– Vale -dijo-. Vale.
Fue hacia la escalera, después regresó junto al cadáver de Stacey Moggin. Comprobó que llevaba una Beretta Taurus como la de él y le sacó el cargador a la suya. Lo reemplazó con uno lleno del cinturón de la agente.
Junior se volvió, se tambaleó, cayó apoyándose en una rodilla y volvió a levantarse. La mancha negra del lado izquierdo de su campo visual era ya tan grande como una tapa de alcantarilla, y eso le hizo pensar que debía de tener el ojo izquierdo bastante jodido. Bueno, no pasaba nada; de todas formas, si necesitaba más de un ojo para disparar a un hombre encerrado en una celda, es que no valía un pimiento de chorlito. Cruzó la sala de agentes, resbaló con la sangre del difunto Mickey Wardlaw y casi se cayó otra vez, pero logró agarrarse a tiempo. La cabeza le martilleaba, pero él lo agradeció. Me mantiene despierto, pensó.
– Hola, Baaarbie -gritó hacia el final de la escalera-. Sé lo que me has hecho y voy a por ti. Si tienes alguna oración que rezar, más te vale que sea corta.
27
Rusty vio las piernas que bajaban cojeando la escalera metálica. Percibió el olor a pólvora de los disparos, y también a sangre, y comprendió con claridad que le había llegado la hora de morir. El hombre que cojeaba había ido a buscar a Barbie, pero estaba casi seguro de que no se dejaría por el camino a cierto asistente médico encerrado entre barrotes. Nunca volvería a ver a Linda ni a las pequeñas J.
Entonces apareció el pecho de Junior, después el cuello, luego la cabeza. Rusty le vio la boca, que tenía el lado izquierdo caído y como paralizado en una expresión lasciva, y el ojo izquierdo, que derramaba lágrimas de sangre, y pensó: Está muy ido. Es un milagro que todavía se tenga en pie, y una lástima que no haya esperado solo un poco más. Un poco más y no habría sido capaz ni de cruzar la calle.
Tenuemente, como en otro mundo, oyó una voz que llegaba desde el ayuntamiento, amplificada por un megáfono:
– ¡NO CORRAN! ¡QUE NO CUNDA EL PÁNICO! ¡YA NO HAY PELIGRO! ¡SOY EL AGENTE HENRY MORRISON Y, REPITO, YA NO HAY PELIGRO!
Junior resbaló, pero ya había llegado al último escalón, así que en lugar de caerse y partirse el cuello, solo se quedó arrodillado. Así descansó unos momentos, en la misma pose que un boxeador profesional esperando la obligada cuenta hasta ocho para retomar el combate. Rusty albergaba una sensación de afecto por todo lo que lo rodeaba muy cercana y nítida. Este valiosísimo mundo, que de pronto se había vuelto etéreo e inaprensible, ya no era más que una simple gasa que lo separaba de lo que fuera que había después. Si es que después había algo.
Cáete del todo, pensó, hablándole a Junior. Cáete de cara. Desmáyate, hijo de puta.
Pero Junior consiguió ponerse en pie con gran esfuerzo, miró la pistola que apretaba en una mano, fijamente, como si nunca antes hubiera visto nada parecido, y después dirigió la mirada hacia el pasillo y la celda del fondo, donde Barbie aferraba los barrotes con ambas manos y le devolvía la mirada.
– Baaarbie -dijo Junior en un susurro cantarín, y empezó a andar.
Rusty se hizo atrás; pensó que a lo mejor Junior no lo veía al pasar por delante y que a lo mejor se pegaba un tiro después de terminar con Barbie. Sabía que eran ideas de cobarde, pero también sabía que eran realistas. No podía hacer nada por su compañero de calabozo, pero a lo mejor lograría sobrevivir.
Y podría haber funcionado si hubiera estado en una de las celdas del lado izquierdo del pasillo, porque ese era el lado ciego de Junior. Sin embargo, lo habían encerrado en una de las de la derecha, y Junior lo vio moverse. Se detuvo y volvió la mirada hacia él. Su cara medio paralizada reflejaba una mezcla de malicia y desconcierto.
– Rústico -dijo-. ¿Así te llamas? ¿O era Berrick? No me acuerdo.
Rusty quería suplicar que le perdonara la vida, pero tenía la lengua pegada al paladar superior. Además, ¿de qué serviría suplicar? El chico ya estaba levantando la pistola. Junior iba a matarlo. No había poder en la Tierra capaz de detenerlo.
La mente de Rusty, como último recurso, buscó una huida que muchas otras mentes habían encontrado en sus últimos momentos de conciencia: antes de que el interruptor se accionara, antes de que se abriera la trampilla, antes de que la pistola que encañonaba la sien escupiera fuego. Esto es un sueño, pensó. Todo esto. La Cúpula, la locura del campo de Dinsmore, los disturbios de la comida; también este chico. Cuando apriete el gatillo, el sueño terminará y despertaré en mi cama una mañana fresca y clara de otoño. Me volveré hacia Linda y le diré: «¡Qué pesadilla he tenido, no te lo vas a creer!»,
– Cierra los ojos, Rústico -dijo Junior-. Será mejor así.
28
Lo primero que pensó Jackie Wettington al entrar en el vestíbulo de la comisaría fue: Oh, Dios bendito, hay sangre por todas partes.
Stacey Moggin estaba apoyada contra la pared, debajo del tablón de anuncios para uso de la comunidad, con su mata de pelo rubio esparcida sobre los ojos blancos, que miraban al techo. Otro policía (no supo decir quién era) estaba tirado boca abajo frente a la mesa de recepción, que había volcado, abierto de piernas como un bailarín imposible. Más allá, en la sala de los agentes, un tercer policía yacía muerto de lado. Ese tenía que ser Wardlaw, uno de los chicos nuevos de la oficina. Tan grande, solo podía ser él. El cartel que había sobre la cafetera había quedado salpicado por la sangre y los sesos del chico. Ahora decía EL C FÉ Y LOS DO N SON GRATIS.
Jackie oyó un tenue ruido tras ella. Se dio la vuelta sin ser consciente de que había levantado el arma hasta que tuvo a Rommie Burpee a tiro. El hombre ni siquiera se dio cuenta de que Jackie lo apuntaba; estaba mirando los cuerpos de los tres policías muertos. El ruido lo había hecho su máscara de Dick Cheney. Se la quitó y la dejó caer al suelo.
– Jesús, ¿qué ha pasado aquí? -preguntó-. ¿Esa es…? Antes de que pudiera terminar, desde el calabozo llegó un grito: -¡Eh, capullo! Te di una buena, ¿verdad? ¡Te di pero bien! Y entonces, por increíble que fuera, una risa. Era muy aguda, maníaca. Por un momento, Jackie y Rommie solo pudieron mirarse uno al otro, incapaces de moverse. Después Rommie dijo: -Creo que es Barbara. -«Bagbaga.»
29
Ernie Calvert estaba sentado al volante de la furgoneta de la compañía telefónica y aguardaba con el motor encendido junto a un bordillo en el que se podía leer RESERVADO POLICÍA SOLO 10 MINS. Había cerrado el seguro de todas las puertas por miedo a que alguna o varias de las personas que corrían aterrorizadas por Main Street, huyendo del ayuntamiento, se metieran en la furgoneta. Sostenía el rifle que Rommie había dejado detrás del asiento del conductor, aunque no estaba muy seguro de que pudiera dispararle a nadie si intentaban entrar; conocía a aquellas personas, les había vendido alimentos durante años. El terror había deformado sus caras, pero no las había vuelto irreconocibles.
Vio a Henry Morrison corriendo de aquí para allá en el césped de delante del ayuntamiento. Parecía un perro de presa rastreando una pista. Gritaba por su megáfono e intentaba poner un poco de orden en aquel caos. Alguien lo tiró al suelo y Henry, que Dios lo bendiga, volvió a levantarse.
Entonces vio aparecer a otros: Georgie Frederick, Marty Arsenault, ese chico… Searles (lo reconoció por el vendaje que llevaba en la cabeza), los dos hermanos Bowie, Roger Killian y un par de novatos más. Freddy Denton bajaba con decisión los anchos escalones del ayuntamiento con el arma empuñada. Ernie no veía a Randolph; cualquiera que no supiera cómo eran las cosas por allí habría esperado ver al jefe de la policía al mando de la brigada de pacificación, la cual también estaba a punto de rendirse al caos.