriotas americanos sin duda nos tendrán preparado!

Aplausos enfervorizados. Parecía una ovación de las de tener al público en pie. Barbie, bastante seguro de que, aunque hubiera un micrófono oculto en el calabozo, los tres o cuatro polis de arriba estarían apretados en la puerta de la comisaría escuchando a Big Jim, dijo:

– Prepárate, amigo.

– Ya lo estoy -dijo Rusty-. Créeme, lo estoy.

Siempre que Linda no sea una de los que planean asaltar esto, pensó. No quería que matara a nadie, pero, más que eso, no quería que se arriesgara a que la mataran. Por él no. Que se quede donde está, por favor. Puede que ese hombre esté loco, pero si Linda se queda con el resto del pueblo al menos estará a salvo.

Eso fue lo que pensó justo antes de que empezaran los disparos.

19

Big Jim estaba exultante. Los tenía exactamente donde quería: en la palma de la mano. Cientos de personas, los que lo habían votado y los que no. Nunca había visto a tanta gente en esa sala, ni siquiera cuando habían discutido sobre el precepto de las oraciones en la escuela o el presupuesto de la escuela. Estaban sentados muslo contra muslo y hombro contra hombro, fuera igual que dentro, y hacían mucho más que escucharlo. Con Sanders desaparecido en combate y Grinnell sentada entre los asistentes (era difícil pasar por alto ese vestido rojo de la tercera fila), el público era todo para él. Sus ojos le suplicaban que cuidara de ellos. Que los salvara. Y lo que colmaba aún más su dicha era tener a su guardaespaldas junto a él y ver las filas de policías (sus policías) alineados a ambos lados de la sala. No todos vestían uniforme todavía, pero sí iban armados. Como mínimo otras cien personas del público llevaban brazaletes azules. Era como tener su propio ejército privado.

– Mis queridos conciudadanos, la mayoría de ustedes sabe que hemos detenido a un hombre llamado Dale Barbara…

Se levantó una tempestad de abucheos y silbidos. Big Jim esperó a que remitiera, con expresión grave por fuera, sonriendo por dentro.

– … por los asesinatos de Brenda Perkins, Lester Coggins y dos niñas encantadoras a las que todos conocíamos y queríamos: Angie McCain y Dodee Sanders.

Más abucheos salpicados de gritos de «¡Que lo cuelguen!» y «¡Terrorista!». La que gritaba «terrorista» parecía ser Velma Winter, la encargada de Brownie's durante el día.

– Lo que no saben -siguió diciendo Big Jim- es que la Cúpula es el resultado de una conspiración perpetrada por un grupo de élite de científicos canallas y financiada encubiertamente por un grupo escindido del gobierno. ¡Somos conejillos de Indias de un experimento, queridos conciudadanos, y Dale Barbara era el hombre designado para planear y dirigir la ejecución de ese experimento desde dentro!

Esas palabras fueron recibidas por un silencio de estupefacción. Después se oyó un rugido de indignación.

Cuando cesó, Big Jim prosiguió; las manos plantadas a un lado y otro del atril, su enorme rostro brillando de sinceridad (y tal vez hipertensión). Tenía su discurso delante, pero no había desplegado el papel. No necesitaba mirarlo. Dios se valía de sus cuerdas vocales y le movía la lengua.

– Puede que se pregunten a qué me refiero cuando hablo de una financiación encubierta. La respuesta es terrorífica pero simple. Dale Barbara, ayudado por un número de conciudadanos todavía desconocido, montó una fábrica de estupefacientes que ha estado suministrando enormes cantidades de cristal de metanfetamina a los señores de la droga, algunos con contactos en la CIA, a lo largo de toda la costa Este. Y aunque todavía no nos ha dado los nombres de todos sus compañeros de conspiración, uno de ellos (y me parte el corazón decir esto) parece ser Andy Sanders.

Barullo y gritos de asombro entre el público. Big Jim vio que Andi Grinnell hacía ademán de levantarse de su asiento pero luego volvía a sentarse. Eso es, pensó. Quédate ahí sentada. Si eres lo bastante temeraria para poner en duda lo que digo, te comeré viva. O te señalaré con el dedo y te acusaré. Y entonces serán ellos quienes te comerán viva.

A decir verdad, se sentía como si pudiera hacerlo.

– El jefe de Barbara, su mando, es un hombre al que todos habéis visto en las noticias. Dice ser coronel del Ejército de Estados Unidos, pero en realidad es un alto cargo de los consejos de científicos y funcionarios gubernamentales responsables de este experimento satánico. Tengo aquí mismo la confesión de Barbara al respecto. -Se dio unos golpecitos en la americana, en cuyo bolsillo interior llevaba la cartera y un Nuevo Testamento de pequeño formato con las palabras de Cristo impresas en rojo.

Mientras tanto se habían elevado más gritos de «¡Que lo cuelguen!». Big Jim levantó una mano, la cabeza gacha, el rostro serio, y los gritos se acallaron por fin.

– Votaremos el castigo de Barbara como pueblo: un cuerpo unido y entregado a la causa de la libertad. Está en sus manos, damas y caballeros. Si votan que sea ejecutado, será ejecutado. Sin embargo, no habrá ningún ahorcamiento mientras yo sea su dirigente. Lo ejecutará un pelotón de fusilamiento de la policía…

Lo interrumpieron unos aplausos exaltados, y casi toda la asamblea se puso en pie. Big Jim se inclinó hacia el micrófono.

– … pero ¡solo después de haber sacado hasta el último ápice de información que sigue escondiendo el CORAZÓN DE ESE MISERABLE TRAIDOR!

En ese momento casi todo el mundo estaba en pie. Andi, sin embargo, no; ella seguía sentada en la tercera fila, junto al pasillo central, clavándole una mirada que debería haber sido ausente, brumosa y confusa, pero que no lo era. Mírame cuanto quieras, pensó Rennie. Mientras aguantes ahí sentadita como una niña buena.

Entretanto se deleitó con ese aplauso.

20

– ¿Ya? -preguntó Rommie-. ¿Tú qué dices, Jackie?

– Espera un poco más.

Era instinto, solo eso, y normalmente podía fiarse de sus instintos.

Después se preguntaría cuántas vidas podrían haberse salvado si le hubiera dicho a Rommie: «Vale, vamos».

21

A través de la rendija de la pared del Puente de la Paz, Junior vio que incluso la gente que estaba sentada en los bancos de fuera se había puesto en pie, y el mismo instinto que le había dicho a Jackie que esperara un poco más, a él le dijo que era hora de ponerse en marcha. Salió cojeando del puente por el lado de la plaza del pueblo y cruzó hacia la acera. Cuando el ser que lo había engendrado volvió a tomar la palabra, él echó a andar hacia la comisaría. La mancha negra del lado izquierdo de su campo de visión había vuelto a expandirse, pero tenía la mente clara.